I - La ciudad de Santa Fe fue una de las primeras fundadas por el colonizador castellano (15 de noviembre de 1573) y por lo tanto desde esos días fue poblada. Favorecida por estar a la vera del río más caudaloso y por ello ser vía de comunicación necesaria para unir el ingreso al sur del continente, en ese gran estuario del Río de la Plata, hasta la estratégica Asunción, fundada cuatro décadas antes.
La virreina santafesina
Rafaela Vera Mujica, nacida en 1753, vivió en una Santa Fe bucólica, donde su familia se destacó por su devoción religiosa y compromiso social. Se casó en 1783 con Joaquín del Pino y juntos se trasladaron a Montevideo, donde él ejercía como gobernador desde 1773. En 1801 se hará cargo del Virreinato del Río de la Plata.

Con su fundación cumplía el mandato de establecer un punto intermedio, de "puerta abierta a la tierra", para facilitar las comunicaciones y el comercio. Las primeras familias que se asentaron fueron las que acompañaron al vizcaíno Juan de Garay y a poco de ello, llegaron más peninsulares para hacerse cargo del manejo de tales vastedades.
Una de esas personas era el capitán Sebastián de Vera Muxica, originario de Canarias, que se casa con María Jerónima de Esquivel y Nájera en Santa Fe.
De ese matrimonio nace Antonio de Vera Muxica (Santa Fe, 1620-Asunción, 1684), que a su vez se unirá en matrimonio en 1659 con Melchora Arias Montiel; ellos serán los padres de Martín Francisco Vera Muxica y Arias Montiel (1674-1742), quien tras casarse en 1701 en la ciudad de Córdoba con Luisa de Torres Salguero de Cabrera serán padres de Francisco Antonio de Vera Muxica.
Será este último, justamente, el que se avecine en Santa Fe y el miércoles 16 de diciembre de 1739 contraiga enlace con Juana Bentura López Pintado.
Del matrimonio entre Vera Muxica y López Pintado nacerán siete hijos, pero nos interesa ahora la tercera: Rafaela Francisca de Vera Mujica y Pintado, quien llega al mundo el miércoles 24 de octubre de 1753 y recibe el óleo bautismal en la Iglesia matriz. Por el lado de su abuela materna, descendía del fundador de Córdoba, el sevillano Jerónimo Luis de Cabrera (1528-1574).
II - En el ambiente bucólico de la pequeña ciudad de casas bajas, casi una aldea, discurre Rafaela sus días, compartiendo juegos con sus hermanos y tomando clases elementales de las primeras letras. Su padre ostentaba el cargo de general en la modesta dotación de soldados asentados en el lugar para asegurar la fundación.
Todos los hijos fueron educados en el cultivo de la religión católica con rezo diario y la práctica de obras de bien, ayudando a gente de escasos recursos.
Su primera juventud estaba pasando cuando conoce a Joaquín del Pino y Rozas -en verdad, Joaquín del Pino Sánchez de Rozas Romero y Negrete-, un apuesto coronel de ingenieros, varios años mayor que ella (era nacido en Baena, Córdoba, el 20 de enero de 1729) y que había enviudado con una extensa prole (1).
La relación prosperó rápidamente y el 1 de marzo de 1783 contraen enlace por poder, motivo por el cual se realizan festejos con el clásico baile. Su marido fungía como gobernador en Montevideo, era el tercero desde la creación de la gobernación y había sido designado en 1773.
Se traslada a esa ciudad para unirse a su esposo y las crónicas de su tiempo dicen que su llegada fue bienvenida con la gente que salió a las calles a saludarla.
Definitivamente instalada, Rafaela asume el nuevo rol y apenas pasa un año para que llegue el primer vástago, Francisco Pío (1784). Luego nacerán Wenceslao (1785), Miguel (1785), Juana Josefa Joaquina (1786), Rafael Saturnino (1789) y María del Carmen Trifena Antonia (1790).
A su esposo le asignan una nueva función y en 1790 debe asumir la presidencia de la Real Audiencia de Charcas en la que permanece por un lustro. En dicha ciudad nacerán Mariano Joaquín (1792) y Francisca Ventura de los Dolores Rosenda (1795).
De esta forma se integra la familia con ocho hijos más. Un nuevo destino los obliga a otra mudanza, ahora hacia Santiago de Chile donde es designado como gobernador, asumiendo en enero de 1799, pero la estancia fue breve.
