Siempre hay algo, en cualquier época, que los adultos pueden contar a los jóvenes sobre aquello que ahora es diferente y que las nuevas generaciones ni siquiera pueden imaginar, dada la limitación de su propia experiencia. La vivencia del tiempo cotidiano es una de esas realidades.
La fugacidad actual del tiempo: “El maleficio de la prisa”, de María Elena Walsh (Parte I)
En un presente marcado por la vorágine tecnológica y la inmediatez, a través de la poética de María Elena Walsh, se recorre la memoria de aquellos tiempos donde el ritmo humano se acompasaba con la pausa, el mate y la charla vecinal. Una temporalidad que era una morada amigable, en tanto estaba llena de sentido y esperanza.

Nadie como María Elena Walsh para ilustrar a los más jóvenes sobre ese tiempo perdido. Lo hizo a través de la poesía, una de sus pasiones tempranas, en su poema “De mis tiempos” del libro “Hecho a mano”, publicado en el año 1965.
La juglaresa, como a ella le gustaba definirse, escribió: “En mis tiempos había tiempo./ Recuerdo bien que por ejemplo/ la higuera derramaba esparcimiento/ y una rosa nos duraba/ mucho más que cualquier empleo./ Por otra parte las siestas/se pedían prestadas a la muerte”.
Se trata del tiempo personal que trascendía hacia el entorno en un ida y vuelta, al punto que una flor o un árbol ofrecían su ritmo a quien se les acercaba. Era un tiempo con profundidad que abría un espacio, como lo hacía una higuera al derramar esparcimiento. A su vez, siempre había lugar para una pausa, esa interrupción o digresión existencial que importaba la siesta.
El tiempo no era un bien escaso, a punto tal que se lo solía regalar o, sin más, perderlo para mostrar generosidad o preocupación atenta con el prójimo e, incluso, con uno mismo. Se tenía la certeza de que era el tiempo mejor invertido, en tanto eran momentos compartidos por amistad, amor o vínculo de vecindad.
Tal como Walsh lo reflejó al expresar: “Quizás el tiempo era como las frutas,/ se regalaba a los vecinos/ después de verlo madurar./ Se compartía en las veredas,/ entre abanicos y señores/ de sosegada camiseta,/ mientras parsimoniosamente/ iban escobas y venían/ amontonándolo como importante./ Y la eternidad, sentadita/ en su silla de paja, porque sí”.
Había la certeza de que el tiempo alcanzaba, entonces, podía ser dado con generosidad. Pero además de la abundancia, su maduración era un rasgo esencial. Era un tiempo con plenitud capaz de alcanzar un sentido con lo que se hacía. Su madurez se reflejaba al enlazar, en el asunto que sea, el antes con el ahora y el después. No quedaba relegado a un efímero presente.
Tomar mate, solo o compartido, era toda una ceremonia que ralentizaba el tiempo, como lo vivenciaba Oliveira, el personaje de “Rayuela” de Julio Cortázar, al cebarse unos mates en el París de la década del sesenta.
Cuidaba la yerba que le había fletado su hermano rosarino porque allí costaba quinientos francos el kilo en las farmacias. Oliveira exteriorizaba siempre: “Si se me acaba la yerba estoy frito”, pues para él su "único diálogo verdadero es con este jarrito verde".
Hasta veía un comportamiento extraordinario en el mate, en cómo respiraba la yerba con cada chorrito de agua que la levanta y la succión que la baja, en la pérdida y recuperación de su brillo y perfume de ese vaivén. Creía que era el “pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes”.
El mate era afín con la prodigalidad temporal pretérita. Nadie dudaba en usar el tiempo para lo que quería, pues como expresó la poeta: “Es que era siempre tan temprano/ y tan segura la abundancia,/ la inundación de treguas oportunas,/ que se guardaba el tiempo en los sombreros/ y un día se lo derrochaba todo/ en un solo saludo, saludando”.
