Fue un concierto de la selección. Arrancó el partido con un golazo de Otamendi (una de las grandes figuras), empalmando como venía un córner desde la izquierda y dándole tranquilidad a la selección cuando el partido ni siquiera tenía tres minutos de vida. Esto marcó una pauta muy clara que lo diferenció de aquél primer partido con Ecuador: frente a un rival que iba a salir con un esquema defensivo, no hubo que esperar tanto para que llegue la tranquilidad del gol que abriera ese esquema y lo obligara, al rival, a un cambio de actitud.



































