Al arribar a ciertas instancias de la vida, esas que hacen sentir su gravedad, deviene indispensable detenerse y buscar un lugar apartado. No es una renuncia, sino que se trata de abrir un paréntesis, recostarse a un lado del camino para saber dónde se está. Diversos motivos pueden dar lugar a esta situación, aunque a todos los une la necesidad de asumir a consciencia lo vivido hasta ese momento.
La fatalidad de la consciencia (“Pido silencio”, de Pablo Neruda)
Una reflexión sobre la necesidad vital de ensimismarse, despojándonos de lo superfluo para habitar en ese tiempo lo esencial. Inspirado en un poema de Neruda, se explora cómo la soledad reflexiva conduce a un profundo grado de consciencia que deja a la vida y su circunstancia en su versión más diáfana, con la capacidad de darle sentido a la existencia.

El escritor chileno Pablo Neruda, en el poema “Pido silencio” del libro “Estravagario” (año 1958), supo hacerlo cuando con decisión expresó: “Ahora me dejen tranquilo./ Ahora se acostumbren sin mí.// Yo voy a cerrar los ojos// Y sólo quiero cinco cosas,/ cinco raíces preferidas//”.
En su tiempo oportuno emprendió el camino para ensimismarse, ese poder que tiene el hombre, escribió José Ortega y Gasset, de "retirarse virtual y provisionalmente del mundo y meterse dentro de sí". Apartado de la rutina y del trajín diario, se brinda de lleno a la soledad. La introspección exige delimitar un espacio para la ocupación de lo íntimo, alejado de los ruidos y estímulos del entorno.
El poeta Roberto Juarroz detalló en qué consiste: "Hacerse a un lado,/ abstenerse,/ no importa en qué clima.// Sumar las noches como ensalmos/ y quedarse al margen,/ sin pronunciarlos siquiera.// Desviar la eternidad levemente/ y permanecer allí en suspenso,/ como un insecto en una grieta.// Sólo así,/ abandonando a veces temporariamente la vida,/ es posible seguir viviéndola".
En esta experiencia únicamente hay que proveerse de lo que ha sido esencial. Aquello vinculado a la inmediatez, a lo superfluo, se torna prescindible, deviene en hojarasca que deja de tener sentido para dar lugar a lo que responda al fondo íntimo de cada uno.
De ahí que el poeta chileno pasó a describir cada una de sus raíces elegidas para transitar esta instancia: "Una es el amor sin fin.// Lo segundo es ver el otoño./ No puedo ser sin que las hojas/ vuelen y vuelvan a la tierra.// Lo tercero es el grave invierno,/ la lluvia que amé, la caricia/ del fuego en el frío silvestre.// En cuarto lugar el verano/ redondo como una sandía//”.
Pero la última es aquella que nadie más puede presumir y justifica todo para Neruda: “La quinta cosa son tus ojos,/ Matilde mía, bienamada,/ no quiero dormir sin tus ojos,/ no quiero ser sin que me mires:/ yo cambio la primavera/ por que tú me sigas mirando//”. Al existir un amor, mayor aún es el sentido de apartarse de la vida social, a fin de contemplarlo desde una perspectiva distinta.
El amor tiene un lugar especial en la introspección y la toma de consciencia sobre la propia vida. Cómo no emprender ese desafío cuando en él hay mucho de indescifrable, revelador e, incluso, agobiante, tal como lo expuso Santiago Kovadloff al analizar “el silencio amoroso”, en su libro “El silencio primordial” (año 1993).
Los ojos que perciben la presencia de la amada, escribió el filósofo, no son los mismos que recorren el entorno habitual. Ella no está dentro de lo previsible, sino que integra una realidad que sorprende, cautiva y atormenta. A su vez, explicó Kovadloff, el hombre se enamora de quien convoca a la superficie a su “hondo ser invisible”. Al elegir a quien lo cautiva, entonces, descubre ese fondo.
En ese sentido, Kovadloff evidenció que la elección de la amada es una fatalidad que desarraiga al amante de su centro. El amor provoca trascender hacia el otro y descubrirlo como un imponderable. Al concebir el sentimiento amoroso como un destino inevitable, se está dando a entender que hay una sujeción. A criterio del filósofo, “lo que en el amor hay de fatalidad es lo que guarda de silencioso e irreductible”.
