Lo ocurrido esta semana en un geriátrico clandestino de Santa Fe nos obliga a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo. El incendio que permitió rescatar a siete adultos mayores no fue el origen del horror. Fue apenas el momento en que el horror dejó de ser invisible.
Cuando la vejez queda fuera de la mirada
El caso del geriátrico clandestino descubierto esta semana en Santa Fe, tras un incendio que expuso condiciones de abandono y presuntos maltratos a adultos mayores, interpela mucho más que a la Justicia. Obliga a reflexionar sobre una sociedad que envejece, pero que todavía no logra garantizar a sus mayores el cuidado, la dignidad y el respeto que merecen.

Las imágenes conmovieron. Personas mayores sin atención adecuada, con denuncias de maltratos, documentos retenidos y jubilaciones presuntamente administradas por terceros. Uno de los residentes confesó haber incendiado un colchón porque era la única manera que encontró para que alguien los escuchara. Hay algo profundamente simbólico en ese gesto desesperado: cuando el fuego se convierte en el último recurso para pedir ayuda, significa que todas las demás puertas ya habían permanecido cerradas.

Sin embargo, sería demasiado cómodo reducir esta historia a la responsabilidad —que sin dudas deberá determinar la Justicia— de quienes administraban ese lugar. El verdadero problema es más amplio y más incómodo. Ese geriátrico ilegal existió porque hubo una red de silencios que lo hizo posible.
La vejez suele ocupar un lugar incómodo en una cultura obsesionada con la productividad, la juventud y la velocidad. Los adultos mayores dejan de ser protagonistas para convertirse, muchas veces, en una preocupación administrativa. Cuando aparecen enfermedades, dependencia o deterioro cognitivo, la sociedad empieza a mirarlos como un problema que hay que resolver, no como personas que siguen teniendo los mismos derechos y la misma dignidad que cualquier otro ciudadano.
En Argentina, además, ese fenómeno convive con otro drama silencioso: familias atravesadas por la pobreza, por jornadas laborales interminables o por la falta de recursos para afrontar cuidados especializados. Cuidar a una persona mayor dependiente demanda tiempo, dinero y una estructura que muchas veces no existe. Esa realidad no justifica el abandono, pero sí explica por qué aparecen espacios clandestinos que prometen resolver aquello que el Estado, el mercado y muchas veces las propias familias no logran sostener.

La clandestinidad no nace de un día para otro. Se instala lentamente, alimentada por la necesidad y por la ausencia de controles efectivos. En este caso, incluso, trascendió que existían denuncias previas, presentaciones administrativas y advertencias que anticipaban un desenlace grave. Si esas alertas hubieran encontrado respuestas oportunas, quizás hoy la noticia sería otra.
Pero también conviene hacerse una pregunta menos confortable: ¿dónde estaban los vecinos, las instituciones, las organizaciones intermedias? ¿Cuántas veces pasamos frente a una casa sin preguntarnos qué ocurre detrás de sus paredes? La indiferencia rara vez hace ruido. Su principal característica es, precisamente, el silencio.
El filósofo Emmanuel Levinas sostenía que la ética comienza cuando el rostro del otro nos interpela. El problema es que la sociedad contemporánea parece haber aprendido a no mirar. La pobreza se naturaliza. La soledad se invisibiliza. Y la vejez, demasiado seguido, queda confinada a un rincón donde casi nadie quiere detenerse.
Paradójicamente, hablamos mucho del envejecimiento poblacional como un logro de la medicina y del aumento de la expectativa de vida. Vivimos más años que generaciones anteriores. Pero vivir más no significa vivir mejor. Una sociedad que celebra la longevidad debería preguntarse también cómo piensa acompañar esos años adicionales. Porque una vida larga sin cuidados, sin afecto y sin dignidad deja de ser un triunfo para convertirse en una condena.
Santa Fe tiene una larga tradición solidaria. Las inundaciones, las crisis económicas y las emergencias sociales demostraron, una y otra vez, la capacidad de sus vecinos para organizarse y tender una mano. Quizás por eso este caso golpea todavía más fuerte. Porque contradice esa identidad. Porque muestra que también existen zonas donde la solidaridad dejó de llegar.

Después vendrán las investigaciones judiciales, las responsabilidades penales, las clausuras y las reformas normativas. Todo eso será necesario. Pero insuficiente si no logramos modificar algo más profundo: la manera en que entendemos el lugar de nuestros mayores en la comunidad.
Una sociedad no se mide únicamente por el crecimiento de su economía, por la altura de sus edificios o por la modernidad de su infraestructura. También se mide por cómo trata a quienes ya no pueden defenderse solos. A los niños. A las personas con discapacidad. A los enfermos. Y, especialmente, a sus adultos mayores.
Si la vida nos acompaña, todos caminamos hacia esa etapa. La pregunta que deja abierta esta tragedia no es solamente qué les pasó a ellos. La pregunta es qué clase de vejez estamos construyendo para nosotros mismos.








