Las palabras, aquellas que un adulto le dice a un niño o adolescente, no son tan sólo palabras, ni se las lleva el viento, sino que quedan. Si la palabra fue fea, esta palabra hace daño. Sabemos cuánto, con qué dolor, con qué decepción recuerda un chico la promesa que se le hizo a la ligera y que después nadie cumplió. En la infancia, la palabra tiene valor.
Sobre el abuso verbal
Los abusos verbales de un adulto hacia un niño o adolescente, y los gestos que los acompañan, no son inofensivos en absoluto, sino que hacen daño, crean culpa y atonía, menosprecio y humillación, y más abusos.

Hay cuatro formas de abuso contra la infancia y la adolescencia: el abuso físico, el abuso sexual, el abuso emocional, y la negligencia. Aunque en cierto sentido separadas, estas formas de abuso pueden, o suelen ser varias a la vez, o todas en un mismo caso. El maltrato verbal está hoy reconocido como un abuso dentro de lo emocional.
Hay consenso para afirmar que el abuso trae tristes consecuencias, tanto a corto como a largo plazo, y que quien fue víctima del abuso siendo niño tiene más posibilidades de ser después un adolescente abusador, y más tarde un adulto abusador. Es fácil ver esta realidad en la vida cotidiana, aunque para verla hay que abrir los ojos.

También pasa que quien es víctima de un abuso, por ejemplo en casa, es a la vez un abusador en el colegio, en las redes sociales, en el barrio, con la gente. El abuso verbal es probablemente la forma de abuso más habitual. No siempre es un grito. Puede ser algo que se dice entre dientes, un secreto en la oreja, una amenza, todo el desprecio y la humillación.
Diversos estudios publicados recientemente (*) indican que los abusos verbales de los que es objeto un niño o un adolescente, en general por parte de alguien cercano, no son inofensivos en absoluto, sino que provocan un daño cuyas consecuencias se ven de inmediato, y después.
Esta forma de maltrato infanto-juvenil es el uso de palabras, gestos y expresiones cuyo contenido, voluntario o no, implica culpar, avergonzar, menospreciar, amenazar, humillar, criticar o estigmatizar al niño o adolescente. Y está presente en entornos cotidianos que en general se consideran sanos y seguros, como el hogar, el colegio, la cancha, el club, el grupo de compañeros.
El maltrato verbal hace daño por lo negativo que expresan las palabras y los gestos con que se abusa del menor. Pero además porque este daño procede en general de personas de quienes se espera una actitud amable y comprensiva, o como mínimo respetuosa y hasta protectora. No son sólo palabras, insisto, ni se las lleva el viento, porque el niño o adolescente no las olvidará.
Y no sólo que no las olvidará, sino que poco a poco sentirá que es un inútil si le dicen y le repiten que lo es. El maltrato verbal tampoco es un mecanismo para estimular resultados, ni para hacer que el chico sea más fuerte o más resistente. Nadie aprende nada bueno con violencia de ningún tipo. Aprende, en todo caso, a ser violento, sea de palabra, sea por acción, sea por omisión.

Los mencionados estudios indican que quien es blanco persistente de abusos verbales cae pronto en la ansiedad, en la baja autoestima, en una sensación de fracaso constante, en la atonía. En otros casos se puede caer en un trastorno de la conducta alimentaria, en un trastorno de la personalidad, en un comportamiento violento, agresivo. En el consumo de drogas o en el hecho delictivo.
Me imagino que algunos dirán que las cosas no serán para tanto, porque muchas críticas y muchos insultos dirigidos a chicos no quieren en realidad criticar ni insultar, sino que serían como una forma particular de hablarles. Pero no es así. El insulto nunca es cariñoso, ni la humillación, ni el desprecio, ni la crítica constante y despiadada.
Aunque frecuente, y más en ciertos entornos que en otros, el maltrato verbal hacia la infancia y la adolescencia no forma parte de nuestra cultura. No somos así. Y si queremos ir cambiando el rumbo, si realmente queremos enfilar hacia la salida, entre otras cosas hay que respetar, con palabras y con obras, a los chicos y los adolescentes. Ellos son nuestro presente y nuestro futuro.
Convido entonces a reconocer el valor de las palabras y los gestos que se expresan, y a imaginarnos un entorno doméstico, deportivo o escolar donde la palabra sea un medio idóneo y creíble para construir. Al mismo tiempo, tenemos que enseñarles que la palabra tiene valor, que de verdad significa aquello que dice, y que podemos confiar en la palabra del otro.
De la misma manera que hay que enseñarles que mucho de lo que ven en las pequeñas pantallas no es real, sino una turbia fantasía. Y que hay una realidad mucho mejor, y está aquí, al alcance de la mano. Así hay que enseñarles cómo distinguir la hierba buena de la hierba mala.
Y aunque la hierba mala nunca muere, ya lo sabemos, también sabemos que la podemos tener bien controlada. Se trata entonces de entender que hay un mundo mejor, y que este mundo está al alcance de la mano, lo tenemos al alcance de la mano. Pero sólo unidos y colaborando lo conseguiremos.
(*) “Childhood verbal abuse by adults: young people speaking up” The Lancet Child & Adolescent Health, 30/04/2026.
Dos experiencias
Una experiencia ejemplar sirve para ilustrar que el abuso o maltrato verbal es un verdadero problema en el mundo de hoy, aunque no todos estarían dispuestos a reconocerlo, menos en sí mismos. En octubre de 2025, un grupo de jóvenes ingleses, algunos por haber sido sido víctimas del abuso verbal y otros por solidaridad con ellos, consiguieron llevar el tema al Parlamento.
Lo hicieron con la ayuda de la organización “Words Matter” (“Las palabras importan”) y con el objetivo de darle relevancia pública a un problema que afecta a muchos, y que incluso cuenta con cierta aceptación social. Esta organización ofrece información sobre las características y las consecuencias del abuso verbal contra niños y adolescentes, y propone estrategias para prevenirlo.
Lo consiguieron, y hubo debate, y varios políticos se posicionaron formalmente en contra del abuso verbal. Pero los jóvenes promotores de la iniciativa se quejarían después de que durante el debate hubo muchas bancas vacías. Es decir, ciertos políticos se involucraron pero otros tantos se lavaron las manos. Esto tal vez nos suene familiar.
Me pregunto qué hubiera pasado si un debate similar se hubiese llevado a cabo en el Concejo Municipal de Santa Fe. El objetivo hubiera sido darle más difusión, y de carácter oficial, al abuso verbal porque es más frecuente de lo que parece, y hace daño. Lo primero es siempre saber, y que se sepa. El primer paso para solucionar un problema es reconocer que el problema existe.
Según una investigación de octubre de 2023 (1), quienes más abusan verbalmente de niños y adolescentes son sus padres y sus maestros, pese a que ellos son precisamente quienes deberían al menos enseñarles con el ejemplo. Otra cosa son los abusos verbales de nuestro presidente, y contra ellos también hay que posicionarse aunque ya sabemos que quien insulta a los demás se retrata a sí mismo.
(1) “Childhood verbal abuse as a child maltreatment subtype: A systematic review of the current evidence” The International Journal of Child Abuse and Neglect, 10/2023.













