Nos vamos acercando a otro hecho histórico para el fútbol argentino. Las palpitaciones y el deseo de volver a ver a Messi levantar una copa no cambian. Pero confieso que la antesala, las vísperas, se viven más relajadas, sin esos temores y ansiedades de otras finales, cuando tanto costaba llegar a la cima. No es subestimación al rival ni mucho menos exceso de confianza. Puede ser acostumbramiento. Este proceso virtuoso por donde se lo mire, con una racha de 36 partidos invictos en su momento, o estas apenas dos derrotas en 62 partidos, con cuatro finales en apenas tres años (y las tres ya jugadas, también ganadas), han provocado un estado de tranquilidad que modifica aquellos ánimos alterados, fervorosos y con tantos deseos de un éxito que se postergaba en los otros tiempos, cuando había finales perdidas y procesos que nos llevaban al fracaso.


































