¿Van a reemplazarnos las máquinas?
¿Van a reemplazarnos las máquinas?
La inteligencia artificial avanza a pasos agigantados, replanteando el rol humano en diversas industrias. ¿Estamos preparados para adaptarnos a este cambio?

Nos escribe Felicitas (San Miguel, 45 años): “Hola Luciano, te escribo porque cada vez entiendo menos con esto de la Inteligencia Artificial. ¿Van a reemplazarnos las máquinas? A veces me asusto y, otras, pienso que esto pasó desde siempre. Hace un tiempo estábamos con el tema de las pantallas, ahora con la IA. ¿Qué está pasando? ¿Cómo orientarse en el medio de este cambio permanente?"
Querida Felicitas, muchas gracias por tu correo. Me hace reflexionar sobre una cuestión en la que vengo pensando hace tiempo: más que reemplazarnos las máquinas, creo que somos nosotros los que nos vamos a maquinizar.
Poner el énfasis en las “máquinas” -si es lo que programas, conectividad, etc., lo son- es olvidar que no existen sin usuarios, aunque es posible que de aquí a un tiempo existan por sí mismas, sin que nadie las use.
Hace unas décadas, surgió la metáfora de la computadora para hablar del cerebro. Hoy nos tenemos que preguntar si la inteligencia artificial es, en verdad, inteligencia; pero, nuestro modo de pensar, ¿hace algo más que procesar información?

Esta es una pregunta retórica, pero que apunta a algo concreto, que es la pérdida de la capacidad creativa por estar demasiado apegados a los estímulos, a los objetos y, por qué no, a las pantallas.
En este punto, quisiera proponerte una idea, la de que las pantallas no son solo la de los teléfonos, computadoras, etc. Nuestra cultura más reciente está basada en el desarrollo de lo visual, por lo tanto, nos cuesta dejar de ver. Así es que cualquier superficie puede adquirir la función de la pantalla.
Por ejemplo, estoy parado en la calle y, antes de que llegue el colectivo, miro carteles en los que leo cualquier cosa. No me interesa lo que leo, me interesa leer. No puede dejar de hacerlo. Así funciona la excitación visual.
Esto mismo puede aplicarse a un objeto cotidiano, como es el microondas. A propósito, hace poco veía un chiste en una red social, en el que alguien se preguntaba si a otros también les pasaba de quedarse petrificados ante la tasa de café dando vueltas.
Para responderle a ese divertido usuario de la red social, me gustaría oponerle el caso del lavarropas. Para mí este es el objeto más noble de todos. Uno pone la carga y se va. Más bien, el lavarropas te deja ir; te dice: “Andá, yo me ocupo de todo”.
Al lavarropas le cabe eso que el filósofo Martin Heidegger llamó “ser de confianza” al referirse a los útiles. Él decía que estos desaparecían en el uso, en el “murmullo anónimo del mundo”. Qué expresión tan linda para decir que los útiles son objetos que no exigen nuestra atención, que no nos tienen pendientes.
Con los objetos-pantalla, en cambio, ocurre que no pueden dejar de estar “ante los ojos”, para usar otra expresión del filósofo. Seguramente te pasó, querida Felicitas, de usar alguna aplicación de viajes y, luego de pedir el auto, quedarte mirando cómo el auto viaja en el mapa hasta llegar a destino.
¿Por qué es necesario mirar ese mapa? ¿No alcanza con saber (confiar) en que llegará en dos o tres minutos (o los que diga la aplicación)? Supongo que algo parecido pasa en los aviones cuando, en el asiento de adelante, muestran el recorrido del avión. ¿De qué sirve ver que estamos volando sobre el Atlántico?

Estas no son preguntas retóricas. Son una manera de plantear que los objetos-pantalla inciden en nuestro modo de realizar procesos. Nos llevan a un control constante y afectan la capacidad de confianza. Así es que vivimos ansiosos y siempre a la espera de que pase algo, haciendo listas de pendientes, como supervisores de la realidad.
Esto que digo, querida Felicitas, se puede aplicar al modo en que nos relacionamos con nosotros mismos, cuando vivimos haciendo cosas para que pasen otras, al condicionar efectos como una garantía de que nos estamos ocupando. Dicho de otra manera, no dejamos actuar al tiempo.
En un proceso, tenemos dos factores concurrentes: por un lado, lo que podemos hacer y, por el otro, lo que viene después, por su propio peso, por acción del tiempo. A partir del uso de objetos que funcionan como pantallas, es sobre este segundo momento que buscamos incidir: no nos podemos despegar de lo que pasa. Esto mismo es lo que dice alguien que, para el caso, tiene “pensamientos rumiantes”.
Los objetos-pantalla moldean nuestra forma de vivir. Creo que este es el cambio más grande de los últimos años. Con la inteligencia artificial, en definitiva, no creo que lo urgente sea la delegación de capacidades mentales a que nos lleva, sino la suspensión del tiempo que hay entre pensar algo y llegar a una conclusión.
Lo que más me preocupa de este tiempo es la prisa por concluir, la precipitación que se volvió excesiva. Se fueron perdiendo los tiempos intermedios, en los que no pasaba nada y da la impresión de que se vive de un modo en el que siempre tiene que estar pasando algo, sin que eso nos enriquezca.
El incremento de la pasión por la mirada –otro ejemplo, los padres que ven en tiempo real el camino que hacen sus hijos, o que (como ocurre en otros países) pueden mirarlos en el aula del colegio– está derrocando a la palabra y, por lo tanto, a la escucha. Ante la mirada, todas las formas se vuelven semejantes, pero la escucha necesita precisión y paciencia.
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