La hora en que las personas realizan las principales comidas del día —especialmente el desayuno y la cena— se posiciona cada vez más como un factor relevante para la salud del corazón, según investigaciones recientes.

Estudios científicos recientes señalan que no solo qué se come, sino también cuándo se come puede estar vinculado con el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Analizar la hora del desayuno y la cena podría ofrecer claves para la prevención.

La hora en que las personas realizan las principales comidas del día —especialmente el desayuno y la cena— se posiciona cada vez más como un factor relevante para la salud del corazón, según investigaciones recientes.
Tradicionalmente las recomendaciones nutricionales se enfocan en la calidad y cantidad de alimentos, pero hay evidencia creciente de que el tiempo de consumo también influye en el metabolismo y en el riesgo de desarrollar patologías cardiovasculares.
Diversos trabajos científicos han explorado la relación entre el horario de ingesta de alimentos y el riesgo cardiovascular.
Un estudio amplio, publicado en Nature Communications, que siguió a más de 100.000 adultos, encontró que retrasar la primera comida del día y cenar tarde se asoció con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular y cerebrovascular.

Los investigadores observaron que por cada hora que se demoraba el desayuno, el riesgo de padecer una enfermedad cardíaca aumentaba en alrededor de un 6 % comparado con quienes desayunaban más temprano.
Asimismo, quienes cenaban después de las 21 h presentaban un 28 % más de probabilidad de sufrir un evento cerebrovascular como un accidente cerebrovascular que quienes cenaban antes de las 20 h, con un efecto más marcado en mujeres.
Este patrón se entiende en el contexto del ritmo circadiano, el reloj biológico que regula funciones como la sensibilidad a la insulina, la presión arterial y el metabolismo de las grasas. Comer muy tarde —especialmente cerca del horario natural de descanso nocturno— puede desincronizar estos ciclos y afectar negativamente los mecanismos metabólicos que protegen la salud vascular.

Además, investigaciones observacionales y meta-análisis sugieren que omitir el desayuno de manera habitual está asociado con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y mortalidad por todas las causas.
La evidencia recopilada en más de 190.000 adultos muestra un incremento de aproximadamente 21 % en eventos cardiovasculares comparado con quienes desayunan regularmente, aunque los mecanismos exactos aún se exploran.
La calidad del desayuno también es un aspecto a considerar. Estudios que evaluaron la ingesta matutina señalan que consumir un desayuno equilibrado, con una proporción adecuada de energía y nutrientes de calidad, está vinculado con mejores marcadores de salud vascular —como menor presión arterial y menor grosor de la íntima media carotídea— en personas con factores de riesgo cardiovascular.

Aunque no existe una recomendación universal sobre el horario exacto, los datos disponibles sugieren que hacer el desayuno temprano en la mañana y cenar antes de la noche tardía podría ofrecer beneficios para la salud del corazón.
Mantener una mayor duración del ayuno nocturno —el intervalo entre la cena y el desayuno siguiente— ha sido asociado con menor riesgo de enfermedades cerebrales y cardíacas en algunos trabajos.
Estas observaciones están alineadas con la noción de “crononutrición”, un campo emergente que estudia cómo los ritmos circadianos interaccionan con los tiempos de ingesta de alimentos y sus efectos sobre la salud.
La evidencia sugiere que la sincronización entre los patrones de alimentación y el reloj biológico corporal puede ser un factor modificable para reducir el riesgo de enfermedades crónicas, aunque se requieren más estudios para establecer recomendaciones precisas.

Es importante subrayar que estos hallazgos no implican causalidad directa y que las asociaciones observadas pueden estar influenciadas por otros factores de estilo de vida, como la actividad física, la calidad general de la dieta, el sueño y circunstancias socioeconómicas.
Por ello, los expertos recomiendan interpretar estos resultados en el marco de una alimentación saludable integral y de hábitos de vida balanceados en lugar de focalizarse únicamente en el horario de las comidas.
Según especialistas en nutrición y salud pública, los hábitos alimentarios forman parte de un conjunto de factores que pueden ser modificados para reducir el riesgo de enfermedades crónicas.
En este sentido, no saltarse comidas, optar por opciones nutritivas en todas las ingestas y, cuando sea posible, evitar cenas muy tardías podrían sumarse a estrategias tradicionales de prevención como el control del peso, la actividad física regular y la gestión de factores de riesgo como la hipertensión y el colesterol.