Desde la publicación de El origen de las especies (1859) de Charles Darwin, estamos familiarizados con la idea de que el hombre procede del mono. Para una especie que durante milenios se consideró el centro del universo, es sin duda una ofensa narcisista. Por eso mismo, la teoría evolutiva se tolera mejor si nuestros parientes permanecen como un ancestro remoto y distante. Sin embargo, aquello que se denomina la "condición humana", lo particularmente humano, es más frágil de lo que estamos dispuestos a admitir. En la experiencia de lo cotidiano no tardan en presentarse irrupciones que remiten a la condición animal original.




































