Lo digo ahora porque, de verdad, no necesito el resultado del domingo. Si Argentina es nuevamente campeón del mundo, no habrá nada que lo pueda rebatir. Pero si Argentina pierde la final, para los resultadistas, será lo mismo que entre el 86 y el 90 consiguió aquella selección de Bilardo. Por eso lo digo ahora, antes de saber cómo nos irá el domingo ni tampoco condicionado por la ebullición de este manojo de emociones que nos despierta este equipo, siempre transitando por los límites pero enorgulleciendo a más de 47 millones de argentinos. Porque esta selección –por Messi- ya ha dejado de pertenecernos a los argentinos. Pertenece al mundo casi entero (la gran mayoría que aman al 10 y la minoría que lo detesta porque lo sufre).
Este es el mejor equipo de la historia del fútbol argentino
Ganó el partido que debía ganar. Lo hizo con temple, con coraje y también con fútbol. Lo dio vuelta sometiendo a su rival, algo difícil y casi ilógico de entender en un choque entre dos grandes potencias futbolísticas. No necesito que sea campeón del mundo otra vez, el domingo, para que mi sentencia sea que no hubo otro equipo igual a éste.


Digo ahora que este es el mejor equipo de la historia porque el destino –salvaje y cruel- había puesto a Inglaterra en el camino. Y en semifinales, donde no hay lugar para la revancha. Este era EL PARTIDO. No se podía perder. Muchos querían ver cómo caía el “imperio Messi”. Frases como “es la primera vez que Argentina va a jugar contra un equipo serio y de verdad”, pululaban en cada rincón de la calurosa y enorme geografía de los Estados Unidos. Tampoco quiero entrar en el vulgar terreno de la victimización. Pero es la realidad.

“Cuando Argentina le ganó a Inglaterra en México, el día de los dos goles de Maradona, el desarrollo del partido fue favorable y la superioridad que tuvo Argentina no fue tan grande, pero se notó durante los 90 minutos. Esta vez, el segundo tiempo que jugó este equipo ante Inglaterra se salió de eje, no corresponde a los parámetros normales de un enfrentamiento entre dos potencias futbolísticas. Es casi imposible encontrar un choque de potencias con tantas diferencias como las que marcó Argentina en el segundo tiempo”, me comentaba el colega y amigo Sergio Levinski, mientras tratábamos de volver al cauce normal de las pulsaciones (tardó tiempo) y a encontrar un poco de serenidad y claridad para el análisis futbolístico (bastante difícil de lograr en este Mundial con tantas emociones que nos depara cada partido de la selección).

Esta selección de Scaloni mostró compromiso, concentración, coraje y fútbol. El compromiso de jugar un partido que todos sabían –ellos también, a pesar de las declaraciones- que no era un partido más. La concentración necesaria por tratarse de un clásico. El coraje que ya forma parte de un sello distintivo que este grupo de jugadores tiene grabado a fuego en cada uno de sus pechos. Y el fútbol… Argentina jugó al fútbol y lo ganó con todo lo otro, pero fundamentalmente con fútbol. Y acá también apareció la figura de Messi, que se cargó el equipo al hombro, con 39 años y la carga de partidos que lleva encima. Con él, nada parece terrenal.
Es grandioso lo que está generando esta selección. Brotan las emociones cuando debe ir a un alargue y gana. También brotan cuando está perdiendo un partido (el de Egipto) a 12 minutos del final y por dos goles, pero lo da vuelta y lo gana con una ráfaga demoledora. Y ni hablar cuando en el partido que todos sabían que no se podía perder, lo da vuelta con una reacción espectacular, llena de virtuosismo.

No quisiera olvidarme de alguien fundamental en todo esto. Y no me refiero a Messi (el más importante de todos). Es el técnico. El partido que planteó fue estupendo. Dejó afuera a un jugador que, en mi humilde opinión, no podía quedar afuera de este partido. Pero ese jugador (Rodrigo De Paul) entra y empuja como solamente él sabe hacerlo. Scaloni pone a Simeone porque sabe que Spence, el moreno lateral por izquierda de Inglaterra, es un crack en todo sentido. Y seguramente, Scaloni le dijo a Simeone: “ayudame con Spence para frenarlo, pero atácalo para que no se venga”. Y Simeone le respondió. Y después, las modificaciones que hizo, porque todas le salieron bien. Dicho lo de De Paul, otra vez fue bueno el ingreso de Nicolás González (que estuvo cerca del gol de no haber sido por la enorme atajada de Pickford), Montiel fue una “fiera” por derecha, Otamendi ganó todas de arriba (a propósito, Harry Kane ni la tocó en todo el partido) y Lautaro Martínez la mandó a guardar en la primera pelota que tocó, para empujar de cabeza, al gol, el centro perfecto que le tiró Messi con “la de palo”.
Argentina no venía descollando, pero venía ganando. Con Inglaterra, jugó y ganó un partido soñado. Por el rival, por cómo se dieron las circunstancias, por cómo fue la reacción del equipo, porque se dio en el final del partido y porque jugó bien al fútbol, que era una materia pendiente en este torneo.
Menotti puso una bisagra en la historia, cambió los paradigmas del fútbol argentino y logró la gloria. Bilardo lo precedió con un Maradona brillante y un equipo que lo acompañó para generar la segunda gran alegría de la historia. Pero este proceso de Scaloni, ya hoy y dicho antes de la final del domingo, no tiene comparación. Por resultados (actuales o futuros), por juego, por imagen, por coraje, este equipo es más que todos los que han marcado con éxito al viejo y glorioso fútbol argentino. Insisto, más allá de lo que pase el domingo en la final con España.









