"Al volver del cementerio, solamente se puede comunicar una noticia. Con el sepulcro de Cristo, se quiebra esta universal afirmación, porque el misterio de esa tumba consiste en proclamar la vida; no rehecha ni retomada, sino recreada, nueva, inédita; la vida con futuro. Con Cristo resucitado se incorpora definitivamente el futuro al presente, aunque éste sea difícil, oscuro o calamitoso.
La Resurrección de la Argentina
La Asociación Monseñor Vicente Zazpe ofrece estas palabras iluminadoras destacando las enseñanzas del ilustre pastor. ¿Qué lectura hacía el recordado obispo de Santa Fe de los acontecimientos políticos hace cincuenta años?

Con la Resurrección todo tiene futuro: la Vida de una persona, de una nación, o de cualquier encrucijada de la historia. Siempre será posible la recreación, la novedad y la renovación. La Argentina ha comenzado una nueva etapa de su complicada historia. Desde hace varios lustros, la Nación busca su futuro, pero el intento -siempre recomenzado con grandes expectativas- concluye en frustración.
¿Lo encontrará esta vez? Bajo la luz de la Resurrección de Cristo la nueva etapa tiene futuro, pero con ciertas condiciones previas. La primera exigencia de Cristo es la renuncia a toda autosuficiencia y el reconocimiento de las propias fallas, por parte de todos los sectores del país sin excluir a ninguno.
La segunda es la aceptación real y concreta de los valores evangélicos en la vida, también por todos los sectores, sin exasperantes ni sospechosas declamaciones de cristianismo. Hace diez años el país aceptó sin mayor resistencia la interrupción del proceso institucional en la espera de una transformación social profunda. Se le prometió una revolución, que después nunca se le dio.
En 1973 la Nación volvió a depositar sus expectativas; esa vez de manera abrumadora en un nuevo orden institucional, que se comprometió a la reconstrucción nacional, pero la frustración siguió a las expectativas. Desde el 24 de marzo -por quinta vez desde 1930- las Fuerzas Armadas han asumido ante la ciudadanía la responsabilidad de gobernar la República.
No se han comprometido a una revolución ni a una reconstrucción. Quizás por la experiencia del decenio han limitado cautelosamente los objetivos con la promesa de una reorganización, recortando prudentemente las expectativas.
Si la primera exigencia evangélica es el reconocimiento y la confesión de los pecados, debemos afirmar que los males del país continúan todavía porque la crisis de la República está a niveles más hondos que los políticos y económicos.
Ni siquiera la subversión -a pesar de su demencia criminal- constituye el prisma decisivo para juzgar la calamitosa situación general, ni es la dificultad fundamental para la reorganización definitiva del país.
Debemos reconocer que la corrupción no sólo afectó a ciertos dirigentes nacionales y provinciales, porque sería farisaica y peligrosa ésta creencia. La complicidad tuvo magnitud insospechada en la comunidad nacional y el virus momentáneamente replegado volverá a manifestarse en cuanto varíen las exigencias impuestas por el actual gobierno.
El sentido profundo del deber, la honestidad, la austeridad y sobre todo el amor a la patria, necesitan ser redescubiertas y recreadas en todos los niveles. Durante mucho tiempo nos hemos acostumbrado a vivir pensando en una Argentina inexistente donde las reservas morales, religiosas, económicas, sociales y generacionales habrían permanecido intactas y nos hemos permitido de todo:
(...) negociados en cúpulas y bases; ausentismos de ejecutivos y empleados; paros y huelgas decretados por los dirigentes pero aceptados complacientemente por los subordinados a pesar de paralizar la Nación; contrabando en la frontera y robo en el almacén del barrio; acusación a la derecha desde una izquierda "inocente" o condena a la izquierda desde una derecha "inmaculada"; demagogia con la juventud y frustración suicida de sus expectativas. Todos somos responsables.
