Esta es la historia de "Entre curdas". O, si se prefiere, "El velorio". El primero en realidad es el título original de esta milonga llevada al papel en 1958 por Aldo Queirolo, con música de Roberto Morel y Carlos Mayel.
La milonga de los dos nombres
En esta entrega, el autor nos brinda un recorrido por la singular historia que convirtió una despedida fúnebre en un bodegón porteño en una escena repleta de lunfardo, situaciones desopilantes y humor negro.

Todos sabemos que el acto de velar a un difunto es "el velorio", pero en los tiempos que corren -en la mayoría de los casos- por lo general está reservado a las capas más bajas de la población y a las sociedades campesinas como forma de aferrarse a la tradición y costumbres.
Por resultar más finolis a otros estratos sociales, algunos lo distinguen como "velatorio", pero con el Larousse en mano, velorio o velatorio es: "Reunión con bailes, cantos y cuentos que durante la noche se celebra en las casas de los pueblos, por lo común con ocasión de alguna faena doméstica, como hilar, matar el cerdo, etcétera".
"El velorio", o "Entre curdas", narra la historia del velorio organizado en un bodegón por el fallecimiento del Negrito Carmona. Un grupo de pintorescos personajes cuyo control de alcoholemia superaba ampliamente todos los márgenes posibles, asumieron la responsabilidad del servicio fúnebre:
"Anoche cerró por duelo el bodegón La Maroma/ murió el Negrito Carmona remanyao escabiador/ En el mistongo galpón donde el pobre era velado/ varios curdas jubilados alrededor del cajón/ lagrimeaban apenados empinando semillón"
El personaje que había dejado su mundo ameritaba la complacencia de sus íntimos, y no tan íntimos, porque la consigna era "chupar", generándose un ambiente de descontrol. Los deudos, muy distantes de demostrar solemnidad ante el muerto, se entregaban a la bebida con comportamientos absurdos y cómicos.
Las costumbres se han modificado totalmente y las casas mortuorias suplen con sus servicios lo que años atrás se hacía en los domicilios, donde el ataúd se situaba en el medio de la sala con vista a la calle, y se abrían las ventanas para que se aprecie desde el exterior lo que acontecía adentro.
Rodeado de cirios y velas estaba el finado, con sillas en derredor para familiares, deudos y hasta "colados", porque muchos de los concurrentes no lo conocían ... pero igual pasaban la noche porque era común que la "bebida espirituosa" no se hiciera esperar:
"Una mosca que había entrado y rondaba indiferente/ se fue a parar justamente en la nariz del finao/ Rocatagliatta, el pesao rechupado como un faso/ viendo la mosca en el naso/ le pegó tal bofetón/ que hizo saltar de un zurdazo a Carmona y al cajón"
Más allá del lunfardo que se hace presente en la canción, la cultura y las acciones de los personajes, la presencia accidental del insecto que se ubica en un lugar estratégico en la cara de Carmona, el bofetón del corpulento Rocatagliatta y su "mamúa", el humor negro y el toque de comicidad, reflejan la falta de respeto y la descomposición social de los personajes:
"El jonca quedó forfai y Grappini ahogado en llanto/ sentó al difunto en un banco para que descanse en paz/ a su lado el Bataraz quería contarle un cuento/ mientras el Taita Mamerto con un filoso puñal/ quería clavarlo al muerto porque lo miraba mal"
El desfile de conspicuos bebedores y escaviadores era incesante. Algunos reían, otros lloraban, obviamente no por la lamentable pérdida, sino porque la ingesta alcohólica estaba haciendo estragos.
Tanto era así que hasta perdió la línea el peluquero que, provisto de su cajón de herramientas, se le fue al humo al difunto... quien daba cuenta de una barba algo desprolija y no presentable para la ocasión:
"El peluquero Calvete viendo al cadáver chivudo/ se acordó de su laburo y lo afeitó hasta el copete/ Llegó el Lunfa Firulete con unas cuantas chirusas/ venía de una garufa empuñando el bandoneón/ y entre curdas y papusas se armó una milonga flor"
Infaltable en la cultura porteña: la música y el baile aun en el momento doloroso del duelo y la pérdida física del pobre Carmona, aparece Firulete, su bandoneón y las "naifas" que ya venían de un compromiso musical "entonados y adobados":
"La milonguera René sentada junto al finao/ creyendo que era un mamao quería darle café/ Melena y el Yacaré estaban jugando al truco/ y el Goruta Benvenuto encargado del convoy/ en camisón y confuso rajó pa' la treinta y dos./
(...) De pronto en esa reunión se hizo presente la yuta/ y a la curdelala fue arreando pal camión/ Garabito y Chicharron se piantaron con el vino/ y el muerto fue detenido por un novicio botón/ se lo llevó detenido a prestar declaración".
La situación se estaba desmadrando mal y gracias al buey corneta, que nunca falta, se dio aviso al dueño del conventillo que llamó a la policía para que tome intervención del caso. Y "¡Marche preso!" a todos los desacatados, cuadro típico, común y repetitivo, en la vida de la marginalidad porteña.
Toque de ironía, sátira mordaz, humor y lunfardo en todo el recorrido del tema, que resalta un absurdo dentro de ese humor, como lo es la detención del muerto para prestar declaración.
Hasta la próxima.
Conducta en los velorios (*)
"No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos.
A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco.
Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente.
Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio.
A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar.
Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto.
Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas (…)".
(*) Fragmento del cuento de Julio Cortázar que lleva ese título, publicado en "Historias de cronopios y de famas" (1962).












