Al principio, cuando empecé a escribir estas líneas mi idea era hablarles de las "dos vidas" de uno de nuestros máximos próceres, el general Manuel Belgrano (1770-1820), pero después me di cuenta que podría llegar a mal interpretarse como "doble vida" o algo por el estilo.
Manuel Belgrano y la política del ostracismo
El legado de Belgrano, conocido por sus contribuciones patrióticas, contrasta con su trágico final en soledad y pobreza, olvidado por las autoridades de su tiempo.

En realidad, lo que quiero recordar y enfatizar, es que a Belgrano hoy en día y desde hace mucho tiempo se lo reconoce amplia y merecidamente como uno de nuestros grandes patriotas, pero no siempre fue así. Y a tal punto no siempre fue así que cuando él muere, el 20 de junio de 1820, estaba prácticamente solo, pobre, enfermo y abandonado.
A esas "dos vidas" me refiero. A la de los reconocimientos, homenajes y la glorificación oficial, por un lado. Y a la otra, la que debió padecer al final de sus días. Justamente, esta última es la faceta que no entiendo por qué no contamos tanto como la otra.
Tenemos amplio conocimiento acerca de sus logros personales y su loable conducta como profesional y dedicado patriota. Hijo de familia de buen nivel económico de la ciudad de Buenos Aires, estudió en España, se recibió de abogado, regresó a nuestra patria y cumplió funciones dentro del gobierno del Virreinato del Río de la Plata, como secretario del Consulado de Comercio.
De hecho, Belgrano formó parte también del Primer Gobierno Patrio en 1810 y a posteriori fue designado para funciones militares, ya que siendo abogado, quedó al frente del Ejercito del Norte para operar fundamentalmente en las provincias de Salta y Jujuy, por donde ingresaban los españoles desde Perú.
Fue el creador de nuestra enseña patria en 1812 y en 1813 el gallardo vencedor de las batallas de Tucumán y Salta, obteniendo de parte del gobierno de Buenos Aires un reconocimiento de 40.000 pesos fuertes.
Siendo Belgrano un promotor de la educación, se manifestaba claramente a favor de fundar escuelas, ya que para él esa acción significaba "sembrar en las almas". Fue esa justa inclinación la que lo llevó a no recibir directamente semejante partida dinero y tomó la decisión de donarlo todo, para construir cuatro escuelas: en Tucumán, Santiago del Estero, Jujuy y Tarija (hoy Bolivia).
Al momento de confirmar y dejar por escrito su donación fue claro y contunde: "Para que se enseñe en ellas a leer y a escribir, la doctrina cristiana, con maestros bien pagos y educación para todos". Esto último lo pinta de cuerpo entero y también de pensamiento, con una evidente concepción de la igualdad social a partir de la instrucción y el conocimiento.
Por eso mismo, hoy que exaltamos la figura señera del general Belgrano, por el 20 de junio, por el 9 de julio, y por tantas aristas positivas de la gesta belgraniana, igulamente tenemos que recordar que durante mucho tiempo le fallaron, lo menospreciaron y le aplicaron lo que yo llamo la política del ostracismo.
Belgrano en sus últimos seis años de vida en Tucumán, donde sufrió y padeció mucho el olvido de las autoridades porteñas.
En 1813 debió entregar el Ejercito del Norte al entonces coronel José de San Martín, por orden del gobierno de Buenos Aires, por lo que se recluyó en tierras tucumanas, donde vivió entre 1814 y 1820 (residió en la ciudad capital provincial de forma casi ininterrumpida entre 1816 y febrero de 1820, cuando regresó a Buenos Aires por problemas de salud).
En ese período vivió sólo, sin ningún acompañamiento del gobierno central, que dicho sea de paso es la "autoridad competente" que debió controlar que se construyeron las escuelas con el dinero que había donado. Los que gobernaban, ya en aquella época, se quedaban con lo que no era de ellos (cualquier similitud con lo que a actualidad es pura coincidencia).
