La vivencia temporal contemporánea es sustancialmente distinta a la de épocas no muy lejanas. Tal como surge del poema “De mis tiempos” (año 1965) de María Elena Walsh, la temporalidad estaba en sintonía con la subjetividad de cada uno y su entorno.
La fugacidad actual del tiempo: “El maleficio de la prisa”, de María Elena Walsh (Parte II)
Un recorrido por la trayectoria multifacética de María Elena Walsh: una vida en sintonía con su propio ritmo y llena de sentido. De poeta precoz a pilar fundamental de la cultura argentina, supo transformar la canción popular y el universo infantil en espacios de una profunda impronta intelectual.

El modo en que el hombre se vinculaba con la realidad era fundamental. Si esa relación estaba dotada de sentido, el tiempo fluía con una cadencia personal que proporcionaba, incluso, una identidad.
La propia Walsh tuvo una vida artística que priorizó habitar el tiempo siempre con sentido. Sus cambios constantes de actividad de ninguna manera son asimilables a la actual vorágine de instantes inconexos. Si bien tuvo una vida intensa y multifacética, esta fue sustancial: cada asunto estuvo inscripto en una temporalidad con significado.
Nació el primero de febrero de 1930 en Villa Sarmiento, partido de Morón (provincia de Buenos Aires). Hija menor de Enrique Roberto Walsh y Lucía Elena Monsalvo, tuvo cinco hermanos: cuatro varones del primer matrimonio de su padre y, al igual que ella, una hermana llamada Susana, nacida de las segundas nupcias.
La biografía realizada por Sergio Pujol, “Como la cigarra. Biografía de María Elena Walsh” (año 2011), muestra cabalmente a la artista polifacética. Poeta, novelista, cantante, compositora, guionista de teatro, cine y televisión, intelectual, feminista, narradora y creadora de un universo infantil imaginativo y desbordante.
Mientras estudiaba en el Nacional de Bellas Artes, en 1945, con tan solo quince años, apareció un poema suyo en la revista “El Hogar”, donde siguió colaborando, al igual que en el suplemento literario de “La Nación”. En vísperas de sus 18 años, publicó su primer libro “Otoño imperdonable” (1947).
Revistas como “Ética” y “Sur” le brindaron una buena crítica a la publicación, y la autora fue considerada seguidora de la generación de poetas del 40 con ideales del romanticismo tardío. El libro llegó a las manos de Juan Ramón Jiménez, quien quedó impresionado.
En 1948, cuando el poeta español visitó Buenos Aires, mostró interés por ella y la invitó a pasar unos meses en Maryland, en donde trabajaba como profesor invitado en la universidad. En enero de 1949, Walsh ya estaba alojada en la casa del escritor y su esposa. Tiempo después recordaría esa época con una mezcla de rencor y admiración, dada la difícil convivencia con el matrimonio.
Al poco tiempo, de joven promesa como poeta, pasó sin transición a convertirse en cantante primero y, luego, en cantautora. Así, en 1952, se encontró en Panamá con Leda Valladares, folclorista tucumana, para viajar juntas hacia París, previo paso por La Habana, Cuba.
Una vez en el trasatlántico “Reina del Pacífico”, nació la carrera musical de Walsh. Su amistad con Leda derivó en la conformación de un dúo, con el que se consolidaron como cantantes folclóricas profesionales en Francia. La poesía cedió su lugar, entonces, a la canción con un repertorio de zambas, vidalas, bagualas y chacareras.
Inquieta y rebelde, dio un nuevo salto hacia las composiciones con registro para niños. De regreso en la Argentina, en 1959 realizó la pieza teatral “Los sueños del Rey Bombo”, sobre la base de los personajes de “Tutú Maramba”. Después grabó un disco con sus cuatro primeras creaciones: “La vaca estudiosa”, “Canción del pescador”, “El reino del revés” y “Canción de Titina” (1960).
Luego, dos grandes éxitos: “Canciones para mirar” (1962) y “Doña Disparate y Bambuco” (1963). Esta última, antes del teatro, tuvo su paso por la televisión gracias a María Herminia Avellaneda, quien incorporó al dúo a ese medio. Durante ese período grabaron el disco réplica del espectáculo, con “La calle del gato que pesca”, “Los castillos”, “Twist del mono liso” y “Manuelita la tortuga”.
