"Los muertos están entre nosotros y están activos: influyen, transmiten, unen, movilizan, se transforman y nos transforman"

La dictadura argentina empleó una maquinaria de represión que incluyó desapariciones forzadas, torturas y un legado de deuda externa que persiste hoy.

"Los muertos están entre nosotros y están activos: influyen, transmiten, unen, movilizan, se transforman y nos transforman"
Vinciane Despret
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"No son las palabras, sino su ausencia. No son las imágenes, sino la profusión de fragmentos que no se unifican. No son los silencios, sino la estridencia de lo que aturde. No es el recuerdo, sino la imposibilidad del olvido. No es la oscuridad, sino lo que encandila"
Vir Cano
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Siete años de dictadura. 30.000 detenidos desaparecidos. 814 Centros Clandestinos de Detención (57 en Santa Fe). 500 nietos apropiados, 139 recuperados. Entre 8.000 y 10.000 presos a disposición del PEN.
64 días de guerra: 23.428 soldados (incluyendo 14 mujeres); 649 muertos en combate -323 en el crucero General Belgrano- y 1.200 heridos. 119 soldados identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) de los 122 enterrados como NN en las islas.
40 Espacios de Memoria. 600 cuerpos recuperados aguardan identificación; 3.500 muestras óseas y 11.000 de referencia familiar. Cientos de reaparecidos, gracias al EAAF. 45.000 millones de dólares de deuda externa. La dictadura terminó, sus consecuencias continúan. Lo propio del terrorismo de Estado fue la criminalización y la destrucción de la dignidad del "enemigo político".
Existió una articulación perversa entre el borramiento físico, la negación del asesinato y la proliferación de relatos oficiales engañosos. No dudaron en arrebatar la vida y la muerte, privando a las familias de los rituales de entierro y duelo. Nuestros ríos -el de la Plata y el Paraná- guardan todavía la memoria de los "vuelos de la muerte".
Los Centros Clandestinos funcionaron como una cruel pedagogía para sembrar miedo, parálisis social y romper lazos comunitarios. Gracias al EAAF, que busca e identifica, tenemos reaparecidos, como sucedió en La Perla. Lo propio de este Estado de terror fue su omnipresencia y cotidianidad. La violencia estatal rompió los marcos de legalidad, convirtiendo la ruptura en regla.
Esta subversión del entramado social generó una desolación profunda ante la arbitrariedad de las acciones. La política de desapariciones necesitó borrar toda huella. En la apropiación sistemática de niños y niñas se expresó la voluntad de cancelar incluso los lazos genéticos. El terrorismo de Estado fue una inventiva criminal diseñada para la internalización social del espanto.
Se desplegó un complejo conjunto de dispositivos: centros clandestinos, tumbas sin nombre y fosas comunes; un repertorio destinado a despojar a la víctima de su humanidad. En los centros se disociaba a la persona de su ser: capucha y número en lugar de nombre; la ley de hierro de la incomunicación.
Allí, sostener la identidad y el vínculo constituyó una resistencia fundamental. Sumamos miles en calles y plazas. Cientos de miles de madres, abuelas, hijos, nietos e historias desobedientes. Incontables rondas, siluetazos y pañuelos. Palabras que dicen tanto: "Hasta la Victoria Siempre" y "Nunca Más". Una voluntad inquebrantable de seguir luchando por un futuro con justicia.
Según el informe de marzo de 2026 de la Procuraduría de Crímenes Contra la Humanidad, dependiente del Ministerio Público Fiscal, desde la reapertura de los juicios en 2006 se contabilizan 1.231 genocidas condenados.
De ellos, 504 permanecen privados de su libertad: el 80% bajo arresto domiciliario y el 20% restante en unidades del Servicio Penitenciario Nacional o en Campo de Mayo. 33 imputados se encuentran prófugos, mientras que 1.257 fallecieron antes de dictarse sentencia o durante el cumplimiento de su condena.
En la actualidad, se tramitan 12 procesos orales y públicos en distintas jurisdicciones de la Argentina y existen 282 causas en fase de instrucción que, desde 2025, incorporan estrictos protocolos de perspectiva de género. 292 procesados y más de 517 imputados.
El abordaje de los delitos de violencia sexual como crímenes de lesa humanidad -anteriormente subsumidos bajo la figura genérica de tormentos- constituye uno de los avances más significativos y complejos del proceso de justicia en el país. Desde 2006 se han dictado 61 sentencias por estos cargos, lo que representa un 17% del total de las condenas por delitos de lesa humanidad.
En este marco, 174 personas han sido condenadas por delitos contra la integridad sexual, abusos, violaciones y abortos forzados cometidos durante el terrorismo de Estado. Otro desarrollo jurídico clave es el reconocimiento de la continuidad del genocidio sobre las poblaciones originarias.
Esta línea sostiene que las prácticas de la última dictadura -tales como el despojo territorial, el robo de niños y la eliminación de líderes comunitarios- funcionaron como una extensión sistemática de las campañas militares del siglo XIX.
Bibliografía
* Vinciane Despret (2021). "A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan". Cactus. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
* Marta Dillon (2015). "Aparecida". Sudamericana. Buenos Aires.
* Vir Cano (2021). "Dar (el) duelo. Notas para septiembre". Galerna, Buenos Aires.
El cuerpo como archivo
Baruch Spinoza escribió: "Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo". Estela de Carlotto quizás no leyó a Spinoza, pero sabe perfectamente que un cuerpo puede lo imposible. En 1978 le entregaron los restos de su hija con la prohibición estricta de abrir el féretro.
El cuerpo de Laura atravesó la muerte, se abrió paso, a través de lla mentira, para contar su verdad. Fue en 1985 cuando, gracias al trabajo del antropólogo forense Clyde Snow, Estela supo que lo que debía buscar era un nieto o una nieta. Poco antes, en 1984, un equipo científico encabezado por la genetista Mary-Claire King había logrado identificar a Paula Eva Logares, la primera nieta restituida.
El avance de las pruebas de ADN mitocondrial -que permiten establecer filiaciones por línea materna- y del ADN cromosómico -que hace lo propio por la paterna- permitieron consolidar el "Índice de Abuelidad"; es decir, la determinación del vínculo entre abuelos y presuntos nietos con un 99,99% de certeza. Así, en 1987, se creó el Banco Nacional de Datos Genéticos.

