Fue el abril más triste de mi vida. El cementerio estaba desolado y la realidad parecía derrumbarse bajo torrentes de lluvia y de lágrimas. Noté con desesperación como iban cerrando con cemento el lúgubre espacio que guardaba los restos del hombre que mas he querido y que más me amó. Mis evocaciones de esa escena son monocromáticas y recortadas, como si hubiera sido una espectadora de mi propio dolor. Un leve mareo me desestabilizó y me vi desorientada, vacía, con una inmensa orfandad oscureciendo mis sentidos. Después, no tengo ningún registro más.



































