Resonaban el "andá p'allá bobo" a Weighorst y el Topo Gigio a Van Gaal. El partido con Paises Bajos había dejado mucha "tela para el comentario". Pero estábamos en semifinales. Y enfrente llegaba Croacia, un "cuco" por la goleada que nos había propinado en Rusia y porque venía de ganarle a Brasil. Ni más ni menos. No iba a ser lo mismo que cuatro años antes. Aquélla vez, en Rusia, la debacle se veía venir. Un equipo mal armado, frágil e inconsistente, no supo qué hacer ante una Croacia que ya empezaba a mostrar sus valores, que acabaron con esa final ante Francia. ¿Lo recuerdan a Messi en Rusia, cuando se agarraba la cabeza mientras se entonaban las estrofas de ambos himnos?. Leo se la veía venir. ¡Claro que se la veía venir! Y aquélla derrota, lastimosa, lógica, esperable y denigrante, desembocó en un sismo interno que hizo desarticular todas las estructuras, que por lo visto estaban bastante frágiles desde la conducción del plantel. Los experimentados tomaron cartas en el asunto para jugar el último partido con Nigeria en San Petersburgo, ya con Sampaoli sin ideas, ni claridad, ni tampoco autoridad.


































