Las mujeres argentinas están más preparadas pero tienen menos oportunidades laborales
Un dosier conmemorativo del organismo estadístico pone números a las brechas: las mujeres muestran mejores trayectorias en estudios superiores y más sobrevida, pero en el mercado encuentran menos empleo formal, menor remuneración, menor presencia en cargos jerárquicos y terminan con más peso en las moratorias.
La informalidad y la brecha salarial son barreras persistentes para las mujeres, que a menudo quedan atrapadas en empleos precarios con menor remuneración, según la recopilación de datos de INDEC.
En la Argentina de hoy, los estudios superiores y la salud son para las mujeres un capital que choca ante con un mercado laboral que las sigue prefiriendo informales y les paga menos. Esta es la conclusión que se desprende del dosier estadístico del INDEC en conmemoración del 115° Día Internacional de la Mujer.
El documento del organismo estadístico no solo ofrece una fotografía del presente, sino que expone una paradoja estructural: las mujeres argentinas se preparan más y viven más tiempo, pero esas "ventajas" se diluyen entre el mercado laboral y la autonomía económica.
La paradoja de la formación
Según el informe, las mujeres presentan mayores niveles de educación. La escolarización en el nivel superior muestra un mejor desempeño en índices de asistencia, permanencia y graduación.
El informe del INDEC expone cómo la educación superior no garantiza equidad laboral para las mujeres, atrapadas en empleos informales y mal pagos.
En números, algo más del 49% de las mujeres de 18 a 24 años permanecen en el sistema educativo formal, mientras que en hombres este valor se reduce al 43%, según valores hasta el tercer trimestre de 2025, medido por la Encuesta Permanente de Hogares. Además, se registra una diferencia en la eficiencia en las aulas. En 2023, casi el 60% de los nuevos inscriptos en carreras de pregrado y grado fueron mujeres. Más contundente es que ellas representan el 64% del total de egresados.
Es decir, se reciben más y en mayor proporción. Pero un dato que puede comenzar a explicar la diferencia en el mundo laboral es la elección de carreras. Aunque la participación femenina en las Ciencias Aplicadas creció 4,4 puntos porcentuales entre 2018 y 2023, la segregación prefigura un futuro laboral en sectores que, históricamente, están peor remunerados y que siguen ligadas a los roles de cuidado. Esto se puede inferir en que en Ciencias de la Salud, 76 de cada 100 estudiantes son mujeres, mientras que en Ciencias Aplicadas ese número desciende drásticamente a 41 de cada 100.
Durante los últimos años viene en ascenso el ingreso de mujeres a los estudios superiores, aunque aún persisten las brechas por tipo de carrera. Foto: Archivo El Litoral.
Al llegar al mercado de trabajo, ese esfuerzo educativo se enfrenta con el trabajo. La diferencia es central en las edades de 30 a 64 años, donde la tasa de empleo masculina supera ampliamente a la femenina. Las mujeres no solo tienen más dificultades para insertarse, sino que cuando lo hacen, suelen quedar atrapadas en la subocupación horaria, que es 4,9 puntos porcentuales superior a la de los hombres.
El peso de la informalidad
Cuando se analiza la calidad del empleo, el panorama para las mujeres argentinas se vuelve aún más distante. El informe del INDEC revela una persistente inclinación hacia la informalidad. Mientras que el 22,7% de los puestos de trabajo ocupados por hombres corresponden a asalariados no registrados, en las mujeres ese valor sube al 27,2%.
Esta mayor precariedad no es casual: las mujeres se insertan mayoritariamente en sectores como el servicio doméstico (donde ocupan el 96,4% de los puestos no registrados), la enseñanza y los servicios sociales y de salud. Son ramas de actividad donde la remuneración promedio es más baja y la protección social deficiente.
Mujeres presentan tasas de empleo, de desocupación y subocupación horaria
disímiles a la de los hombres.
La brecha salarial es el síntoma más evidente de esta enfermedad estructural. Los datos de 2024 son elocuentes: por cada 100 pesos que gana un varón en un puesto asalariado registrado, una mujer percibe solo 68 si tiene 50 años o más.
Esta diferencia se extrema en el sector informal. En los puestos asalariados no registrados, la brecha de ingresos llega al 44%: por cada 100 pesos que cobra un varón, una mujer recibe apenas 56. Esta diferencia se ensancha a medida que avanza la edad, lo que demuestra que el transcurso de la vida laboral, lejos de igualar, profundiza.
A esto se suma el fenómeno del "techo de cristal". A pesar de estar más capacitadas, las mujeres tienen un acceso limitado a los puestos de decisión. Solo el 4,6% de las mujeres que trabajan logran ocupar cargos de dirección o jefatura, un porcentaje que es casi la mitad del que alcanzan los hombres (8,5%).
Esta exclusión no solo afecta sus ingresos presentes, sino que condiciona su futuro. La falta de aportes regulares durante la vida activa, que dialoga con trayectorias laborales más frágiles y con mayor informalidad, deriva en que el 79,8% de las mujeres que logran jubilarse lo hagan a través de moratorias previsionales, frente a solo un 49,3% de los hombres.
Hogares, primera línea de la vulnerabilidad
La desigualdad económica que nace en el mercado laboral se traslada de forma directa al interior de los hogares. El informe del INDEC muestra que las estrategias de manutención varían drásticamente según quién lidere la casa. En Argentina, el 16% de los hogares son monoparentales, y de ellos, más de 8 de cada 10 están a cargo de mujeres.
Estos hogares, donde la mujer es el único sostén, son los que enfrentan las mayores dificultades financieras. En los hogares de menores ingresos (el quintil más bajo), la tasa de empleo de las mujeres es casi la mitad de la que presentan aquellas que habitan en los hogares del quintil más alto.
En Argentina, el 16% de los hogares son monoparentales, y de ellos, más de 8 de cada 10 están a cargo de mujeres.
La dependencia de transferencias estatales y redes de ayuda informal es una constante en las casas lideradas por mujeres con niños, niñas y adolescentes (NNyA). En estos hogares, las transferencias de ingresos representan un complemento vital que no es tan prevalente en los hogares a cargo de hombres.
Ante la insuficiencia de los ingresos laborales, producto de la brecha y la informalidad antes mencionadas, las jefas de hogar deben desplegar estrategias de supervivencia extremas. El 34,4% de los hogares con NNyA de bajos ingresos con jefatura femenina ha tenido que recurrir a préstamos de familiares para llegar a fin de mes, una cifra significativamente mayor al 23,5% registrado en hogares similares liderados por hombres. Incluso la ayuda en especie —comida, ropa o artículos básicos— tiene un marcado sesgo de género. Los hogares con jefatura femenina reciben ayuda proveniente de familiares, vecinos, iglesias o el Gobierno en mayor medida que hombres.
La vejez también tiene sus brechas. La mayor esperanza de vida de las mujeres (80,23 años versus 74,37 en hombres, según la última serie disponible del INDEC para 2019) redunda en una "vejez feminizada" donde la sobrevida se da, mayoritariamente, en condiciones de mayor precariedad y dependencia de un sistema previsional que las reconoce apenas por moratoria.