Desde la corona de advertía que en el Río de la Plata se incrementaba el tráfico comercial y que los reclamos de vecinos influyentes eran constantes. Apenas su creación por el rey Carlos III, el 1 de agosto de 1776, los distintos virreyes no lograban consolidarse y permanecían muy poco tiempo en el cargo.
El primero de ellos, Pedro Antonio de Ceballos, no alcanzó a estar dos años, no obstante las exitosas acciones contra los lusitanos que pretendían avanzar sobre los territorios castellanos.
La designación por cédula real es del 14 de julio de 1800 pero recién el 20 de mayo de 1801, del Pino toma posesión del cetro real como el octavo Virrey del Río de la Plata y en su obra contará con la activa colaboración de su esposa que, en todo lo que le era permitido a una mujer, accionaba en medidas de gobierno estrechando vínculos con las mujeres de personajes del comercio y funcionarios.
Entre las medidas de gobierno, se destacan las obras púbicas, en particular, la ampliación del puerto, la construcción de la Recova, el impulso de astilleros en Corrientes y Asunción, la instalación de hornos de ladrillos. Prohibió y controló el desembarco a los buques extranjeros para terminar con el contrabando pero no implementó ninguna medida alternativa.
Controló y restringió el ingreso y circulación de extranjeros ante el temor de la difusión de las ideas revolucionarias que llegaban de Francia. Por eso días se publicó el primer periódico en Buenos Aires, El Telégrafo Mercantil, en 1801, si bien un tiempo después lo clausuró.
También designó a Santiago de Liniers como gobernador de Misiones y éste ocupó sus mejores esfuerzos en recuperar los Siete Pueblos de las Misiones Orientales que oportunamente habían ocupado los portugueses del Brasil.
Solicitó el apoyo del virrey y este no colaboró tal como se lo solicitaba y el paso del tiempo hizo que se pierdan las misiones del Guayrá. Llegada la noticia a Madrid, el 6 de julio de 1802 se dispuso la remoción. Pero el relevo no se pudo implementar por la avanzada edad de Antonio Amar, el funcionario real al que le correspondía.
De forma que la familia se trasladó a vivir a una casona muy amplia de la zona, cercana a la iglesia de Santo Domingo. Era una residencia de varias habitaciones, amplios patios y cocheras con establo. A poco de ello, del Pino falleció, fue el 11 de abril de 1804 y sus restos fueron depositados en la Catedral Metropolitana.
A los pocos días, el 23 de ese mismo mes, tomaba posesión del virreinato Rafael de Sobremonte que se desempeñaba como Subinspector General del Ejército. Don Joaquín del Pino no era hombre de fortuna y, aunque siempre fueron crecidos sus sueldos, su afición al mucho gastar no dejaba resquicio para el ahorro.
Rafaela era propietaria en la Santa Fe de tierras que poco rentaban. Costaba mantener el decoro de la jerarquía, el orgullo de la virreina viuda. Fue necesario vender la carroza grande, la yunta de árabes alazanes y algo de la platería en la que la mano del artista altoperuano hizo florecer grandes rosas de pétalos labrados.
Y también, rumbo a España, fueron y volvieron, en engorroso trámite, los papeles del petitorio y los de la pensión concedida pero nunca cobrada.
III - La intensa vida social de Rafaela y su estrecha colaboración con su esposo fue motivo para que ella trascienda como "la virreina". Este título no existía en el escalafón real, pero se tornó popular. La primera de ellas, en verdad, fue María Luisa Pinto y Ortega, hija de José Pinto Rivero y Tadea Simona de Ortega, y nacida en Buenos Aires, que se unió con don Pedro de Cevallos, quien sería el primer virrey.
Después de la muerte de su marido y pasado el tiempo prudente del luto, Rafaela volvió a la vida social porteña. En los amplios salones de la casa se hacían tertulias culturales y celebraciones sociales.
Para cuando las tropas inglesas ancladas en las inmediaciones, ingresaron con la infantería a la ciudad, la "Casa de la Virreina Vieja", tal como se la conocía, fue escenario de uno de los combates más encarnizados donde hombres y mujeres se atrincheraron y desde las ventanas o desde la techumbre atacaban al invasor.

