“Mi viejo vendió la casa para que yo corriera”.
Colapinto, sin casco y sin filtro: humor, confesiones y una noche inesperada en España
Franco fue el primer piloto de Fórmula 1 en visitar “La Revuelta”. En una charla que pasó de las bromas con David Broncano a los recuerdos más íntimos, habló del sacrificio de su familia, su partida a Europa con 14 años y algunas curiosidades desconocidas de su vida dentro de la máxima categoría.

Por un instante, las risas quedaron de lado. La frase salió de Franco Colapinto con naturalidad, casi sin detenerse a medir su peso. Pero detrás de esas pocas palabras había una casa, una familia y un chico de 14 años que todavía no sabía si algún día conseguiría llegar a la Fórmula 1.
Hasta ese momento, su paso por “La Revuelta”, el programa español conducido por David Broncano, había sido una sucesión de bromas y respuestas inesperadas. Franco se convirtió en el primer piloto de la máxima categoría en sentarse en ese escenario y lo hizo de una manera muy suya: sin libreto y casi por casualidad.
Ambos se habían conocido durante una entrevista realizada esa misma mañana. Se entendieron tan bien que acordaron volver a encontrarse por la tarde. Colapinto retrasó su vuelo y llegó al teatro sorprendido por la cantidad de público, las pantallas y el despliegue de cámaras.
La impresión duró poco. Apenas comenzó la charla apareció el Franco que conocemos: rápido para contestar, dispuesto a reírse de sí mismo y todavía más dispuesto a bromear con quien tuviera enfrente.
Le dijo a Broncano que no sabía nada de Fórmula 1 y que tenía “cara de chanta”. El conductor aceptó el desafío y la entrevista tomó el tono de una conversación entre dos personas que parecían conocerse desde hacía mucho más que unas horas.
En realidad, Franco ya lo había visto una vez. Fue después de un concierto de Duki en el estadio Santiago Bernabéu, cuando estaba acompañado por Yami Safdie. Broncano se encontraba sentado y rodeado por tres mujeres. Al recordarlo, Colapinto lanzó otra frase que hizo reír al teatro: “Si pudiera, viviría como vos”.
La noche parecía encaminada únicamente hacia el humor. Hasta que Broncano le preguntó cómo había comenzado su relación con los motores.

Franco habló de Aníbal, su padre, y del cuatriciclo que recibió cuando tenía cuatro años. Recordó sus vueltas a fondo por el barrio, el polvo que levantaba frente a las casas de los vecinos y las veces que terminó volcando. A los ocho años empezó a competir en karting y aquella diversión infantil comenzó a transformarse en un proyecto familiar.
A los 14 tomó una decisión que le cambió la vida: dejó la Argentina y se marchó solo a Italia.
“Me vine solo a los 14, me fui solo de Argentina a Italia”, contó. Durante aquel tiempo vivió en una fábrica, compartió sus días con los mecánicos y también trabajó junto a ellos en la preparación de los karts.
No había lujos. Tampoco garantías. Había una oportunidad y un adolescente que entendía que debía aprovecharla.
El siguiente paso era la Fórmula 4, pero para avanzar hacía falta mucho más dinero. Fue entonces cuando su padre decidió vender la casa familiar. No existía la certeza de que Franco llegaría a la Fórmula 1. Solamente había talento, una confianza enorme y la voluntad de arriesgarlo todo.
Colapinto explicó que para un piloto latinoamericano las oportunidades son mucho más escasas. Europa concentra los equipos, las categorías formativas y los patrocinadores. Quien llega desde tan lejos no solo debe ser rápido: también necesita encontrar recursos y aprender a sobrevivir fuera de su casa.
Por eso comprende el esfuerzo de quienes viajan desde la Argentina para acompañarlo. Lo ve en cada circuito, en nuestras banderas y en los fanáticos que ahorran durante meses para comprar una entrada, una gorra o una camiseta.

Cuando Broncano le preguntó por el precio de los productos oficiales de la Fórmula 1, Franco no buscó una respuesta políticamente correcta. Admitió que son demasiado caros y que no le gusta que la gente deba gastar tanto dinero para sentirse representada. Después cerró el tema con una sonrisa: “Prefiero que compren cosas truchas. Es mucho más original”.
La charla todavía guardaba algunos momentos inesperados. Durante las tradicionales preguntas íntimas del programa, Colapinto evitó dar detalles sobre su vida privada y contó una particular indicación de Fernando Belasteguín, ex número uno mundial de pádel y responsable de acompañarlo en su preparación deportiva.
Según explicó, debe evitar las relaciones sexuales durante los fines de semana de carrera para cuidar los niveles de testosterona y no afectar su rendimiento. La confesión sorprendió a Broncano y volvió a desatar las risas del público.
También habló de su pelo, uno de los rasgos que ya forman parte de su imagen. Nadie en Alpine le exige cortárselo, aunque una vez el flequillo consiguió deslizarse debajo de la balaclava y terminó metiéndose en sus ojos mientras manejaba. A más de 300 kilómetros por hora, el detalle dejó de ser gracioso durante algunos segundos.
La entrevista pasó de la risa a la emoción sin necesidad de buscarlo. En el mismo sillón estuvieron el chico que aceleraba un cuatriciclo por su barrio, el adolescente que vivía con mecánicos en una fábrica italiana y el piloto que hoy lleva la bandera argentina por los circuitos más importantes del mundo.

Al hablar de todo lo que provocó su llegada a la máxima categoría, Franco reconoció que el fenómeno terminó superando incluso su propio sueño: “Todo lo que se generó fue mucho más especial y más grande que yo mismo llegando a la Fórmula 1”.
También estuvo el hijo que no olvida.
Porque Franco puede hablar de contratos, carreras y resultados. Puede bromear con Broncano, cuestionar los precios de la Fórmula 1 y contar el día en que el pelo se le metió en los ojos. Pero cuando recuerda el comienzo, todo vuelve a aquella decisión de su padre.
Una casa vendida para sostener un sueño que todavía no ofrecía ninguna certeza.
Años después, aquel chico llegó a la Fórmula 1. Y quizás por eso su historia consigue algo que va mucho más allá de una vuelta rápida: hacernos sentir que una parte de ese viaje también es nuestra.








