Nos escribe Noelia (Tandil, 32 años): “Hola Luciano, ¿cómo estás? Te escribo porque quisiera consultarte sobre el desamor. En tus columnas te preguntan mucho sobre el amor, el enamoramiento, la separación, por eso yo quisiera preguntarte por el desamor. En el desamor, ¿no hay algo de crueldad y envidia?”
La traición del desamor
El autor reflexiona sobre las raíces psíquicas del desamor, la envidia inconsciente y la traición que surge al romper un vínculo afectivo profundo. Un análisis clínico sobre cómo el rechazo a la deuda psíquica y la desconexión emocional operan como mecanismos de defensa frente al dolor de perder al otro.

Querida Noelia, muchas gracias por tu mensaje. Sin duda das en una tecla acertada con tu consulta. Creería que nunca hablamos del desamor, así que bienvenida esta inquietud a la que vamos a darle su lugar. El desamor no es la transmutación del amor en odio, sino algo más radical: el rechazo absoluto a consentir a la deuda psíquica que el lazo amoroso impone.
En la experiencia de un vínculo, alguien puede intentar sustraerse de la deuda que genera el amor por la vía de la identificación: resignar el lazo con el otro transformándolo en un rasgo del yo (“Te dejo de amar para convertirme en vos”).
Por esta vía, cuando la deuda es rechazada de plano asistimos a la emergencia de la traición. En el consultorio escuchamos situaciones en las que, por ejemplo, alguien despliega una crueldad inaudita contra esa persona que más le ha dado en la vida (por ejemplo, el hombre que se desborda y asfixia económicamente a la mujer que lo convirtió en padre).
Esto no es un odio pasional; es una restitución maníaca y egoísta de la libido al yo que se actualiza bajo la forma de la traición. Aquí es preciso deslindar la traición de la venganza.
La venganza, fundamentalmente la venganza neurótica, constituye una forma enrevesada, pero inequívoca, de sostener el lazo amoroso con el objeto; es una puesta a prueba desesperada para conmover al otro y verificar si aún aloja un deseo por el sujeto.
El vengativo es, en su esencia, un despechado que sufre por un amor no correspondido. El traidor, en cambio, opera desde el desprecio del lazo; busca erradicar la existencia misma de la deuda psíquica. Retomando una distinción de la escuela inglesa de psicoanálisis, diría que la respuesta estructural ante aquello que resulta inasimilable en el deseo del otro es la envidia.
Mientras que en el amor el sujeto se enamora de un rasgo del otro con el cual potencialmente puede identificarse o quedar en deuda, en el deseo el lazo se establece con una dimensión del objeto que resulta absolutamente inasimilable para el yo. La envidia surge como una respuesta destructiva ante esa alteridad inalcanzable.
Klein y la envidia
Es fundamental recordar la precisión teórica de Melanie Klein: la envidia no consiste en el anhelo de poseer lo que el otro tiene (eso pertenece a la gramática de los celos y la competencia neurótica). La verdadera envidia es el impulso de lograr que el otro deje de tener; es el deseo íntimo de que al otro le vaya mal, de estropear su fuente de gratificación para abolir la asimetría que causa el sufrimiento yoico.
En su texto sobre la envidia primaria, Klein despliega una tesis subversiva: la existencia de una profunda envidia de los varones hacia las mujeres, fundada en la capacidad creativa y reproductiva del cuerpo femenino.
Klein sugiere que la tendencia histórica de los varones a refugiarse en la producción intelectual, el afán de inventar teorías y estampar obsesivamente su nombre en letras de molde, no responde únicamente a determinaciones de la estructura social, sino que funciona como un mecanismo de sublimación compensatorio frente a la envidia básica de no poder gestar la vida en sus propias entrañas.
Desde esta perspectiva, el desarrollo de la civilización y la erudición masculina porta una marca de resentimiento creador: los libros devienen los hijos simbólicos que el cuerpo del varón está biológicamente impedido de concebir.
Ahora bien, frente al deseo del otro que no puede ser asimilado, la clínica actual nos revela salidas caracterológicas novedosas y preocupantes que evitan el circuito clásico de la serie amor-odio-indiferencia.
Pensemos en la fenomenología del varón celoso contemporáneo. Tradicionalmente, el celoso tramitaba su afecto por la vía de la hostilidad manifiesta, actuando escenas de celos o imponiendo prohibiciones coercitivas sobre el cuerpo de la mujer (“No te vistas así”), llevando el lazo del amor al odio.
Hoy, en cambio, constatamos la emergencia de varones que, ante la inminencia de los celos -que revela la dolorosa asimetría y vulnerabilidad del amor, donde el primero que se enamora, pierde-, despliegan una maniobra de enfriamiento afectivo radical y deliberado.
En lugar de confrontar el conflicto, salen de inmediato a seducir a un tercero para conseguir el efecto de obtener una reafirmación narcisista exprés, logrando “matar” el amor que sentían por el objeto original antes de quedar expuestos al sufrimiento de la pérdida.
Abolición del lazo
Esta es una abolición del lazo que elude el trabajo del duelo a través de una operación cuasi autística. Lo planteo así porque este mecanismo de desconexión radical encuentra un eco homólogo en la clínica con niños pequeños mal diagnosticados de autismo. En ciertos tratamientos, se constata que la aparente coraza no constituye una estructura inamovible, sino una defensa caracterológica extrema.
Lo explico mejor: ante la imposibilidad de tramitar la hostilidad o el desamparo en el vínculo primordial, el niño ha decidido “soltarse” psíquicamente del otro, enfriando su afectividad al punto de no manifestar demandas, dormir en absoluta soledad y presentar una aparente estabilidad que encubre el vacío.
Dejo este último punto para futuras columnas, ya que el tema del autismo y su espectro es un asunto de mucha actualidad y requiere una consideración más fina, con un mayor rigor conceptual.
Aquí solo dejo planteada, querida Noelia, la diferencia que hay entre el desamor y odio, así como la relación con la crueldad y el deseo, en la medida en que este último es el que se articula con la envidia. Espero que la respuesta sea de tu interés y nos quedaremos con ganas de saber, si acaso fue una inquietud personal, el motivo de que consultaras por una cuestión tan precisa.
Para comunicarse con el autor: [email protected].












