Nos escribe Paulina (35 años, Oberá): “Hola Luciano, ¿cómo estás? Te escribo porque leí tu última columna sobre el amor y quisiera preguntarte si para vos amar es una decisión. Leí que algunos dicen que sí, otros que no, por eso quería conocer tu opinión”.
¿Se puede decidir amar?
Explorar el amor como una fuerza transformadora revela que, más que una elección consciente, implica estar abierto a su imprevisibilidad y desafíos.

Querida Paulina, muchas gracias por tu mensaje, que nos da la ocasión de seguir con lo que planteamos la última vez. Allí dijimos que “El amor es una fuerza transformadora”. Ahora bien, ¿se puede decidir amar? Lo cierto es que no. Creemos que es mucho más frecuente decidir no amar, eso sí puede elegirse; es decir, cerrarse al amor o escapar de su influencia.

La relación íntima y profunda con la capacidad de amar depende de una necesidad, de una que nace de cierta insatisfacción. A veces se dice que hay que estar bien con uno mismo para empezar una relación; esto puede ser cierto, pero para amar la situación es otra. En cierta medida para amar es preciso sentir que a uno le falta algo.
No decimos que nos falte en el sentido de una privación, sino que incluso en el caso de que estemos en un buen momento, se nos ocurre que podríamos estar mejor. O bien puede ser que, con todas las necesidades satisfechas, sintamos que estamos un poco aburridos.
Este tipo de aburrimiento es la sensación de que estamos demasiado apegados a nosotros mismos, de que es hora de salir un poco afuera, de ir hacia otro, hacia lo diferente. En este punto, podemos volver sobre la idea anterior. Para empezar una relación no se trata de estar en una actitud auto-suficiente, pero sí estar atentos a no pedirle al amor que nos de nada.
El amor no es una solución para el aburrimiento, la tristeza y el abandono. El amor no es una solución, es más bien una fuente de problemas y no nos referimos a peleas o relaciones de las llamadas tóxicas, sino a la conflictividad básica que el amor trae consigo.
El amor trae problemas. Quizá no tanto con el otro, como con un mismo. Nos desafía, nos interpela, nos muestra perfiles en los que no nos reconocemos. El amor no es fácil. Es para valientes, que están dispuestos a amar a sabiendas de que seguramente van a sufrir, no porque el otro haga tal o cual cosa, sino porque en el amor uno se desprende de una parte de sí mismo que ya está en condiciones de dejar atrás.
Quedémonos entonces con esta reflexión: la mejor situación para amar, cuando no se puede decidir amar, es estar con ánimo de amar. Nadie puede acaso digitar el encuentro con un amor, pero sí estar disponible para que, si ocurre, su fuerza lo lleve hacia un lugar que no conocía antes.

Para continuar en esta línea, querida Paulina, aclaremos también que el amor es un pésimo antidepresivo y mucho peor ansiolítico. Si antes de embarcarse en un amor, uno no se conoce lo suficiente como para aprender a manejar procesos de ansiedad y desilusión, es muy posible que lo pase mal y no por el vínculo en sí, sino por su incapacidad para regular sus propias emociones.
Ahora bien, si el amor no puede digitarse, ¿cómo lo reconocemos? En principio, a través de un tipo de estado que se parece más a la inquietud o la preocupación. Cuando el amor llegó a nuestra vida, nos preguntamos: “¿Podré?” o “¿Será esta la ocasión de un amor verdadero?”.
De antemano no puede saberse, habrá que hacer la experiencia. Y aquí viene otro de los principios del amor: no hay ninguna garantía de resultados. Al amor tampoco se le pueden pedir seguridades. Tal vez por eso quienes aman siempre tienen un poco de miedo y tienen que hacer un gran trabajo sobre sí para avanzar.
Para combatir las inseguridades del inicio, sí hay un criterio que puede ser muy útil: el amor nace de un encuentro. No nos referimos al encuentro programado, como el de quienes acuerdan una cita. Lo que llamamos “encuentro” es la irrupción imprevisible de algo que escapa a lo esperable.
Paradójicamente, en este tiempo de tantas prevenciones y aseguramientos, en los que se volvió muy difícil vencer el temor de perder el tiempo, cuanto más las personas tratan de que haya encuentros de calidad, menor es el entusiasmo, menos cosas se siente que pasan. Quizá se tuvo una buena cita, pero faltó ese no-se-qué que decide las ganas de volver a verse.
Es que a veces eso imprevisible, esa chispa que está en el núcleo de un encuentro, es lo contrario, es el desencuentro más torpe. Tal vez a uno se le cae un vaso y le moja la ropa al otro y, si ambos están dispuestos a salir adelante, están unidos por ese tropiezo. No hace falta que mencionemos lo frecuente del desencuentro en la cama.

Qué interesante sería que, en lugar de darle rienda suelta al vocabulario de los síntomas y las disfunciones, tuviésemos tolerancia para eso que no sale bien de entrada. Es que por esa hendija es que muchas veces se cuela la sorpresa con que se hace reconocer el encuentro. Es cierto, quizá sea necesario no estar a la defensiva.
Aunque claro, estar a la defensiva es todo lo contrario de estar disponible. El problema de estar a la defensiva es que nos lleva a interpretar anticipadamente como negativo todo lo que no se ajusta a lo esperado, o bien a sobre-interpretar lo que esperado.
Esto último es algo que se verifica en cómo hay personas que tienen buenas citas, pero antes de que llegue la que sigue ya están pensando si tal aspecto significa tal cosa u otra. Por esta vía, volvemos a una cuestión que esbozamos la vez pasada: el tiempo.
Una de las más grandes máximas del amor la dijo el escritor André Maurois cuando afirmó que para vivir un amor es preciso, sobre todo, tener tiempo. Y aquí nosotros gustosamente agregaríamos: dar tiempo, no estar en actitud mezquina con respecto a lo que va a ocurrir, sino dejar que el tiempo genere su propia cronología, sus ritmos, sus escansiones.
¡Nada más complicado para los ansiosos y los abandónicos! He aquí el tema de nuestra próxima columna.
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