Uno de los modestos privilegios que me permito a esta altura de mi vida es visitar la ciudad de Buenos Aires. Y así la designo, porque la denominación CABA me parece sencillamente horrible y una afrenta lingüística a la ciudad que mereció ser halagada con el título de Reina del Plata, y cuyos ciudadanos mayoritariamente se han permitido la licencia poética de no permitir ser gobernados por las versiones ramplonas y guarangas de nuestro populismo criollo. Una vez cada dos meses me instalo en mi departamento del porteñísimo barrio de Almagro y me dedico a lo de siempre: recorrer librerías, cines, salas de teatros y frecuentar mis bares preferidos, oficio del que modestamente me considero un eximio maestro, oficio exigente que se adquiere a lo largo de horas, semanas y años, acompañado de diarios, libros, amigos y también en taciturna y ascética soledad. Quien no sabe apreciar la penumbra de un bar o la luz que llega desde un ventanal que da a una avenida o a una calle con adoquines; quien no sabe disfrutar de la soledad de una mesa que, como dijera Discépolo, nunca pregunta pero saben escuchar; quien no registra en su memoria una de esas frases que lo van acompañar toda la vida y que solo en un bar se pronuncian, es porque su sensibilidad ha perdido una de las experiencias que más nos reconcilian con la vida.




































