El conteo electoral ha finalizado, los resultados en números todavía no han definido un ganador, ya que el sistema electoral israelí no es presidencialista: la suma de votos representa la cantidad de representantes en el parlamento (la Knéset, o asamblea).
Israel: elecciones y el día después
La paridad en el parlamento obliga a tejer acuerdos estratégicos para gobernar, bajo la sombra de un conflicto internacional que sigue escalando posiciones. El conteo parlamentario en Israel exige 61 bancas en la Knéset. Benjamin Netanyahu y Gadi Eisenkot negocian alianzas clave en medio del conflicto regional.

El parlamento tiene 120 asientos, quien reúna la mayoría de 61 estará capacitado a formar gobierno. Este número sería posible realizando alianzas entre los partidos que han participado en la contienda.
El oficialismo -encabezado por Benjamin Netanyahu- alcanza a reunir 53 y la oposición 67. Estos 67 hay que aclarar que se componen por la suma teórica de 48 escaños de los partidos opositores más los 19 escaños de los partidos árabes.
Pero entre ellos todavía no hay coalición (el líder de la oposición es el exmilitar Gadi Eisenkot). Esta es la situación, ahora se aproxima un proceso administrativo que podría llevar varios meses, hasta que un lado o el otro consigan el número mágico de 61 escaños.
Objetivamente, Netanyahu es todo lo que tiene. Tendría que encontrar dentro de la oposición a alguien que se le sume desertando, mientras que la oposición no ha definido aún la aceptación de los partidos árabes que están dispuestos a sumarse.
Luego del 7 de octubre de 2023 la resistencia al proyecto de "Dos Estados", parece una utopía que obstaculiza el proyecto electoral hacia el numero ganador de 48 más 19 (67), que definiría la presencia de un nuevo gobierno.
Paralelamente, la guerra sigue. De baja intensidad en las fronteras israelíes pero activa en el Golfo Pérsico, con actores que todo el tiempo intentan desestabilizar con el aporte de Irán y con un stand bay americano.
En este último caso, de acuerdo a las amenazas del propio presidente Donald Trump, dicho "parate" terminará luego de las elecciones de medio término en los Estados Unidos. Estoy hablando de una fecha muy cercana, escasos días. En teoría, es la gran operación bélica con la que promete derrocar el régimen de los ayatolas y encarrilar el Medio Oriente al Proyecto Abraham.
Se supone que ya está posicionada y que hubo tiempo suficiente para el traslado de tropas y equipos, sumados a la reposición de municiones (que entiendo que ha sido el principal motivo de promover el impasse).
Probado está que en el cálculo de "desatar" una guerra, o escalar un conflicto -como se dice ahora-, los iniciadores de la misma tienen que tener muy en claro hasta dónde quieren llegar, y haber previsto si cuentan con los medios necesarios para realizarla: materiales, logística, incidencias externas y consecuencias… es decir prever el tan mentado "día después".
Y con Trump creo que es evidente que esto no ha sucedido de forma satisfactoria, ya que todo indica que subestimaron el poder de resistencia iraní o la capacidad de respuesta de la República Islámica.
Algo ha quedado en evidencia: Irán venía preparándose desde hace años para esto y lo ha provocado también, atacando a "diestra y siniestra" en el Medio Oriente, directamente o a través de sus proxies (socios o intermediarios, como quieran interpretarlos). Además, hasta donde sabemos, todavía el poder de fuego persa aparenta mantenerse en pie, capaz de seguir en la contienda.
El temor de los Emiratos Árabes Unidos surge a raíz de que su economía petro-dependiente ha sido impactada y los ha llevado a firmar pactos de solidaridad defensiva con potencias regionales, como Paquistán y Turquía, entre otras. De todas formas, por lo pronto cabe aclarar que todos esos acuerdos o pactos por ahora son "papel mojado", nadie se va a comprometer bélicamente.
El ejemplo del freno americano comprueba que entrar en conflictos activos desangran la economía y la ponen en riesgo la estabilidad del país, aumentando su vulnerabilidad, algo que puede soslayarse o evitarse si se sabe que los enemigos pueden tener mayor capacidad de resistencia para terminar el conflicto.
Alguien dijo que "las guerras se hacen para ganar" y ese es el dilema. En semejante "mar revuelto" de acontecimientos, Israel continúa con su proceso poselectoral, intentando llegar a un periodo que devuelva estabilidad y comprometa a la nueva administración a abordar los múltiples desafíos a futuro.
El autor es un santafesino radicado en Israel desde 2002.












