Nos escribe Paulina (43 años, Bariloche):
La culpa por (no) cambiar
Frente a una consulta sobre crisis vincular, una mirada clínica desmitifica la disociación y profundiza en el impacto real del malestar al tomar decisiones.

"Hola Luciano, te escribo porque estoy con una situación complicada. Estoy en pareja y me cuesta separarme. Una parte mía sabe que la cosa no da para más, pero la otra piensa que cuando estamos bien no es para tanto. Como que me olvido. ¿Esto es disociar? El tema es que después cuando peleamos me siento re mal y ahí me agarra una culpa bárbara. Quisiera cambiar y no puedo. ¿Me ayudarías a pensar con algún consejo?".
Querida Paulina, muchas gracias por tu mensaje, que trae a primer plano una palabra que está muy de moda: la disociación. Lo cierto es que no aplica para tu caso, como tampoco para muchos otros en que se usa para nombrar cierto grado de inconsecuencia, o la contradicción de quien piensa una cosa y, luego, hace otra.
En todas las personas hay un poco de este mecanismo, que quizá sea mejor reconducir a la fragilidad neurótica, antes que a la disociación. Esta última consiste más en cierto tipo de desafectación, por la que se actúa sin un registro psíquico de lo hecho.
También cabe decir que la disociación tiene diferentes niveles (en algunos casos llega a una anulación mental) y no se confunde con el desentendimiento o desmentida por el que una persona sabe algo, pero hace de cuenta que no cuando tiene que actuar.
Entonces, con respecto a este primer aspecto, dejemos la disociación de lado y pasemos a la segunda cuestión de tu mensaje. Creo que tu consulta se encuadra mejor en el contexto de los efectos que tiene la culpa sobre el cambio.
¿A qué me refiero con esta puntualización? Lo voy a resumir con esta idea: la mayoría de las veces nos imaginamos que queremos cambiar cuando estamos mal, como una especie de compensación; así es que la situación de malestar pasa y, cuando ya no es urgente, la idea de cambio cae en el olvido.
Por lo tanto, te propongo trabajar a partir de esta consideración táctica: si no querés cambiar cuando estás bien, entonces no vas a cambiar. Si solo querés cambiar cuando estás mal, te vas a quedar en la intención y, cuando pase el terremoto, vas a volver a la situación de siempre.
¿Por qué digo que esta circunstancia se relaciona con la culpa? Porque esta última es la que hace que el malestar no se piense en todo su alcance y solo se lo viva en términos de un sentimiento pasajero. Cuando me siento culpable, lo único que me interesa es ya no sentir lo que siento, pero no cambiar la realidad objetiva.
Pensemos en un ejemplo típico, el del consumidor de sustancias que, con cada bajón, se promete ya no volver a hacer más lo de siempre; se siente terriblemente culpable durante un par de días, pero después el afecto se revierte y ya está listo para una nueva recaída.
Nunca fue del todo sincera su promesa de dejar las drogas, solo quería dejar de sentirse mal. Entre quienes trabajan con adictos, es habitual decir que alguien comienza su verdadero camino de recuperación cuando, sin estar en la etapa de la "buena letra", es capaz de decir en serio que ya no quiere la vida del consumo.
Cuesta mucho llegar hasta este punto, a veces hasta es preciso tener varias recaídas, pero cuando se lo logra ahí se tiene la certeza de haber traspasado un umbral. ¿Lo que planteo vale para tu caso? No lo sé, pero sí el ejemplo que propuse es una gran metáfora para entender la dificultad para el cambio.
Muchas veces decimos que lo que más queremos es cambiar, pero en realidad eso es solo lo que decimos. Cuando dejamos de luchar con la culpa, ahí sí sabremos qué queremos. Digo esto último pensando en lo que decís acerca de esa "culpa bárbara". Ese pareciera ser el punto en que estás detenida en este momento.
Quizás estés preocupada por lo que da la impresión de ser un síntoma de pareja: cierta circularidad en las peleas. Tal vez el cambio no sea una separación, sino empezar un espacio terapéutico juntos. Si me permitís una conjetura, tengo la sospecha de que el pensamiento de la separación te sirve más para no separarte que para pensar una verdadera decisión que cambie las cosas.
Como te dije antes, una posibilidad sería empezar un tratamiento y encontrarse con la visión de otra persona. Esto último es un poco también lo que ocurre con esta respuesta, ¿será que me escribís porque te cuesta buscar una terapeuta "real"?
Por favor, tomá lo que te digo como una mera especulación, que no apunta a decir la verdad sino a abrir el juego para reflexionar junto a los lectores. Cambiar es muy complicado, pero no tanto. Quizás lo que lo hace difícil es que tenemos una tendencia a creer que los cambios deben ser más espectaculares de lo que pueden ser.
Lo idealizamos, cuando los cambios más contundentes son aquellos mínimos y pequeños, de los que se obtienen los máximos resultados, pero que se basan en dejar de lado el orgullo. Para cambiar, es preciso decir que ya no queremos algo, pero también estar decididos a que la nueva situación nos sorprenda.
Querida Eloísa, espero que esta breve reflexión te haya acompañado para generar un nuevo punto de vista y, en particular, para que sientas que la situación que tenés por delante no es tan complicada. Te deseo mucha suerte en el proceso. Abrazo grande.
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