La filtración de un correo interno del Pentágono que sugiere evaluar el retiro del tradicional apoyo estadounidense al Reino Unido sobre la soberanía de las Islas Malvinas -como represalia por la falta de respaldo británico a las operaciones militares de Washington e Israel contra Irán- ha generado un temblor político en el Atlántico Norte y, al mismo tiempo, un inesperado ruido diplomático en el Atlántico Sur.
Con Malvinas no se juega
De acuerdo a la llamada Teoría del Loco, la administración de Donald Trump podría usar el tema de la soberanía de Argentina sobre las islas como presión diplomática, afectando el respaldo histórico de Estados Unidos al Reino Unido.

El episodio, difundido por Reuters y replicado por medios internacionales, no constituye todavía una decisión formal, pero sí revela algo más profundo: el modo en que la cuestión Malvinas puede ser utilizada como "moneda de cambio" en una disputa ajena a los intereses argentinos.
El documento filtrado habría circulado en el marco de un debate interno en Washington sobre cómo presionar a aliados europeos considerados "tibios" frente a la ofensiva contra Irán. Entre las opciones, aparecía una medida de alto impacto simbólico: reconsiderar el apoyo estadounidense a Londres en su disputa con Argentina por Malvinas.
Que un asunto de soberanía nacional aparezca en una discusión táctica de castigo intra-OTAN es, por sí mismo, una señal inquietante, porque para las potencias los principios pocas veces son absolutos y con frecuencia operan como instrumentos.
Este movimiento encaja con claridad en la lógica estratégica atribuida a Donald Trump y conocida en teoría de las relaciones internacionales como Madman Theory (Teoría del Loco).
Según esta concepción, asociada especialmente con Richard Nixon durante la Guerra Fría -cuando buscó que la URSS y Vietnam del Norte creyeran que podía actuar sin límites-, el líder busca construir deliberadamente una imagen de imprevisibilidad para inducir temor e incertidumbre en adversarios y aliados, forzándolos a conceder en negociaciones.
Trump no necesita necesariamente ejecutar la amenaza; le alcanza con instalar la duda. Y en ese esquema, el respaldo histórico de Estados Unidos al Reino Unido en Malvinas puede convertirse en una ficha más dentro de su estilo transaccional de política exterior.
Para la Argentina, por su parte, esta filtración abre una ventana aparente: si Washington dejara de respaldar automáticamente a Londres, se podría revitalizar el reclamo soberano en términos diplomáticos. Sin embargo, la oportunidad es frágil y peligrosa, porque depende de una lógica externa, ajena, y profundamente volátil.
Malvinas aparece, nuevamente, como un asunto subordinado a las tensiones globales de las grandes potencias. Y en este contexto, la política exterior del presidente Javier Milei adquiere una dimensión particularmente sensible. ¿Por qué? Porque su gobierno ha roto una tradición diplomática argentina sostenida durante décadas: evitar alineamientos automáticos en conflictos del Medio Oriente.
La Argentina, históricamente, defendió su reclamo sobre Malvinas desde una estrategia de construcción multilateral, sumando apoyos en el mundo árabe, África, Asia y América Latina, bajo las banderas del Anticolonialismo y el Derecho Internacional. Pero el alineamiento explícito de Milei con Estados Unidos e Israel en el actual conflicto regional marca una ruptura que puede tener costos concretos.
En el sistema internacional, la coherencia política importa. Y los países árabes, que durante años acompañaron el reclamo argentino en Naciones Unidas y otros foros multilaterales, podrían empezar a reducir su compromiso o, al menos, dejar de respaldarlo con la misma intensidad. Argentina corre el riesgo de debilitar una base diplomática que fue clave para sostener la causa Malvinas más allá de Occidente.
La paradoja es evidente: mientras Milei parece buscar capitalizar su cercanía con Trump como puente hacia una eventual presión estadounidense sobre el Reino Unido, esa misma decisión puede erosionar los apoyos multilaterales que históricamente le dieron densidad internacional a la causa Malvinas. Se apuesta por una potencia imprevisible a costa de sacrificar aliados constantes.
Además, este giro revive un dato histórico que la Argentina no debería olvidar: durante la Guerra de Malvinas, el TIAR (es decir Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) y la Doctrina Monroe brillaron por su ausencia. En 1982, Estados Unidos eligió respaldar a su socio atlántico y miembro de la OTAN, dejando a la Argentina prácticamente sola en el plano hemisférico.
La lección fue clara: cuando los intereses de Washington colisionan con los de Londres, el continente americano deja de ser prioridad. La solidaridad regional prometida fue, en la práctica, papel mojado.
Este antecedente debería funcionar como advertencia para el presente. Apostar toda la estrategia nacional a una eventual "ayuda" estadounidense no solo es arriesgado: contradice la experiencia histórica argentina.
Más aún cuando el supuesto apoyo de Trump no estaría motivado por principios de justicia histórica o descolonización, sino por una lógica de "castigo político" al Reino Unido dentro de una disputa mayor.
En paralelo, aparece otro elemento clave: el uso interno de Malvinas como herramienta de legitimidad. La causa soberana es una de las pocas banderas capaces de unificar emocionalmente a la sociedad argentina, incluso en tiempos de fractura política.
En ese sentido, existe el riesgo de que Milei utilice la nobleza del reclamo como recurso de cohesión y legitimación en momentos de crisis económica y desgaste social, subordinando la estrategia internacional de largo plazo a la necesidad coyuntural de respaldo doméstico.
En línea con Hans Morgenthau (1904-1980), padre del realismo, podemos decir que una nación que confunde sus deseos con la realidad está condenada a cometer errores fatales en política exterior.
El autor es analista internacional, docente de Ciencia Política. Autor del libro "Malvinas".












