- Claro, y creo que también es un error. Hay una especie de "inflación intelectualista" entre los estudiosos de su obra. Se lo toma como un autor de ideas, de conceptos, y hasta se le atribuye un "método". No se le cree cuando dice que él no es un filósofo, que no sabe ni puede pensar con conceptos sino con imágenes. Tampoco se le toma muy en serio cuando dice que lo que a él le gusta sobre todo es Stevenson, Kipling, Chesterton o las "Mil y una noches". Se lo sigue interpretando en términos de matemáticas y filosofías trascendentales. Una de las mejores críticas de Borges es, para mí, Estela Canto. En 1949 publicó en Sur una crítica de "El Aleph" en la que dice que Borges no es un escritor frío, intelectual, como andaba diciendo Sábato. Porque Borges, según ella, iba a la emoción. Lo califica incluso de autor popular, creador de leyendas e impregnado de cultura popular. Pienso que Estela Canto tenía razón y que hay que volver a leer a Borges en esa dirección. Pero hoy la crítica parece resignada a ocuparse de sus manuscritos, como si Borges ya no tuviera nada que decir, o como si ya lo hubiéramos entendido. Se fijan en la manera como escribía, en el papel, la tinta, la letra, el método… o la tos, como diría Tita Merello. Creo que a mi libro sobre Borges lo voy a llamar "El anti-método Borges". Pocos escritores están más lejos de Descartes.