"Manos adoradas", del uruguayo Horacio Sanguinetti (ver Aclaración), es una composición musical de extrema belleza, que plasma el profundo amor hacia quien nos dio la razón de nuestro ser. Esas manos son, sin temor a equivocarme, las manos que construyen la vida.
"¡Oh manos adoradas! ¡Oh manos angeladas!"

Y en esta canción, justamente, el autor universaliza ese sentimiento supremo y entrañable al reflejar la sublime admiración por el esfuerzo de la madre, basado sobre todo en el respeto y el reconocimiento que nunca deben faltar hacia ella. Y así logra, a nuestro entender, que esta pieza musical se convierta en un verdadero himno:
"Las manos que yo quiero, las manos que venero/ no son color de rosa ni tienen palidez/ Sus dedos no parecen diez gemas nacaradas/ Tampoco están pintadas ni tienen altivez"
El autor derriba totalmente el concepto de belleza convencional, al describir qué es lo que ama de aquellas manos que no son delicadas, ni elegantes ni adornadas. Son manos comunes y sencillas, pero enfrascadas en una labor de un valor inconmensurable. Su alcance es infinito y no está encerrado en la simple apariencia, sino en la inmensa grandeza de lo que hicieron por los demás:
"Son manos arrugadas, tal vez la más humildes./ Y están cual hojas secas de tanto trabajar./ Son estas manos santas las manos de mi madre./ Aquellas que me dieron con todo amor el pan"
No son unas manos cualquiera, son "las manos de la madre", asociadas al trabajo, al sacrificio, al abrigo y la protección maternal. Son manos santas y milagrosas, porque convierten el esfuerzo en sustento y esperanza. El pan no representa el alimento/comida, representa la vida que la madre construye con sus manos:
"Las manos que yo quiero, las manos de mi madre./ Ligeras como aves volando siempre van./ Las manos de mi madre por ágiles dichosas./ Sino hacen siempre algo, tranquilas nunca están./ Por rústicas y viejas ¡Que bellas son sus manos!/ Lavando tanta ropa, cortando tanto pan./ Corriendo por la casa, la mesa acariciando./ Buscando en el descanso la aguja y el dedal"
El autor ya no mira las manos, observa sus movimientos y las compara con las ligeras alas de las aves, que vuelan por los rincones de la casa, siempre ocupadas; siempre dispuestas a resolver una necesidad sin conocer el descanso.
Porque el amor verdadero difícilmente se mantenga inmóvil, no conoce de renunciamientos ni postergaciones; es puro sacrificio y pura entrega, que se convierten en un acto de cariño genuino y visceral.
Esas manos saben de tareas que encierran horas de esfuerzo silencioso, muchas veces sin esperar recompensa alguna; tareas que las madres se cargan al hombro, pero que no siempre se valoran en su real dimensión (o se valoran cuando ya no están):
"Las manos que trajeron la lámpara a mi cama./ Tapándome la espalda en el invierno cruel./ Que cuando estuve triste mis lágrimas secaron./ Que cuando estuve enfermo, acariciándome./ ¡ Oh manos adoradas! ¡Oh manos angeladas./ En ellas yo quisiera mi frente refugiar./ Y Tristemente digo: qué lejos que se encuentran./ Qué lejos de mi angustia y de mi soledad".
Las manos de la madre dejan el trabajo hogareño para convertirse en abrigo y consuelo: son las que acercan la luz en la oscuridad. Las que acomodan la frazada en noches de invierno, las que secan las lágrimas sin preguntar nada y las que acercan las caricias que alivian el dolor.
Son gestos sencillos, tal vez, pero que manifiestan el amor más puro. Son las manos que llegan siempre primero para abrir la puerta cuando el miedo y la enfermedad se hacen presentes. Son las manos que tienen un extraño milagro: aun cuando ya no pueden acariciarnos, están cerca porque sentimos la caricia durante toda la vida.
Solo terminan su trabajo el día que terminan de latir: viven en cada gesto que atesoraremos en el corazón. Porque mientras tenemos la percepción de su latido sentimos la necesidad de "volver a hundir" nuestra cara y refugiarnos en ese acto de cariño que no se olvida.
Es el retrato vivo de una madre incapaz de permanecer inactiva, es el movimiento, el ejercicio de felicidad de hacer algo, ese algo que no es una carga, es una forma de expresar amor.
Siempre hay una prenda por coser, una comida por preparar o un detalle que atender. Esa actividad permanente no nace de la obligación, sino de un espíritu generoso que en encuentra su mayor satisfacción en el bienestar de los demás. Esa disposición incansable generosa y silenciosa, rara vez recibe reconocimiento pero es el sostén diario del hogar.
Las manos de una madre no piden aplausos. Se gastan en silencio mientras construyen la vida de los demás. Quizás el tiempo las arrugue, las marque o las vuelva ásperas, pero cada surco es una historia de amor escrita con su propia vida.
Cuando esas manos dejan de estar, descubriremos que nunca sostuvieron solamente las nuestras, sostuvieron nuestros sueños, nuestras caídas y nuestras esperanzas. Hay besos que se olvidan, abrazos que se desdibujan, pero nadie olvida la caricia de las manos de una madre.
Porque el verdadero monumento a una madre no está hecho de mármol, sino de gratitud. Y porque el amor a una madre no se negocia ni se cuestiona. No se reemplaza ni se compara, aunque desde cierta "psicología" muchas veces se insista o se aconseje que a su halo protector "hay que saberlo soltar".
Quizás porque apelan a algún concepto que está de moda, como esos remedios que no figuran en los vademécums farmacéuticos pero que algunos "recetan" como único camino. Cuan equivocados están.
Hasta la próxima.
Aclaración
Horacio Sanguinetti es el seudónimo de Horacio Basterra (1914-1957), letrista uruguayo muy ligado a la poesía del género tanguero. Entre las obras memorables surgidas de su pluma, podemos mencionar, entre otras, a "Moneda de Cobre", "Nada", "Mañana no estarás".
Fue un destacadísimo letrista de la llamada "década de oro del tango". Falleció muy joven, pero un dato que habla por sí solo es que no hubo en toda la época orquesta importante que no incorporara a su repertorio alguna de las obras de Basterra.
A las madres
No existe un día específico para recordar a la madre, siempre es necesario hacerlo y no hay acto equivocado en ello. Por eso aquí, este es mi humilde homenaje a las madres presentes y las que llevamos como tesoro más preciado, en el corazón. Vaya mi recuerdo a mi querida mamá:
Elena, la pantalonera top de Rafaela, reconocida por la sastrería Pellicier y acá en Santa Fe, por Fiorillo Hermanos, La Herradura, Guerzovich Hermanos, entre otras. El 21 de febrero de 2015, Elena archivó para siempre la aguja y el dedal.












