Nos escribe Leandro (38 años, Resistencia): “Hola Luciano, ¿cómo estás? A partir de tus últimas columnas vengo pensando en el inicio de una nueva relación. ¿Se puede empezar un buen vínculo si uno todavía no hizo el duelo del anterior? ¿Hay que estar bien separado para vincularse?”
La separación del amor
El amor verdadero requiere una separación inicial de la idealización romántica, permitiendo así un vínculo más realista y duradero entre las personas.

Querido Leandro, en principio muchas gracias por leerme. En las últimas notas hemos realizado una descripción de los tiempos del inicio de una pareja. Hoy nos toca plantear otro aspecto, relacionado con la separación. Muchas veces se cree que la separación viene al final de la relación, pero también se la puede plantear en el comienzo.
Por un lado, por lo que planteás en la primera pregunta: ¿se puede empezar un buen vínculo si uno todavía no hizo el duelo del anterior? Lo ideal sería haber completado ciertos procesos psíquicos antes de una nueva pareja, pero ¿se ajusta esto a la realidad? También es verdad que hay situaciones para las que no hay una preparación previa; o, mejor dicho, la preparación es en la circunstancia.
También hay vínculos que son de acompañamiento y transición para otros vínculos. Entonces, no es tan discreto ni taxativo el límite entre una relación y otra y, más conveniente, es ser tolerante a los grises.
Si en una nueva pareja es posible hablar del proceso por el que uno pasó, para conocer también el del otro, tanto mejor, siempre que la conversación se ajuste a las preguntas que se hagan y sin contar de más (para no dar una información que al otro quizás no le sirva).
Ahora sí pasemos al segundo punto. Retomemos entonces la pregunta: ¿hay que estar bien separado para vincularse? Tu pregunta puede entenderse de dos maneras: ¿hay que estar separado del todo para separarse? Pero también: ¿hay que haberse separado bien? Tomando en cuenta esa doble acepción, vamos a proponer la siguiente idea: un amor comienza con una separación.
Suena extraña esta afirmación ¿no? Más bien el amor lo vivimos como una fuerza que nos lleva al otro. El primer efecto de ese encuentro que nace de la torpeza y el desencuentro, y que lleva tiempo, es que queramos saber todo y estar a tiempo completo con el otro.
Qué difícil es, luego de ese primer encuentro, recordar que nos interesan otras cosas en nuestras vidas, incluso que tenemos algunas obligaciones y compromisos. Es que de pronto nada parece igualar en intensidad a esa fuerza que es el encuentro amoroso.
Esta vivencia es tan hermosa y vivificante, como destinada a fracasar. Porque cuando esa fuerza nos empuja tanto hacia el otro, podemos llevarnos al otro por delante y tragárnoslo de un mordisco. O bien podemos ser nosotros quienes quedemos devorados. En cualquier caso, ese primer efecto librado a su propia fuerza, tiene un efecto destructor.
Entonces, retomamos la afirmación que propusimos: un amor, comienza con una separación… del amor. Es complejo para pensarlo y para vivirlo. Pero, digámoslo así, para que el amor no sea solo un enamoramiento en el que idealicemos tanto al otro al punto de asfixiarlo, es preciso que hagamos una primera experiencia de lo imposible del amor.
Va a ser necesario que nos separemos de esa vivencia del amor como totalidad, para que un amor con otro sea posible. Y, ojo, esto no es una renuncia ni una resignación acomodaticia. Es la posibilidad de hacer la experiencia de una imposibilidad y encontrar ahí (y no en el ideal) la potencia que puede transformarnos.
Entonces, ahora sí, un amor puede comenzar, porque nos hemos separado de El amor. Como toda separación, tampoco esta es fácil. Es ahí donde se multiplican y crecen las inseguridades, la dificultad para esperar y dar tiempo a ese amor, las dudas e incluso la desconfianza.
Podríamos decir que esa separación que da comienzo a un amor, se continúa varias veces y acompaña casi todo el recorrido de un amor. Pero hay una primera vez que deja su huella y marca el cauce por donde volverá eventualmente a producirse.
Para concluir con la idea de esta columna, digamos que para que sea posible vivir un amor, debemos separarnos (una vez y cada vez) de El amor que tanto nos une que nos devora. ¿Es posible vivir esa separación de forma amena, consensuada y con acuerdos de buena voluntad?
No, eso del amor que nos separa para que podamos vivir un amor, nos toca vivirlo solos, hacer ese trabajo de separación que nos permita estar juntos. Por eso en la reflexión de pareja es tan importante lo que debe hablarse, como a aquello que cada uno debe reflexionar sin el otro. Volvemos a insistir en esta idea.
A veces se tiene la noción de que una pareja son dos personas que saben todo, cada una de la otra, sin tener presente la zona de intimidad que los distancia. Una distancia que no las separa, sino que las une, ya que les permite que cada una tenga su relación consigo misma, más acá del vínculo.
Ningún vínculo es absoluto. Ningún vínculo es para siempre. La separación está en el inicio, pero también en diferentes momentos de la relación. No es que un día la pareja se separa, sino que la pareja realiza separaciones a lo largo de todo el tiempo en que esas dos personas están juntas.
No obstante, de acuerdo con lo que planteamos en esta columna: hay una separación del amor (de la idea de El amor) que está en el comienzo mismo de la pareja. Si esta separación es lograda, será un hecho que esas dos personas podrán verse y reconocerse como autónomas como para elegir amarse. Querido Leandro, espero que esta respuesta llegue a buen destino, el de la reflexión.
Para comunicarse con el autor: [email protected]












