El domingo 2 de agosto hubiera sido el Día del Niño, pero el infinito laberinto de los intereses particulares lo cambió de domingo, y después lo volvió a cambiar. Ninguno de estos cambios obedeció al interés superior del niño. Al parecer se trata de juguetes. Entonces me pregunto qué elegiría un niño si de verdad y con libertad pudiera elegir.
Si de verdad y con libertad
El Día del Niño cambió, y esto hace pensar cómo cambia también el valor del juguete y qué diferente es el concepto de jugar, mientras la mayoría de los chicos argentinos menores de cinco años carece de obra social.

Si de verdad y con libertad un niño pudiera elegir, más que un juguete elegiría jugar, es decir, pediría más tiempo para jugar, ya sea con otros chicos, ya sea con sus padres u otros de su entorno. Todos sabemos que un juguete no es lo mismo que jugar, y que regalar un juguete puede quizás querer decir que no hay ganas, ni tiempo, ni onda para jugar.
Ahora, aprendida la lección, quien la haya querido aprender, me parece que si un chico pudiera de verdad y con libertad elegir, no elegiría un campeonato, ni de fútbol ni de nada, porque no se trata de ver quién es el mejor, ni menos de buscar uno que gane y otro que pierda. Sino que se trata de jugar, que es otra cosa, al menos durante la infancia.
Jugar de verdad y con libertad implica que no hay ganadores ni perdedores, sino chicos que contentos juegan, que contentos se conocen, que contentos aprenden. Contentos se integran así en un conjunto, y este conjunto es hoy para jugar y mañana será para enamorarse, para preguntar por un trabajo, para compartir un estudio, para salir a caminar y conversar de las cosas que nos pasan.
En efecto, el concepto de ganar o perder, y menos aún el concepto de jugar con el objetivo de ganar, asumiendo por tanto el riesgo de perder y de ser entonces el perdedor, estos no son conceptos infantiles sino fórmulas, prácticas, modos de hacer, cuestionables, que les inculcan los adultos.
No obstante, es habitual ver que adultos de la familia, y políticos diversos, intentan que el afán de competir se incorpore precoz a unos juegos infantiles donde este afán no estaba, ni quiere estar. El afán de jugar y a la vez competir para ganar suele generar sentimientos de creerse superior o de sentirse inferior. Y esto no es bueno para el público infantil.
Esto de inculcar el afán de jugar para ganar, y de evitar por tanto la condición de ser quien pierde en el juego, y luego en la vida, trae consigo unos efectos secundarios adversos que bien a la vista están. Hay que pensar en casos de dificultades con la salud mental, en casos de violencia entre jugadores, entre espectadores, y entre unos y otros.
Hay que pensar también en la pérdida de algo que sigue siendo valioso: la camaradería. La camaradería es pariente de la caballerosidad, y estos valores siguen siendo válidos, y mucho, tanto para el juego, primero, como para el deporte, después. Y siguen siendo grandes valores, inmortales, que conviene enseñar y recordarlos una y otra vez, de palabra, y sobre todo con el ejemplo.
Ganar siempre es efímero, nunca satisface del todo, y a veces son laureles sobre los que ingenuo se duerme el ganador. Y perder hace pensar en revancha, que es pariente de la venganza. Nada de esto es para los chicos.
Ver jugar tampoco es jugar, y por tanto no es lo mejor para los chicos. Ellos quieren jugar, participar del juego, integrarse en el juego. Esto es mejor que ver cómo otros juegan sin entender por qué no se divierten jugando, sino todo lo contrario. Más que una pelota quieren un compañero para jugar a la pelota, o a lo que sea, hoy y mañana, y un rato todos los días.
Si de verdad y con libertad pudieran elegir, estoy seguro que elegirían ir a clase en vez de quedarse en casa, presos de una pantalla. No elegirían saber quién es el ganador, sino que quieren saber cómo puedo hacer yo para jugar, cómo se hace para entrar, cómo hago para que me reciban, quién quiere jugar conmigo, ninguno pierde, todos ganan. No se trata de competir, sino de vivir.
Hay una diferencia evidente entre jugar y regalar un juguete. Hay una distancia decisiva entre jugar y jugar para ganar. Y hay también diferencias relevantes entre jugar y ver jugar. Lo que los chicos necesitan es jugar y aprender del juego sano y desinteresado. Que nadie pretenda entonces acortar los plazos de la infancia llevando a los niños antes de tiempo a un escenario adulto.
Los chicos, en efecto, necesitan vivir como chicos, y en ningún caso como adultos en miniatura, porque no son adultos en miniatura sino pequeños individuos llenos de grandezas, y de futuro. Pese a esto, tan claro y evidente, pese a que son el futuro, la mayoría de los chicos argentinos menores de cinco años vive hoy sin cobertura de obra social.
Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el 51% de los menores de cinco años carecían de obra social en 2024. Es posible que este porcentaje sea hoy un poco más alto.
Aunque el sistema de obras sociales no es el mejor sistema de salud, no tener obra social implica desprotección, desigualdad, menor acceso, menor servicio, peores perspectivas, y así está la mayoría de los menores de cinco años en Argentina. En estos tiempos de argentinidad exaltada, estas carencias son otra mancha inexcusable. Y esto no es un juego, ni con esto se puede jugar.
La mayoría sin obra social
Según datos oficiales de 2024, la mayoría de los chicos menores de cinco años de edad carece de obra social en Argentina. Siendo así, toda la atención de pediatría y de enfermería de pediatría de estos chicos, tanto los controles de niño sano como la atención de niño enfermo, solo puede hacerse en hospitales y centros de salud de la sanidad pública.
El acceso a los centros de salud suele estar condicionado por menos horarios, menos horas de atención. Por limitaciones de personal, por esperas difíciles de entender, por salas de espera que deben asumir alta carga asistencial y de muy variada complejidad, etc. Tener una obra social abre fácilmente ciertas puertas mientras que no tener ninguna obliga a vencer ciertos obstáculos.
En términos absolutos, ese 51% de menores de cinco años que no tiene obra social representa casi un millón y medio de chicos. Y están precisamente en una edad en que se necesitan, más que en otras edades, tanto los controles de crecimiento, desarrollo, vacunas, etc., como la atención a la enfermedad.
Siendo entonces que cada vez hay más chicos que necesitan los servicios de la sanidad pública, y éstos ya son mayoría, parece lógico que haya que reforzar la atención de pediatría y de enfermería pediátrica de los centros de salud. Esto no parece difícil dado que inversiones más grandes se han puesto sobre la mesa, y organizaciones más complejas están en la agenda.
Es en los centros de salud, y no en una guardia de pediatría de hospital, donde se debe solventar la mayoría de los temas habituales de pediatría, incluso sin la presencia obligada de un médico pediatra. Para esto hay que mejorar tanto la imagen exterior, la accesibilidad, la confianza, etc., como las competencias en atención de pediatría de los centros de salud de la sanidad pública.