La casona estaba ubicada en la esquina de las actuales calle Belgrano y Perú que para el año 1910 fue demolida y se levantó el edificio Otto Wulff, esa impresionante construcción de estilo modernista alemán (Jugendstil) con enigmática fachada.
Los tantos embarazos le habían provocado cierto desgaste físico y a los 62 años fallece el 1 de julio de 1816, pocos días antes de la declaración de la Independencia. Luego del velatorio y el acompañamiento de muchos vecinos, sus restos fueron depositados en la Iglesia del Pilar que por esos días estaba alejada del centro ciudadano, junto al Cementerio de Recoleta y bajo el altar de Nuestra Señora del Carmen.

IV- La residencia de la familia Vera y Pintado en Santa Fe, que visitó en varias oportunidades, se encontraba en la acual calle Buenos Aires, entre San Jerónimo y San Martín, a mitad de cuadra en la vereda norte. Como otras tantas, fue víctima de la irracional piqueta y la voracidad inmobiliaria.
V - De su extensa prole, la que más notoriedad logró fue Juana Josefa Joaquina, que contrajo enlace el 14 de agosto de 1809 con don Bernardino Rivadavia en la iglesia de la Merced (2). Pasaron los primeros meses de casados en una estancia de Zárate, llamada Las Palmas.

Doña Juanita, como se la llamaba, contaba con veintidós años y su esposo siete más y la ceremonia estuvo rodeada de todo el boato. Portaba una fina silueta, abundante cabellera oscura, con ojos que resplandecían y heredados de su madre, la "Virreina criolla".
A su inteligencia y vivacidad se adicionaba su instrucción cuidada, de forma que sería la compañera ideal en la vida de aquel hombre; vida signada por contrastes violentos en donde no faltaron los golpes de la realidad.
Había nacido y crecido entre los halagos del lujo y del poder, vivido en el boato, ante la reverencia cortesana, complacida por los suyos y agasajada por los extraños. Continuando con la costumbre materna, su casa fue centro de reunión de lo más distinguido de Buenos Aires donde frecuentaban poetas y músicos.
Su salón era uno de los tres famosos del Buenos Aires junto al de Mariquita Sánchez de Thompson -calle Urquera, actual Florida entre Perón y Sarmiento- y el de Joaquina Izquierdo -calle Belgrano, frente a las celdas de Santo Domingo-. Era habitual la presencia del general Martín Rodríguez, entonces gobernador.
Pero no todo era sibaritismo y donosura, su alma estaba templada para el rigor y cuando debía mostrarlo, daba ánimos al piloto de tormenta en tiempo de pasiones del poder y luchas políticas. Llegado el amargo tiempo, emprendió el exilio que siempre conlleva sorpresas.
Primero Estaña, luego un frustrado regreso, la Banda Oriental y con una vuelta a Europa, bajaron en Santa Catarina y recalaron un tiempo en Rio de Janeiro. En la capital carioca, en una canicular tarde de diciembre de 1841, Juanita se durmió en la noche sin tiempo. Aferraba en su mano un rosario; sabía que más pronto que tarde su cuerpo la abandonaría y quería hacerlo en la paz del Señor.
Una parte muy importante del esposo también se marchaba y varios meses debieron pasar para encontrar algo de consuelo en tanto su corazón latía apesadumbrado. Tan abatido quedó don Bernardino que Florencio Varela se ocupó de las exequias fúnebres.
Los restos de la hija del virrey, la esposa del presidente, fueron depositados en un modesto féretro en la iglesia anexa al Convento de San Antonio. La falta de toda mención permitió que en 1912 los nichos fueran demolidos y los despojos mortales de doña Juanita se compartan el anonimato del osario.
(1) Su esposa era María Ignacia Joaquina de Rameri Echauz (1744-1780), con la que se había casado en San Sebastián, Guipúzcoa, el 30 de marzo de 1763. Eran padres de Ramón José Agustín (1764-1811), José María Ignacio (1766-1845), María Josefa Ángela (1768), Francisco Antonio Joaquín (1769-1836), Manuela Josefa Juana (1771), Dionisia Joaquina (1772-1880), Tomás José (1774-1775), Pedro Juan (1776-1777) y Juan Ramón José (1778-1841).
(2) En el tomo II, fojas dieciocho, del Libro de Matrimonios está asentada la correspondiente partida matrimonial.












