Recuerdo aquel tiempo en que soplaba panaderos convencido de que bastaba con eso para estar bien. Soplarlos era confiar en la magia del viento, en que un deseo podía torcer el rumbo del destino. Después entendí que algunos sueños no se arrojan al aire, sino que se guardan como un secreto íntimo, como esas piedras pequeñas que uno atesora en los bolsillos de la infancia.
Homenaje a las huellas imborrables
Lo esencial de un ser se descubre en las señales y vestigios que deja en los otros.

Aprendí que hay recuerdos que no regresan, pero que tampoco se marchan: permanecen, como brasas que laten en silencio bajo la ceniza. Muy temprano descubrí que los libros eran puertas. Cada página me llevaba a una calle desconocida, a un paisaje que no existía hasta que lo miraba con los ojos de la imaginación.
En ellos encontré personajes que me abrazaron en silencio, emociones que me desbordaron sin pedir permiso, adversidades que me enseñaron resistencia y finales felices que me recordaban que la esperanza siempre tiene un lugar. Los libros no eran solo historias: eran viajes, mundos que, una vez recorridos, ya nunca me abandonaron.
Con el tiempo quise compartir esas puertas con mis hijas. En esas lecturas conjuntas volví a reencontrarme con mi propia infancia. En sus voces resonaba la mía, en la curiosidad de sus ojos reconocía al niño que fui. Cada lectura se volvió un ritual: la risa ante un personaje disparatado, la intriga de un capítulo inconcluso, la ternura de una pregunta que desarma certezas.
Entonces comprendí que la literatura dejaba de ser texto para volverse encuentro. Y en ese encuentro descubrimos juntos que el amor de hermanas es un refugio invulnerable. También aprendí a reconocer las pequeñas señales, como aquella mariquita roja que se posa en mi mano sin anunciarse.
Esas presencias mínimas que, al igual que las vaquitas de San Antonio, enseñan a transformar adversidades en aprendizajes, dolores en palabras, cicatrices en sabiduría. Descubrí que la verdadera fuerza está en esa magia discreta de proteger sin pedir nada a cambio y que, aun en lo diminuto, dejamos huellas imborrables.
Comprendí que lo material no basta. Que la felicidad no se compra ni se guarda en cajas fuertes, porque incluso puede ser arrebatada. Entendí que la verdadera pobreza no es carecer de cosas, sino de sensibilidad, de apertura, de saber. Y que la riqueza más genuina no consiste en acumular, sino en aprender a soltar, caminar liviano y dejar espacio para que entren los sueños.
Conservo en la memoria tanto las aristas duras que me forjaron como las luces que suavizan el corazón. Recuerdo el aroma de un guiso hecho con amor en una cocina pequeña, la risa compartida alrededor de una mesa que no necesitaba lujos para ser un banquete.
Guardo la mirada orgullosa de una maestra, los colores con que mi abuelo agradecía silenciosamente la vida, y las frases de mi abuela envueltas en esa sonrisa que todavía me arropa.
También recuerdo la pared que me mantenía lejos de la literatura, como un muro imposible de escalar, y cómo ese muro se derrumbó para dar paso a las palabras. Palabras que me liberan y que, al mismo tiempo, liberan a quienes me leen.
Entendí que cada desafío, cada caída y cada sueño llevan la marca indeleble de aquel primer vuelo. Porque quien se atreve a montar su Pegaso interior nunca vuelve a caminar con miedo. Creo en la persistencia, en esa música que hacen los tacos rojos sobre la vereda.
Porque ese ruido no es ruido: es la melodía del esfuerzo, la canción de la dignidad. Y aunque muchos intenten silenciarla, siempre encuentra el modo de alzarse en el aire y hacerse escuchar. La felicidad, aprendí, no es un espejismo ni una promesa suspendida en el futuro. Tampoco es nostalgia. La felicidad está en este instante preciso e irrepetible, y su expresión más alta solo se alcanza al compartirla.
He comprobado que ser raro no es un defecto, sino una manera luminosa de habitar el mundo. Ser raro es aceptar el desafío de dejar huella, de diferenciarse, de ser auténtico, de ser libre de ser. También descubrí que no es importante creernos el centro. Porque cuando alguien presume lo que posee o logra, lo que revela no es grandeza, sino miedo.
La vanidad promete mucho y devuelve poco: apenas un espejo vacío, frío, cortante como agua helada. Frente a ese reflejo comprendí que lo que verdaderamente nos sostiene no es lo que aparentamos, sino lo que somos cuando nadie nos ve. A veces dudo de mis ensayos.
Pero sé que, después de releer y corregir, un texto comienza a respirar por sí mismo. Y entonces ocurre el milagro: ya no es solo escribir, sino tejer un instante de sentido en medio del caos. Y esos instantes, guardados por los lectores, se vuelven faros encendidos en el corazón.
Hoy, con la nobleza de cada paso, sigo aprendiendo que aun en medio del cansancio mis zapatillas blancas relucen. Son más que un calzado: son símbolo, bandera y testimonio. Con ellas grito al mundo mi esfuerzo, mi resistencia, mi resiliencia y mi manera de no rendirme jamás.