La última grabación de Leda y María juntas fue en 1962, época en que ya se las asociaba con las canciones para niños y no con el folclore. Sin embargo, este último género dejó una huella profunda en Walsh, al punto que expresó que, cuando empezó a escribir para chicos, su primer impulso fue inspirarse “más en el folclore y en el ingenio popular que en esa literatura educada y para educar”.
En 1962, “Canciones para mirar” fue un éxito en el Teatro Municipal General San Martín. El álbum homónimo y “Canciones para mí” se grabaron en 1963 y se comercializaron el año siguiente.
Luego de los éxitos de “Tutú Marambá” y “El reino del revés”, arribó el poemario “Zoo loco” en 1964. Dos años más tarde, en 1966, Walsh expandió su universo hacia la narrativa con la novela “Dailan Kifki” y el libro “Cuentopos de Gulubú”, en paralelo al lanzamiento del álbum musical “El país de Nomeacuerdo”.
Pujol advirtió que era misteriosa la eficacia con que Walsh supo llegar a los niños, dado que nunca había trabajado con ellos ni tenía un interés especial por las teorías pedagógicas. Al respecto, destacó que ella decía que “alcanza con usar un lenguaje rico y que los versos estén bien medidos para cumplir con la docencia”.
Con su andar creativo y amplio espectro, escribió el poemario para adultos “Hecho a mano” (1965), con el que volvió a la poesía tras “Baladas con Ángel” (1952). Otra de las facetas que transitó fue la de libretista de televisión con los ciclos: “Soledad Monsalvo”, “Yo soy… usted”, “De todo corazón” y “Paloma a domicilio”.
En 1968 lanzó su primer disco para adultos, “Juguemos en el mundo”, que incluía “Los ejecutivos”, la canción más difundida a fines de los sesenta. Después vino “Juguemos en el mundo II” (1969), donde el tema “Barco quieto” fue un clásico popular. El álbum “Como la cigarra” (1973), con el tema homónimo, adquiriría diez años después un nuevo significado con la recuperación democrática.
A principios de los setenta, sorprendió al debutar en el teatro de revista Maipo, lo cual para muchos representaba un problema asociado a la superficialidad y machismo. Pujol explicó que ella tenía interés en conocer todos los ámbitos del espectáculo y, además, que su independencia como mujer residió en colocar su talento en el mercado cultural, puesto que no contaba con un privilegio heredado.
Entre 1972 y 1974 cantó en los teatros Regina y el Municipal General San Martín, además de lanzar el disco y la película “El sol no tiene bolsillo” (1971) y grabar “Como la cigarra” (1973). En 1974 publicó cuatro libros con cuentos para niños (“El diablo inglés”, “La sirena y el capitán”, “Angelito” y “El país de la geometría”), a los que sumó, en 1977, “Chaucha y Palito”.
Ya a finales de los setenta, escribió notas desde el exterior para el diario Clarín, dedicadas a escritores e impresiones de viaje. También hubo artículos de reflexión, destacándose “Desventuras en el país-jardín-de-infantes” (1979) sobre la censura. Enseguida, prohibieron la difusión de sus canciones y libros por televisión y radio.
Fuera de los escenarios, aparecieron las interpretaciones de sus canciones por otros cantantes, cuando hasta el año 1982 eran famosas en la voz de ella. En el año 1984, Walsh fue nombrada miembro del Consejo para la Consolidación de la Democracia. Ya en el año 1990, publicó “Novios de antaño”, una novela adulta y autobiográfica.
Al año siguiente, escribió otra nota en Clarín que tuvo mucha resonancia contra un proyecto de pena de muerte. En 1997, apareció un artículo suyo en el diario “La Nación” sobre la “Carpa Blanca” con la que los docentes protestaban frente al Congreso nacional, lo que generó cierto malestar en muchos de sus admiradores. En el 2002 salió “Hotel Pioho’s Palace” y dio cierre a su ciclo literario con “Fantasmas en el parque” (2008).
Recibió muchísimos premios y distinciones en vida, acorde a una artista que ya integraba el canon de la cultura popular argentina. María Elena Walsh falleció el 10 de enero de 2011 en la ciudad de Buenos Aires, dejando un legado inmaterial, poblado de personajes, imágenes e historias, que enriqueció la vida de sus oyentes y lectores.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.












