El lunes amaneció lloviendo y después de varias semanas de soportar los sádicos calores santafesinos un aire fresco entraba por la ventana de mi dormitorio, aunque la noticia de la mañana no era ni la lluvia ni la temperatura, sino la muerte de mi amiga Susana Paradot, muerte ocurrida más o menos a las dos de la mañana. Es decir, la noche del domingo, a la hora en la que suelen ocurrir las malas noticias, alteradas en ese caso porque esa misma noche, la noche que se extiende del domingo al lunes, con mi hija, mis nietos y algunas de las personas que quiero, celebrábamos en la quinta familiar de Arroyo Leyes el cumpleaños 91 de mamá. Así es la vida. Casi a la misma hora, una persona que quiero levanta la copa para celebrar un año más de vida y otra persona que quiero muere en un sanatorio.





































