Historia de un amigo difícil
Tras salir de la cárcel, Juan José quedó envuelto en los turbios negocios de Don Alberto, en una trama santafesina signada por el hampa, la noche y el poder.

Juan José regresó a Santa Fe después de dos años de cárcel cumplidos en Villa Devoto. Como me dijo alguna vez, hubiera preferido otra ciudad, pero el único lugar que disponía para "caerse muerto" era la Ciudad Cordial. Su regreso fue celebrado por algunos amigos.
Hubo un asado en una quinta de Colastiné y por lo que me contaron, parecería que la única condición para participar del almuerzo era disponer de un reconocido prontuario policial.
Según supe, en la reunión estuvo don Alberto siempre acompañado de Ramón, su guardaespaldas leal, oficio que no le impidió en algún momento ser diputado provincial porque, como él mismo me dijera en cierta ocasión, "yo ocupo el lugar que las personas que lo deberían ocupar no les interesa".
Juan José fue agasajado porque en el ambiente, además de querido, era respetado, virtud que supo demostrar cuando cayó preso y a pesar de los interrogatorios que, como se sabe, nunca son amables, no abrió la boca. Dos años de cárcel pagó por su picardía, un precio barato obtenido gracias a las habilidades judiciales del abogado del estudio jurídico de don Alberto.
II
También fueron las influencias generosas de don Alberto lo que le permitieron instalarse en un departamento en el centro, disponer de algunos pesos para sus gastos e incluso un auto para moverse en la ciudad. Por supuesto, esos beneficios no eran gratis. Don Alberto nunca hacía nada gratis.
Después de una temporada de descanso, Juan José se sumó a la custodia personal de quien era su jefe, custodia reforzada porque por esas cosas de la vida don Alberto fue designado por el gobierno de entonces secretario de Estado o ministro, no me acuerdo bien.
Durante algunos meses, Juan José vivió entre Buenos Aires y Santa Fe, rutina que no duró mucho porque el cargo de don Alberto tampoco duró mucho. Sus antecedentes de abogado del hampa y sus simpatías, nunca disimuladas, por Benito Mussolini no le permitieron la estabilidad política que él deseaba.
El contratiempo, por denominarlo de una manera diplomática, no alteró ni el humor, ni las costumbres ni los ingresos económicos del don. Fue para esa época que Juan José fue convocado para "un trabajo".
III
En estos temas, don Alberto no daba puntada sin hilo. El estudio jurídico piloteaba una sucesión en la que había en juego unas cuantas miles de hectáreas, además de casas, cuentas corrientes y la mar en coche.
El señor titular de esa fortuna estaba internado en una clínica de salud mental y el poder había quedado a cargo de su señora esposa, muy conocida por su belleza y su afición a un polvillo de color blanco además de su costumbre de desayunar, almorzar, merendar y cenar con champagne o, en su defecto, whisky.
A esta buena señora, de menos de cuarenta años, había que persuadirla para que firmara lo que don Alberto sugiriera. ¿Qué tenía que ver Juan José en todo esto? Mucho. La señora necesitaba un novio, joven, pintón y dispuesto a acompañarla en sus excursiones diurnas y nocturnas. Juan José reunía todas las condiciones para cumplir con esa tarea.
Me consta que cuando le plantearon su nueva responsabilidad laboral dudó unos instantes, no mucho más que unos instantes. Además, a don Alberto no era fácil, por no decir imposible, decirle que no.
IV
Alguna vez conversamos con Juan José sobre los riesgos de su oficio. Lo conversamos y nada más. Mi amigo siempre hizo lo que quiso o, en todo caso, siempre resolvió atendiendo las posibilidades que disponía. Y en el caso que nos ocupa, no había muchas posibilidades en juego. Lo cierto es que no le costó mucho seducir a la señora.
Al poco tiempo no solo eran pareja sino que se fueron a vivir juntos en la suite del hotel más caro de la ciudad. Mientras tanto, don Alberto hacía su trabajo. El romance de mi amigo con la señora no duró mucho, pero mientras duró fue una vorágine de alcohol, cocaína y escándalos nocturnos.
A los seis meses los campos, los autos, las cuentas corrientes pertenecían al estudio de don Alberto y la señora estaba internada en una de esas clínicas que dicen curar todo tipo de adicciones. A Juan José de premio le tocó una casa de clase media en Villa María Selva.
Y cuando quiso protestar por la pobreza de la recompensa le dieron a entender que por razones de salud lo mejor que podía hacer era darse por bien pagado.
V
Yo estuve unos años fuera de la ciudad y cuando regresé me enteré de que Juan José había vendido su casa y con esa plata había abierto un cabaret. Una noche lo fui a visitar y me atendió con la cordialidad de siempre. Incluso le ordenó al barman que lo que tomara corría por cuenta de la casa y que estaba autorizado, además, para elegir a la chica más linda de la sala.
Decliné la oferta femenina pero acepté la invitación etílica. En algún momento conversamos en su despacho. Estaba algo avejentado pero conmigo seguía siendo el de siempre. No necesité preguntar demasiado para saber que seguía trabajando con don Alberto.
Digamos que en lo fundamental nada había cambiado, salvo el detalle de que Ramón, su guardaespaldas de confianza había ganado posiciones en el "grupo" y en términos prácticos decidía igual o más que don Alberto, quien para esa altura del partido acusaba los rigores de la edad y de los excesos de una vida en la que nunca se privó de nada.
VI
Don Alberto murió un par de años después. Murió en su cama, rodeado de su mujer y sus hijos. La noticia salió en el diario pero no hubo necrológicas porque si bien don Alberto se jactaba de pertenecer al patriciado de la provincia ningún patricio a esa altura del partido quería quedar pegado con él.
Al velorio fue la gente del ambiente: malandras de todo pelaje, personajes de la noche santafesina y paranaense, abogados expertos en sacar presos de las cárceles, un par de fascistas nostálgicos y un coronel retirado. Juan José estuvo entre las visitas distinguidas y saludó a la viuda y le presentó sus respetos a Ramón que ya empezaba a ser, en el ambiente, don Ramón.
Esa noche hacía frío, llovía y había niebla. Juan José regresó a Santa Fe alrededor de las once. Y, según dice el parte oficial, cuando murió eran las once y media, minutos más minutos menos. Más no se supo. Tampoco hubo testigos que dijeran cómo ocurrieron las cosas. La muerte fue caratulada como "accidente" y el juez que intervino alguna vez había sido socio de don Alberto.
Juan José fue enterrado en el cementerio de Santa Fe y al velorio fuimos cuatro o cinco personas, entre ellas dos putas que trabajaban en su cabaret. Juan José estaba solo. Era hijo único y sus padres habían muerto hacía rato. Nunca supe que tuviera parientes y se me ocurre que el único amigo en el que podía confiar era yo, porque las relaciones con todos los demás eran tramposas.
Como tramposo fue el informe acerca del "accidente" en la ruta. Por supuesto, no dispongo de datos para probar lo contrario, pero nunca me tragué el cuento del accidente en la ruta.
No pretendo posar de adivino, pero yo sé que a Ramón, Juan José nunca le cayó bien, entre otras cosas porque sabía demasiado y para el estilo del "grupo" era demasiado independiente. Esos riesgos, don Alberto podía permitírselos, pero Ramón no.












