"Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será"
Aprender a leer, aprender a decir
A los doce años, la complejidad de los textos me desafiaba. Leer no era entender de inmediato, sino insistir hasta que el sentido emergiera, transformando la incomodidad en claridad.

Italo Calvino
***
Recuerdo -o tal vez reconstruyo- que a los doce años ya había algo que me desacomodaba por dentro. No era la dificultad de los textos. Era, precisamente, su complejidad. Mientras muchos la esquivaban, yo me detenía ahí, intentando reconocer un territorio que todavía no entendía pero que, sin embargo, me pertenecía.

Había en mí una intuición primaria: todo lo complejo podía, en algún momento, volverse claro. No por reducción, sino por insistencia. Leía. Y muchas veces no comprendía. Avanzaba en los textos como quien atraviesa una tormenta de arena: viendo formas, sospechando sentidos, pero sin poder afirmarlos.
Entonces volvía. Volvía a leer. No por disciplina, sino por una especie de obstinación íntima. Como si supiera -sin saberlo del todo- que el sentido no estaba ausente, sino apenas diferido. Con el tiempo entendí algo que no enseñan: leer no es comprender de inmediato. Leer es quedarse. Sostener la incomodidad el tiempo suficiente hasta que algo, finalmente, se ordene. Después apareció la escritura.
Al principio fue un acto casi clandestino. Escribía bajo resguardo, protegiendo algo que todavía no sabía defender. No porque creyera que era valioso, sino porque intuía que era vulnerable. Y lo vulnerable no se expone: se cuida. No escribía para ser leído. Escribía porque había una presión interna que necesitaba forma.
Y ahí empezó a revelarse algo más preciso: escribir no es un problema técnico. Es un problema de verdad. No importa cuánto se sabe sobre escritura; importa cuánto se está dispuesto a decir. Porque cuando hay algo que decir, la forma deja de ser un obstáculo y se convierte en consecuencia. Hoy ya no separo lectura y escritura. Son el mismo gesto, en direcciones distintas.

Leo para acercarme a lo que otros comprendieron. Escribo para no traicionarme en lo que todavía no comprendo. Y después vuelvo a leerme, no para pulir el texto, sino para verificar si fui honesto. Puede parecer un bucle: leer, escribir, releer. Pero en ese movimiento no se construyen textos. Se construye una posición frente al mundo.
Una forma de mirar que no busca simplificar lo complejo, sino atravesarlo. Y con los años, la pregunta por el lector pierde peso. No desaparece, pero deja de ser central. Porque la escritura no se legitima en la lectura ajena, sino en la fidelidad propia.
Escribir -cuando es verdadero- ocurre en la intemperie. Sin garantías. Sin aplauso. Sin refugio. Por eso, al final, la cuestión no es si alguien va a leerte. La cuestión es más incómoda: si sos capaz de sostener lo que tenés para decir, incluso cuando sabés que nadie está obligado a escucharte.














