Nadie puede reprochar la ausencia de atención y exquisito miramiento del otro, sin quedar parado sobre un suelo inestable. Dolido por esa falta de delicadeza, si la echa en cara, quedaría solo en la intemperie de la incomprensión. Y el otro, además, sorprendido. En vano intentaría un consenso o una reconstrucción de lo sucedido. Ya sea que faltó un gesto, que se esperaba su presencia o, quizás, con unas palabras bastaba. Lo cierto es que la secuencia se desencadena fatalmente: estas ausencias generan fisuras que llevan al quiebre, el límite que marca un antes y un después en una relación de amistad, amor o trabajo.

































