Fuera de la cancha, Bolmaro es muy tranquilo y exhibe una marcada timidez pero su comportamiento y forma de ser contrasta con que muestra en el parquet. “Y un poco es así. Afuera soy tranquilo y en la cancha, no tanto (se ríe). Noto ese cambio, cuando empieza el entrenamiento o el partido soy otro. Y esa competitividad saca lo mejor de mí. Siento que yo mejoro y hago mejores a los otros”, revela. Y enseguida cuenta una anécdota de sus épocas de atletismo que refleja esa característica. “Una vez, en un campeonato argentino de pruebas combinadas que se disputó en Santa Fe, me anoté como siempre en Hexatlón (NdeR: son seis pruebas) y apareció un chico que no conocía de Buenos Aires y me ganó… Me quedé mal, recuerdo. Yo me estaba yendo del atletismo, eran mis últimos momentos, pero decidí anotarme en el siguiente, en Decatlón (10 pruebas), una especialidad que no hacía tanto sólo porque quería ganarle. Fui y lo hice”, recuerda. Así, pese a que era muy bueno (“Sobre todo en salto en alto y largo, aunque también en 110 con vallas y en bala”, precisa) se retiró en paz del atletismo, con 16 años, para dedicarse de lleno al básquet. Así nuestro deporte ganó una joya.