Hace tiempo que deje de intentar comprender los misterios masculinos y me acostumbré a la soledad, a los amaneceres sin abrazos, con los cantos revoltosos de los pájaros, a las brisas recitando el porvenir estampado en las nervaduras de las hojas y a los susurros del río claro suspirando por las piedras y los peces. Suelo levantarme temprano y mientras tomo unos mates reviso las noticias y algunos poemas que voy hallando en páginas de literatura. Después riego las plantas, cuido la huerta y alimento a los animales. La rutina prosigue con varias horas de trabajo, en un sector del comedor donde tengo la maquina de coser y varias cajas con telas de texturas diversas y retazos.



































