¿Cuándo empieza a vivirse la "ancianidad"? ¿Tiene un principio concreto? Los días pasan rápido, y los años "vuelan", prácticamente, en todas las etapas de la vida. "Pasan volando", justamente, es una expresión que se utiliza mucho, con algo de lógica y mucho de resignación, una resignación que en realidad llega a nosotros en retrospectiva, cuando recordamos la infancia y la adolescencia, por ejemplo.
Ancianidad… ¿divino tesoro?
Una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, la pérdida paulatina de autonomía en la vejez y los desafíos afectivos que enfrentan los adultos mayores.

En la niñez diría que no tanto, por todo lo que necesitamos asimilar, aprender y atesorar. En la adolescencia tampoco, porque seguimos sumando nuestras vivencias y experiencias, relaciones y amistades. Pero en la juventud sí: con sus libertades y sus responsabilidades, el tiempo apremia e impone sus límites.
Al principio de esos años juveniles, el hecho de no tener quizás plena conciencia de nuestros actos nos dirige hacia un camino que prácticamente no tenemos en cuenta que no se volverá a transitar. Toda esa parte del camino es el trayecto comprendido entre nuestros primeros años de vida y aquella famosa etapa en la que renegamos por todo; cuando a lo que no entendemos, negamos aceptarlo.
Luego se presentan otros caminos; no son necesariamente atajos, pero sí decisiones tomadas tal vez "a la ligera", que algunas veces nos llevaron a optar por la ruta equivocada. Es donde los errores aparecen. Errores que no son barreras ni carteles de "no pasar", sino pruebas que la vida nos presenta.
Mientras jugamos a las "Escondidas", a saltar una cuerda o a romper una piñata, el tiempo transcurría sin aceptar que nada es para siempre, hasta la muerte misma. ¿Quién podía asegurar, o dar fe, de que allí todo terminaba?
La juventud, esa que supo interpretar Rubén Darío en su libro "Canto de vida y esperanza" (1905), es divina, cierto… cuando se la vive en plenitud. Y se la puede recordar también en plenitud, tal vez sin tantas culpas o bien olvidando algunos rencores "pasajeros" (aquellos enojos juveniles).
Pero en algún momento la memoria empieza a fallar. Sobre todo la reciente, no tanto la de ayer. Un ayer lejano, quizás tan lejano que a veces nos hace soñar despiertos con aquella libertad de "hacer lo que nos venía en gana" (al menos eso creíamos entonces), desoyendo consejos y órdenes, y hasta rebelarnos ante los famosos "castigos", cuando nos prohibían ir al baile o usar una falda demasiado corta.
Mientras soñamos con aquel pasado que "vuela", o recordamos de él sus mejores y peores secuencias, desconocemos cuándo será el momento exacto en el que nos empezarán a dar el asiento en un colectivo en "señal" de respeto a los mayores.
Y es que ya no nos resulta fácil subirnos al colectivo, porque tenemos que ayudarnos con un bastón. Después de todo, hace bastante tiempo que nuestras visitas al médico y al farmacéutico -cada vez más frecuentes- revelan que los achaques y las dolencias aparecen con mayor frecuencia que nunca.
Incluso ahora ni siquiera hace falta ir a la farmacia para adquirir y retirar los "confites" de diversos tamaño y color, porque las recetas son virtuales y llegan a la farmacia en el acto, por un "envío" sin código postal a través de un aparato que no llegaremos a entender jamás.
Además, la graduación de los cristales no da para más y la operación de cataratas no puede esperar. Pero las canas por algo ganaron lugar (por eso algunos a esa "presencia" la llaman experiencia, otros terquedad) y la visita al especialista demora bastante en llegar (¿Para qué, para arreglarnos y escuchar que alguien nos diga "¡Qué bien la veo!").
La vecina con la que coincidíamos a la hora de barrer la vereda no sale más: obviamente, el temor y la inseguridad pueden más. Entonces preguntamos por Fulano, o por Mengano, y nos dicen "Uy, murió hace años", "Murió durante la pandemia"… y entonces nos damos cuenta que cada vez escuchamos menos y que gracias a unos audífonos vamos a poder escuchar mejor.
Pero los "no", no se hacen esperar: "No abras la puerta", "No atiendas el teléfono", "No vayas sola" a tal lado o tal otro. Y a la vez tenemos que dar nuestro carné de la jubilación para que otros puedan cobrar por nosotros. Muchas veces a nuestros nietos, esos mismos que ya no besan al llegar, y se "enfrascan" en ese aparatito que los hace reír o llorar por cualquier cosa (sin compartirnos el porqué).
Las discusiones o el "debate" por nuestro destino empiezan a dejarse oír. Ya no tomamos mates todos juntos y nuestra silla con ruedas no nos permite acceder como antes a la cabecera en la mesa. Están lejos, pero tan lejos, aquellos tiempos en lo que todo era distinto. Y en algún momento se toma una decisión.
Entonces nos empiezan a llegar saludos del almacenero en la nueva casa adonde nos mudamos. "Hogar de retiro" lo llaman. Allí todo nos parece extraño, muy ajeno. Pero habrá que verle el lado bueno: es uno de los pocos actos donde nuestros amados hijos se unen para pagar "el alquiler" por dejarnos en ese lugar de descanso.
Quizás se turnen para visitarnos y quien menos compromisos tenga acercará pañales si hacen falta, siempre con el reloj "a mil por hora" y con la promesa rápida de un pronto regreso. ¿Será esa nuestra última morada?
En la película "Cuando los duendes cazan perdices", uno de los grandes éxitos interpretados por el recordado Luis Sandrini, o en la emblemática "Esperando la carroza"(con Antonio Gasalla, Luis Brandoni, China Zorrilla, Betiana Blum, Julio De Grazia y compañía), la figura de la madre contempla significados diferentes.
En la primera, que ella pueda volver a ver es motivo de felicidad y orgullo (el protagonista siente verdadera angustia ante la ceguera de su madre); en la segunda, sus familiares discuten, se culpan y hasta se reparten "responsabilidades" ante su (supuesta) muerte.
En la Biblia, los ancianos son figura de respeto, sabiduría y liderazgo espiritual. En la realidad, sin distinción de credo o religión, las personas mayores muchas veces arrancan lágrimas de verdadero sentimiento, pero otras tantas -y que me disculpe quien se sienta "tocado"- pueden hasta representar "un obstáculo" para el reparto de una herencia.
Por eso, creo, no son pocos los adultos que se hacen en voz alta las mismas preguntas. ¿Para qué llegar a viejo? ¿Para qué llegar a cierta edad cuando el cuerpo y la mente nos pasan factura? ¿A quién le somos útiles?
Muchas veces hasta yo me hago esas preguntas, mientras sigo teniendo en mi memoria el recuerdo de "Carta al señor propietario del universo", del poeta puertorriqueño José Antonio Dávila: es un hermoso poema escrito como emotiva dedicatoria a una madre que parte.
Alguna vez me la hicieron memorizar en mi añorado Colegio Antonia María Verna, cuando aún estaba lejos en mí poder imaginar que llegaría a escribir estas líneas.
















