Reflexiones desde una perspectiva filosófica

¿Y si dejamos de naturalizar a la corrupción?

La corrupción ya no es vista como una anomalía, sino como parte del paisaje cotidiano. ¿Qué implica este cambio para nuestra ética colectiva?

Lo que hoy naturalizamos (u observamos como algo que es "normal"), en la Grecia Antigua lo habrían visto como el síntoma terminal de una comunidad desvirtuada, es decir, condenada al fracaso. La corrupción no era percibida como una anomalía administrativa sin más, sino como una terrible enfermedad ontológica existencial, capaz de carcomer el propio ser de la comunidad.Lo que hoy naturalizamos (u observamos como algo que es "normal"), en la Grecia Antigua lo habrían visto como el síntoma terminal de una comunidad desvirtuada, es decir, condenada al fracaso. La corrupción no era percibida como una anomalía administrativa sin más, sino como una terrible enfermedad ontológica existencial, capaz de carcomer el propio ser de la comunidad.

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Tomar con liviandad la corrupción, o naturalizarla -tal como lo hacemos en nuestros días-, representa el triunfo de ese desmedido amor por uno mismo y de las "pasiones desordenadas" de los que habló hace siglos Agustín de Hipona (354-430).Tomar con liviandad la corrupción, o naturalizarla -tal como lo hacemos en nuestros días-, representa el triunfo de ese desmedido amor por uno mismo y de las "pasiones desordenadas" de los que habló hace siglos Agustín de Hipona (354-430).
Vemos cómo el soborno se disfraza de "gestión", el clientelismo de "lealtad", y el desvío de recursos de "eficiencia". Hemos llegado a un punto en que la sorpresa por el acto corrupto es menor que la indignación por su denuncia pública.Vemos cómo el soborno se disfraza de "gestión", el clientelismo de "lealtad", y el desvío de recursos de "eficiencia". Hemos llegado a un punto en que la sorpresa por el acto corrupto es menor que la indignación por su denuncia pública.
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