El clima se había tornado insoportable. Adentro y afuera. La clasificación para el Mundial llegó de manera agónica, con una "corajeada" de Passarella en la cancha de River, que Gareca alcanzó a empujar en la puerta del arco para darnos el empate ante Perú y el pasaporte para el Mundial de México. La arremetida de Rodolfo O'Reilly, por entonces secretario de deportes de la Nación, para provocarle un "golpe de estado" a Bilardo no tuvo eco en Julio Grondona, que lo defendió a capa y espada. Esa selección, duramente criticada, casi podría decirse que vapuleada desde todos los sectores, se fue en una soledad absoluta desde Ezeiza. Un triste y lamentable empate en Barranquilla, ante el Junior, hizo que se suspendieran otros amistosos que se habían programado. Hubo una charla muy dura -y famosa- en el hotel Dan de la ciudad colombiana. Y después, varias más en la concentración del América cuando el plantel fue el primero de todas las selecciones en arribar a tierras aztecas. Las discusiones dividían al plantel en dos bandos: los que estaban con Passarella y los que estaban con Maradona. Había que solucionar primero el clima interno que había nacido desde aquella decisión de Bilardo de darle la cinta de capitán a Diego y de advertir que el único que tenía el lugar asegurado, era él.

