La lectura era un hiato frecuente para aislarse de la realidad y detener el transcurso del resto de los quehaceres. Todo quedaba pausado al abrir el libro prestado de la biblioteca de un club barrial. Cada hoja recorrida otorgaba otra cadencia al tiempo.
Leer así ensanchaba la vida al transitar por otras circunstancias o dramas diversos, por lugares inhóspitos o lejanos a las posibilidades propias, y al asomarse a experiencias improbables para el lector. “Uno viajaba en libro a todas partes/ y visitaba diferentes ocios:/ el de al lado, el de enfrente, el de las tías”, escribió Walsh.
El trato era indefectiblemente cara a cara, donde la mirada y la presencia del cuerpo ocupaban un lugar central. Todo en congruencia con la naturaleza corpórea del hombre. Y, en la intimidad, sucedía un lento cuidado personal y encuentro con uno mismo, en la soledad del cuarto con el espejo.
Walsh supo que la identidad siempre necesitó de esa temporalidad para su conformación y estabilidad: “No se había inventado/ el maleficio de la prisa, no./ De ninguna manera. Los espejos/ esperaban de sobra/ que uno peinara su pausado pelo,/ que uno se terminara de encontrar”.
Con la intención de definirlo, entendió que: “El tiempo era un perfume y no venía/ nadie a medirlo ni guardarlo en cajas./ Los trenes todo lo que hacían/ era aludirlo en los horarios.//”.
“Se podía llorar a gusto/ porque eran lentos los rincones,/ o quizás porque había aún macetas/ donde depositar una lágrima/ sin que las flores se opusieran./ O porque la llovizna hablaba/ en un idioma sin resentimiento”.
La vivencia de ese tiempo, tal cual lo describió Walsh, podría encontrar como justa definición su asimilación a un perfume ligero y penetrante. Un tiempo que se presentaba sin que lo notaran en el momento, sino solo una vez sucedido. De un modo similar en que María Zambrano entendía que era la “delicadeza”, como un buen perfume que queda impregnado por largo rato luego de haberse retirado.
Así eran aquellos tiempos que supieron traducirse en un recuerdo. Dejaban huellas indelebles, que incluían el estar ensimismados o, sin más, solo aburridos. Algo que no fue olvidado por la poeta: “Todos usaban tiempo y lo perdíamos,/ cómplices de su lujosa concurrencia,/ y hasta el hastío/ era un modo de ser de los balcones/ que enternecía delicadamente”.
Culminó María Elena Walsh expresando: “Creo que todavía queda un poco/ de tiempo verdadero, pero lejos./ Pero muy lejos, en algunos patios,/ refugiado en aljibes./ Se queda todavía en niños solos/ que reinan sobre umbrales/ y en la lustrada majestad del gato./ Supongo, ya no sé, nada sabemos.//”
“Tiempo sin ser castigo./ Yo llegué a conocerlo: está enterrado/ en lo más vivo de mi corazón.// Después vinieron los Relojes”.
Si el poema de Walsh mostraba preocupación por la prisa en su época, actualmente, dadas las nuevas tecnologías que han cambiado la manera de vivir y de transitar el tiempo, debemos estarlo aún más. Esa vorágine de pasar de un instante a otro, por asuntos diversos, sin culminar ninguno ni darle un sentido está dejando al hombre desorientado.
Hay que retornar a la morada de la temporalidad con significado. Al tiempo que pedía Osías, el osito en mameluco de Walsh, en un bazar de la calle Chacabuco: “Quiero tiempo, pero tiempo no apurado,/ tiempo de jugar que es el mejor./ Por favor, me lo da suelto y no enjaulado/ adentro de un despertador”.
Un tiempo en el que no es posible caerse, debido a que posee un sentido que da el sostén necesario para garantizar un porvenir, lo cual importa siempre tener una esperanza.
El nombre del ciclo corresponde a un verso del poeta Roberto Juarroz: “Un poema salva un día”.