Tiene el amor un silencio extremo, no porque sea acallado y pudiera ser dicho alguna vez, sino por ser -como se anticipó- un fondo irreductible, una representación de lo indesignable y lo inconcebible. Pero, admitió Kovadloff, se lo puede reconocer en el protagonista de la experiencia amorosa, en quien efectúa el esfuerzo interpretativo. Solo lo involucra a él y a nadie más.
Si bien el silencio amoroso no podrá ser atrapado, aclaró Kovadloff, puede tomarse en consideración la conducta del amante, ponderar su actitud, recorrer sus vivencias, saber lo que sea sobre quien “ha sido subyugado por ese silencio mayor”. El amor, en definitiva, “constituye el triunfo del silencio como manifestación suprema de la elocuencia de lo inexpresable”.
Una vez provisto de lo esencial, un amor y las estaciones que dan cobijo, el hombre está dispuesto a abocarse a su recogimiento. Sin embargo, hay que dejar con delicadeza una advertencia al entorno, como hizo Pablo Neruda: “Amigos, eso es cuanto quiero./ Es casi nada y casi todo.// Ahora si quieren se vayan//”.
En esta soledad buscada, como en cualquier otro asunto, el hombre necesita una justificación. Lo evidenció Ortega y Gasset, cuando escribió que “el hombre no puede vivir sin justificar ante sí mismo su vida, no puede ni dar un paso” (en “Goethe desde dentro”, año 1932). No importa si lo hace bien o mal, de modo absurdo o con sentido, ni que su vida sea auténtica o falsa, la cuestión es que siempre se justifica.
De ahí que el poeta chileno recitó: “He vivido tanto que un día/ tendrán que olvidarme por fuerza,/ borrándome de la pizarra:/ mi corazón fue interminable.// Pero porque pido silencio/ no crean que voy a morirme:/ me pasa todo lo contrario:/ sucede que voy a vivirme.//”.
Quien se justifica tiene que mirar hacia atrás, a su pasado. En él, asir sus vivencias, pero solo se logrará a través de una narración, única manera para atribuirle un sentido. Es que el tiempo pretérito, enseñó Paul Ricoeur, solo “se hace tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo”. Para lograrlo, a su vez, hay que alejarse de sí mismo, verse como si fuese una tercera persona.
Aprender a narrarse como otro, verse desde esa distancia con la que Neruda expresó: “Sucede que soy y que sigo.// No será, pues, sino que adentro/ de mí crecerán cereales,/ primero los granos que rompen/ la tierra para ver la luz,/ pero la madre tierra es oscura:/ y dentro de mí soy oscuro:/ soy como un pozo en cuyas aguas/ la noche deja sus estrellas/ y sigue sola por el campo.//”.
Cuando se logra articular lo sucedido en la vida desde una narración, se abre la puerta para su comprensión. La tranquilidad del aislamiento elegido es la oportunidad de asumir y tomar consciencia tanto de los pasos dados como de los evitados, para luego esculpir la silueta de lo que somos.
Así, una vez alcanzado esto, se puede exclamar como lo hizo Pablo Neruda: “Se trata de que tanto he vivido/ que quiero vivir otro tanto.// Nunca me sentí tan sonoro,/ nunca he tenido tantos besos.// Ahora, como siempre, es temprano./ Vuela la luz con sus abejas.// Déjenme solo con el día./ Pido permiso para nacer”.
Al transitar por esta experiencia, cae sobre el hombre -inevitablemente- el peso de la consciencia, ese conocimiento reflexivo y punzante que no deja nada por tocar y con el que deberá convivir de ahora en más. Un profundo grado de consciencia sobre la propia vida y su circunstancia que la deja en su versión más diáfana. Todo queda al descubierto, tanto lo bueno como lo malo.
Pero sin esta lucidez la vida pierde su lustre, queda despojada de la trascendencia, la autenticidad, la complejidad y los matices que le dan un aroma singular que motiva a estar, siempre, de su lado.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.