En estas pocas semanas los argentinos hemos redescubierto el valor del deber -oscurecido y archivado desde hace años-; tenemos la sensación de movernos en una cierta atmósfera de orden y disciplina y hasta la justicia pareciera retornar su natural función en lo que respecta a las grandes defraudaciones, aunque quizás en otros aspectos -lentitud procesal de detenidos, difusión nacional del juego y ámbitos de corrupción- necesita de una atención más cuidadosa.
Los males nacionales permanecen intactos, aunque transitoriamente parezcan erradicados".
Responsables en el pecado y en la reorganización del país
"Todos debemos reorganizar la Nación: las Fuerzas Armadas, desde una unidad sin amenaza de fractura; la juventud, los padres de familia, los jueces, los docentes; los medios de comunicación social, los políticos, los sindicatos, los empresarios, la Iglesia.
Sería patrióticamente deshonesto esperar que las solas Fuerzas Armadas resolvieran los tremendos problemas que afectan al país y políticamente absurdo querer afrontar el desafío nacional sin canalizar una participación popular que abarcara desde la consulta hasta la incorporación de los mejores hombres del país a ciertos niveles de decisión.
Sin embargo estas exigencias no serán fáciles de cumplir a pesar de disponer del poder político para su realización. La experiencia política argentina de los últimos cuarenta años ha creado, tanto en los partidos políticos como en las Fuerzas Armadas, un hábito peligroso.
Las elecciones internas de los partidos políticos, ya desde sus comicios no apuntan decisivamente al acceso de los mejores –honestidad y capacidad– sino a los candidatos con mayor posibilidad de votos.
Las Fuerzas Armadas sin ser un partido político, tienen también sus preferencias. Esto no constituye una falla en sí, pero el problema reside –como en los partidos– en que la preferencia quede limitada por un conocimiento restringido, vinculaciones personales e institucionales, la sola honradez una defectuosa información.
De algunas experiencias anteriores ha quedado la impresión de que ciertos civiles llamados a colaborar responden a criterios en lo económico, social, ideológico y educacional que no permiten presentir el cambio profundo que necesita el país.
De los actuales gobernantes –a nivel nacional o provincial– sería apresurado e injusto una afirmación de este tipo, pero considerando el panorama de los últimos cuarenta años la afirmación no resulta tan desubicada.
Para ciertas responsabilidades de decisión y consulta es necesario contar con los más honestos y capaces. El país los tiene; hay que encontrarlos, comprometerlos e incorporarlos. Por otra parte el estado de la Nación requiere como primera etapa un blanqueo administrativo –muy sensible con los sectores pobres– pero después una reorganización que prepara su posterior transformación.
Se trata de reorganizar la República en vista a un proyecto político que podrá ser elaborado en el futuro por los cauces institucionales, pero que tiene que ser facilitado desde la etapa reorganizativa.
No podemos perder tiempo, reiterar esquemas vencidos o importarlos de afuera. El proyecto brasileño, canadiense, cubano, peruano, uruguayo, chileno o paraguayo no sirve para la Argentina. Desde una identidad patria –celosamente guardada– se necesita creatividad, audacia, seriedad y realismo.
De ahí la importancia decisiva de los civiles en la actual gestión gubernativa. El éxito o fracaso de las Fuerzas Armadas dependerá, en buena parte, de sus colaboradores. Por eso la necesidad de ampliar los campos de incorporación, manteniendo una inteligente selección que no proceda por apresuradas sospechas o equívocas informaciones, sino por criterios seguros de idoneidad y auténtico amor patrio.
De todo lo anterior se sigue la necesidad de la segunda exigencia evangélica para una "resurrección" del país. Todos necesitamos de los valores evangélicos y para todos se ha promulgado la escala valorativa del Sermón de la Montaña; todos necesitamos un mayor espíritu de pobreza, de mansedumbre, de paciencia, de limpieza de corazón, de paz, de sed y hambre de justicia, de abnegación y de servicio.
Después de Dios, la Patria y antes que la Patria, sólo Dios. La Resurrección de Cristo es la proclamación de la esperanza en el esfuerzo; del futuro en el presente; de la Patria en los hechos".


















