Nos escribe Alicia (51 años, Villa Ballester):
¿Por qué nos cuesta pedir?
El psicoanálisis distingue entre pedir y demandar, señalando que la verdadera potencia surge de la vulnerabilidad y la confianza en el otro.

“Hola Luciano, te escribo porque quiero preguntarte qué pensás de las personas a las que llaman ‘demandantes’. A mí me pasa lo contrario. Me cuesta mucho pedir, porque siento que molesto. ¿Qué pensás de esto? A veces siento que me inhibo, que dejo pasar situaciones por no plantear algo. Le tengo miedo a eso de que me digan que soy una intensa. Lo que puedas decirme sobre esta cuestión, te lo voy a agradecer”.
Querida Alicia, muchas gracias por tu mensaje. Es interesante que tu pregunta sobre el acto de pedir, sea también un pedido (de respuesta). Esto debe querer decir algo sobre nuestro tema. No todos los pedidos son iguales.
Muchas personas dicen que les cuesta pedir. Es una circunstancia que se corrobora en diferentes tratamientos. Por un lado, una aclaración desde el punto de vista psicoanalítico: pedir no es lo mismo que demandar.
En efecto, alguien puede demandar en silencio. Extrememos el argumento: la demanda más exigente es muda. Digamos más: la demanda misma es la exigencia que no se vuelca en un pedido efectivo. Por ejemplo, cuando alguien se enoja porque el otro no hizo lo que esperaba que hiciera, pero sin que este otro lo supiera.
¿Qué es más demandante que el planteo “Vos tenías que saber (sin que yo te lo diga)”? Esta es una de las formas de la demanda materna (a la madre), a ese Otro del que siempre se tiene la expectativa de que decodifique lo que nos pasa.
La demanda es siempre demanda de un Otro, mientras que un pedido es de algo. Si la demanda pide algo para circunscribir un Otro específico al que se le pide, el pedido apunta a la propia posición.
¿Qué pido cuando pido? En principio, que se me reconozca como desvalido; incluso que no puedo algo, que necesito. ¿Por qué a veces se vive con humillación esta posición? Hay una razón psicogenética y que incumbe a la diferencia sexual.
En "Tres ensayos de teoría sexual", Sigmund Freud dice que los niños (varones) suelen inclinarse hacia el ejercicio de la musculatura y -lo que llama- pulsión de apoderamiento. Esto es algo que se constata en esta etapa tan tierna en que los niños dicen una y otra vez: “Puedo solo”.
La contracara está en la niña, que se relaciona de manera más directa con el pedir, solo que -cuando pide- pone a prueba la voluntad del Otro. No son pocas las mujeres que, aunque puedan hacer algo, le piden a un varón que las ayude.
Pensemos ejemplos típicos de esto último: una mujer que perfectamente podría abrir un frasco y, sin embargo, se lo extiende a su pareja; otra que tranquilamente podría cargar una valija, pero la deja en manos de alguien que la asista.
Podríamos decir que hasta hay algo femenino en ese “No puedo”, que no se confunde con una debilidad real, pero que puede asumirse como una manera de seducción, aunque para algunas mujeres adquiere un estatuto sintomático: no hago nada si no lo hago con otro; me veo a mí misma como más frágil de lo que soy en verdad.
Como contrapunto, tenemos a los varones que nunca piden nada, porque eso implicaría una feminización. Este es un punto importante: el enquistamiento en el “Puedo solo” podría ser una forma de rechazo de lo femenino intrínseco en la masculinidad.
También hay mujeres que, por permanecer en una posición viril, permanecen en la vía del “Puedo sola”, que a veces puede confundirse con el empoderamiento, cuando es todo lo contrario. ¿Por qué esto último sería un problema? En principio, porque la posición “Yo puedo” es contraria a la de “(Yo) deseo”. En este sentido, nos gusta decir que el poder (del “yo puedo”) es contrario a la potencia (del “deseo”).
Hay una potencia que nace con la experiencia del desvalimiento de pedir. Esa potencia tiene distintas expresiones, pero una muy clara es lo que llamamos “confianza”. Cuando en un vínculo tenemos confianza, se amplía nuestra potencia.
No solamente porque podemos más (juntos somos más), sino, especialmente, porque hacemos y queremos cosas nuevas que solo nacen y descubrimos con la potencia de la confianza con el otro.
Cuando le pedimos algo a otro, pedimos mucho más que eso que necesitamos o creemos necesitar, le pedimos lo que escucha con nuestro pedido, su forma de darlo, incluso le pedimos sus condiciones y su eventual “no”, en los que a veces encontramos un borde que le da forma a nuestro pedir.
En algunas ocasiones, cuando se espera que una madre sepa sin que le digamos y se hace caer todo el peso de la demanda en ese vínculo; el paso que conviene dar es el de la experiencia de la confianza. Parece contradictorio, pero con quien más experimentamos una demanda exigente y total, es en quien menos confiamos que su deseo a través del pedido, nos pueda ayudar y transformar.
Esta respuesta, querida Alicia, es tentativa e incluye generalizaciones que, por supuesto, son esquemáticas (la diferencia entre hombre y mujer) y hasta son cuestionables, pero creo que la distinción ejemplifica más allá de leerla en clave de género.
Me importa que sea claro que demandar y pedir son actitudes diferentes, que la mayor capacidad para pedir va de la mano de la confianza y que, cuando pedimos algo, no es solo para que nos den eso que pedimos. A veces todo lo contrario. El mayor don a veces está en poder recibir algo diferente de lo que queríamos y en que se haga propio.













