La autopista facilita la huida. Las señales llevan a una ruta tranquila, con tramos sinuosos y cerros que surgen incesantes sin querer desaparecer. El panorama muestra un terreno difícil para la siembra, con numerosas plantaciones de álamos, seguramente para explotación forestal. A un costado de los jardines coloridos, que aparecen esporádicamente, se ven amontonados los leños para el próximo invierno. Repentinamente surge la grandeza marina, rugiendo su bestialidad y devorando las riberas abruptas. Una emoción líquida invade mi mirada. Después de cruzar Bahía Mansa, un pueblo pequeño de pescadores, aparece tras un meandro la villa turística de Maicolpue, con sus casas simples y vistosas apuntaladas muy juntas unas de otras, en el faldeo rocoso.