Lo anterior nos llevó a indagar qué había pasado con la construcción y la paertura de cada uno de los establecientos educativos por él previstos. Y me enteré de las siguientes historias, ya que el destino de las cuatro escuelas, debido a la inestabilidad política y la burocracia, marca en todas ellas una demora tan extrema como crónica en su concreción:
1) La de Tarija, que fue la primera en materializarse, se inauguró recién el 27 de agosto de 1974; 2) La de San Miguel de Tucumán empezó a funcionar como "Escuela de la Patria" muchos años después, en 1998; 3) La de Santiago del Estero, si bien fue levantada originalmente con fondos provinciales en 1822, fue cerrada al poco tiempo y recién reabrió sus puertas en el año 2000;
4) Finalmente, sobre la de San Salvador de Jujuy, cabe aclarar que el proyecto de Belgrano en esta localidad se materializó formalmente más de un siglo después, con la construcción de la Escuela N° 444 Manuel Belgrano en el barrio Campo Verde.
Al repasar este recorrido histórico, mi reflexión es que ya hace muchos años que vanagloriamos a Manuel Belgrano por su espíritu patriótico y sus logros cívicos-militares, pero debemos hacer hincapié en la total falta de consideración y de patriotismo de los gobiernos que cubrieron el periodo de 1814 a 1820 (cuando falleció), por no cumplir en vida del prócer sus deseos.
¿No les correspondería un juicio post mortem a los gobernantes de aquella época por el incumplimiento del deber de funcionario público? Digo, como un ejemplo de correspondencia con el ser nacional y por haberle fallado al héroe, a la Patria y a los ciudadanos de distintas generaciones.
¿No sería justo que las actuales autoridades, los gobernantes de turno, hoy, piensen en reinvindicar de otra forma al general Belgrano que tanto veneran? Por eso hablo de sus "dos vidas", la que se venera y la que se prefiere callar, porque fue parte de una vergüenza:
El desinterés demostrado por el gobierno centralista de Buenos Aires, que le encargó el Ejercito del Norte, para luego retirárselo y excluirlo de su mando, cuando estaba claro, como bien lo dijo el propio San Martín, que era "lo mejor" que teníamos para enfrentar los últimos arrestos del decadente poder realista. Se lo sacaron de encima y evitaron su molesta presencia en la sociedad porteña.
Se afincó en Tucumán, empobreció y se enfermó. En 1820 decidió regresar a Buenos Aires acompañado por un soldado. Se trasladan en un sulky -o algo similar- y en cada posta que pasaban el acompañante pedía comida para Belgrano, que no tenía dinero. Llega a Buenos Aires pobre, enfermo y muere en 1820.
Al médico le pagó con su reloj. Espero que sepan disculpar cierta desprolijidad y quizás algunas inexactitudes, pero no soy historiador, solo intento resaltar por qué hablo de las "dos vidas" de Belgrano. La que se elogia de él y la que se quiere olvidar, para no recordar que se olvidaron de él.
A los dirigentes políticos actuales, los que cada 20 de junio le rinden homenaje al ilustre general Manuel Belgrano, habría que recomendarles que le pidan unas disculpas eternas, insistiendo en su ejemplificadora conducta y su estatura moral. No hay que aplicarle la política del ostracismo. Hay que respetar a quien nos dejó consignas como estas:
"Mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo (...)"; "Nadie más acreedor al título de ciudadano, como el que sacrifica sus comodidades y expone su vida en defensa de la Patria";
"No busco glorias sino la unión y la prosperidad de la Patria"; "Soldados de la Patria, juremos vencer a los enemigos de la Patria, que será el templo de la unión y libertad"; "La vida es nada si la libertad se pierde"; "Sin educación, nunca seremos más de lo que somos"; "Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado".
Que la virtud y los ejemplos de Belgrano sean conceptos a imitar. Que Dios y la Patria juzguen a quienes lo ofendieron.













