En la práctica del aikido -arte japonés de defensa- no se debe usar la propia fuerza sino aprovechar la del adversario. La práctica exige unas bellezas armónicas, precisión y pericias que difícilmente habiten en un presidente personalista y sin partido, que hace equilibrios entre un equipo financiero sin macroeconomistas y sus gritos desaforados de espalda al Congreso, al que irá -negociando con gobernadores- para impulsar las reformas que prometió y no puede cumplir sin la sanción de una ley.



































