Día 1 · 2 de noviembre de 2026
De Santa Fe a Brasil: el viaje también tiene sus historias
Entre mates, trabajo y recuerdos, viajamos de Santa Fe hacia Interlagos. En el primer día, una rueda pinchada nos acerca a una familia de Corrientes y una bandera argentina se queda en su casa. De noche, cruzamos a Brasil.

Son las ocho de la mañana del lunes 2 de noviembre y salimos de Santa Fe en una camioneta Fiat Toro, cómoda y que es parte de muchos viajes en Argentina en la cobertura del automovilismo nacional. Gonzalo al volante y yo con el trabajo que sigue, aun cuando estamos en la ruta. Él va a integrar el grupo de médicos del Gran Premio de Brasil. Yo vuelvo a Interlagos como periodista acreditada por la FIA para El Litoral.
Con Gonzalo ya compartimos viajes a Monza, Las Vegas y Brasil. Este año también estuvieron Spa y Hungría. Ahora toca volver a Interlagos. Cada uno tendrá su tarea cuando lleguemos, pero estos kilómetros los hacemos juntos, entre mates, música y charlas de carreras.

Me gusta pensar que este viaje empieza bastante antes de llegar al circuito. En los preparativos, en las conversaciones y también en los recuerdos. Este camino a San Pablo lo hice muchas veces con mi papá, Ricardo, que también era periodista. Primero de chica y después ya como periodista, compartiendo con él la cobertura de la Fórmula 1.
Ahora me toca volver y me acuerdo mucho de él.
Tomamos la ruta 168, cruzamos los puentes, las islas y el Túnel Subfluvial. Del otro lado nos esperan Paraná, la circunvalación, la ruta 12 y el desvío hacia la 127, a la altura de Cerrito. Charly García suena en la camioneta. En Federal compramos bizcochitos y chipá para los mates.

La 127 nos hace ir despacio. Muchos pozos, sin marcar, de esos que obligan a estar atentos todo el tiempo. Mientras Gonzalo maneja, yo escribo sobre Kimi Antonelli, que el domingo se consagró campeón en México. También hablamos de Franco, de su carrera y de la sanción que lo deja sin puntos cuando parecía que podía cortar la mala racha.
Todavía falta mucho para Interlagos y nosotros ya estamos hablando de lo que nos espera allá. Entre una nota y un mate, seguimos hablando de carreras.
Tengo muchas ganas de encontrarme con los argentinos que también están haciendo su viaje para acompañar a Colapinto. En avión, en auto, en micro. Desde distintos puntos del país, con sus banderas, sus canciones y algún regalo para Franco. Cada uno tiene algo para contar: cómo armó el viaje, con quién viene, por dónde cruza, cuánto le falta. Esas anécdotas también son parte de lo que quiero traer de Brasil.
Pienso en el road show de Buenos Aires, en esas cerca de 600.000 personas que salieron a alentarlo antes de su viaje a Miami, donde después terminó séptimo y sumó seis puntos. En las ganas de verlo de cerca, de compartir con él como periodista otro fin de semana en F1, de hacerle sentir todo ese cariño que tienen los argentinos por él.
Ahora el momento es más difícil. Después de varias carreras sin sumar, en México cruza la meta octavo, pero una sanción lo deja otra vez sin puntos. Mientras seguimos rumbo a Brasil, pienso en los argentinos que van a estar ahí para acompañarlo. Estoy segura de que en Interlagos se va a hacer sentir el apoyo de los argentinos.
En Corrientes, entre campos y tajamares, hacemos una parada en Cuatro Bocas para cargar combustible y estirar las piernas. Hay más chipá, recién horneado, y aparece el primer contratiempo: una rueda trasera está baja. Tiene un clavo.
Le ponemos aire, pero allí no hay gomería. Hay que seguir unos 25 o 30 kilómetros por la ruta 14. Así llegamos a Colonia Libertad, a la gomería El Tata.
Hace unos 35 grados. Debajo de un árbol hay un nene que ya fue a la escuela y acompaña a su papá y a su abuelo. Ellos trabajan. Tienen nuestra rueda y otras cosas por resolver. Nos cuentan que arreglan lo que llegue, a la hora que sea, para pagar la comida de mañana.

Me quedo pensando en eso.
Entre las cosas que llevo a Brasil hay banderas argentinas con el logo de El Litoral. Saco una y se la regalo al chico. En medio de todo, se acerca el perro y me da la patita. Bien enseñado él.
El nene se llama Gonzalo, igual que mi compañero de viaje. Apenas tiene la bandera, sale a llevársela a su mamá, adentro de la casa. Después me cuenta que la va a colgar en lugar de la que tiene, que ya está vieja.
Todavía nos falta cruzar la frontera y una de nuestras banderas ya tiene su lugar en una casa de Corrientes.
Seguramente, cuando piense en este viaje, también me voy a acordar de ese chico. De su papá y de su abuelo trabajando con tanto calor. Venimos por una rueda y terminamos compartiendo un ratito de sus vidas.
Al final, el almuerzo es en Virasoro, todavía en Corrientes. Nos armamos unos sanguchitos.
Después llegamos a Misiones y el paisaje cambia: tierra colorada, curvas, subidas y bajadas, entre pinares, monte y plantaciones de yerba mate. La ruta 14 nos da una alegría. Está espectacular, nueva en todo el tramo que venimos recorriendo. Después de los pozos de la 127, se agradece muchísimo.
En algunos sectores hay tres carriles y hasta las marcas del pavimento se hacen escuchar: cuando la rueda pisa la línea que delimita el carril, silba. Del lado derecho también hay un “despertador”, de esos que hacen ruido para avisarte que te estás yendo hacia el borde. ¡Qué diferencia hace viajar por una ruta así!
Es también el camino de la yerba y el té. Entre las plantaciones aparece Oberá, la Capital del Monte. Venimos tomando mates desde Santa Fe y ahora recorremos esta tierra donde se produce la yerba que nos acompaña todos los días. Me gusta encontrar esas cosas en el camino, mirar un poco más allá del asfalto.

En las radios de Misiones también cambia la música. Suena música gaúcha, del sur de Brasil. Todavía no cruzamos, pero la frontera ya se hace escuchar.
En San Pablo me esperan también mis tíos y mis primos. Los conocí cuando tenía casi 15 años y su casa fue parte de tantos viajes con mi viejo. Volver a Brasil tiene mucho de eso para mí: el trabajo, la familia y los recuerdos se van mezclando.
El último tramo hacia la frontera nos toca hacerlo de noche. La ruta es hermosa y hay poco tránsito, pero vamos con mucho cuidado. Aunque el camino esté bueno, de noche hay que prestar mucha atención.
Antes de cruzar, la idea es cargar combustible del lado argentino. Seguimos tomando mate y ya empezamos a organizar la segunda jornada de viaje.
Llegamos a Bernardo de Irigoyen pasadas las 21. El trámite es muy rápido. Allí, una calle separa Argentina de Brasil. Después de tantas horas de ruta, ya estamos en Dionísio Cerqueira, del otro lado.
Seguimos viaje para llegar cuanto antes al hotel y buscar algo rápido para cenar. Finalmente, el lugar elegido para pasar la noche es Vitorino, cerca de Pato Branco.
Como llegamos de noche, vemos poco del lugar. Mañana habrá tiempo.
El primer día termina acá. Desde Santa Fe llevamos trabajo, recuerdos y banderas. Una ya tiene su lugar en una casa de Corrientes. Nosotros tenemos por delante otra jornada de ruta y muchas expectativas por lo que nos espera en Brasil.
Ahora sí, a dormir.