Las Abuelas, con su inquebrantable voluntad, nos enseñaron que la ciencia genética podía desprenderse de su pasado eugenésico y racista para alumbrar verdades liberadoras y democráticas. En Argentina, los huesos tienen potencia de vida, política y afectiva; son biografía y archivo.
Gracias a la tarea del EAAF, los "aparecidos y aparecidas" nos hablan de sujetos, de cuerpos y de historias. Estela sabe todo esto. Lo sabe porque la pelvis de Laura le contó que había nacido Guido; lo sabe porque en 2014, luego de encontrar a 113 nietos, finalmente encontró al suyo.
Talleres donde reparar alas de colibríes: la tarea del EAAF
En Argentina, desafiando todos los mecanismos del poder, los desaparecidos no han sido sujetos pasivos del olvido; por el contrario, han resistido. Gracias a la incansable tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), desde la entraña de sus huesos, se yerguen, indestructibles nuestros desaparecidos/aparecidos; se imponen a la corrosión de la cal, aunque sólo sean fragmentos.
Están allí para seguir gritando lo inaudible, para exigir ser nombrados. Aquí, aparecidos y sobrevivientes cultivan el arte de prolongar la experiencia de la presencia a través del relato, de la articulación de una memoria indestructible.
Nuestros desaparecidos/aparecidos con su omnipresente ausencia, nos movilizan y nos transforman; desde su rebelde insistencia de andar apareciendo, han articulado intergeneracionalmente ciencia, política, militancia y amor, en un único lazo: madres, abuelas, hijos e hijas, nietos y nietas para volver a ligar que le fue desmembrado, lo que intentó separarse, arrancarse.
En nuestra historia de desapariciones, el EAAF nos ha mostrado el valor inconmensurable del fragmento, la paciencia firme y serena y certera de los huesos. Esta obstinada tarea de identificar cada resto óseo, de devolver su nombre y su historia a un NN, de restituir la identidad de un nieto, re-mueve/moviliza nuestra historia, le aporta ritmo, cadencia, sentido, vigencia.

Esta memoria de los huesos nos impide olvidar, y al insistir, nos muestra cuán luminosa puede ser la verdad, cuán imposible fue cegar la potencia de esos cuerpos que el poder genocida, ni en la muerte, pudo domesticar.
Escribe Marta Dillon: "Mirar esos huesos es entender que la identidad no es una abstracción. Está inscripta en el calcio, en la forma de la pelvis, en el desgaste de los dientes. Mi madre seguía siendo mi madre en esa materialidad que sobrevivió al pozo y a la cal".
Cada nueva pregunta que se enciende, cada duda filiatoria que interpela la propia historia, cada archivo que sobrevive al olvido, cada fragmento óseo que haya su continuidad genética, cada hueso que emerge, disipan la incertidumbre sembrada por el poder desaparecedor, destruyen la sombra. Esa es nuestra inmarcesible victoria.