A pocos se los considera con una gracia excepcional para jugar al fútbol. En ese olimpo moran José Manuel Moreno, Alfredo Di Stéfano, Pelé, Bobby Charlton, Eusébio, Johan Cruyff, Maradona, Cristiano Ronaldo y algunos más. A esta estirpe pertenece Messi. Sin abrir juicio sobre el resto, en su caso, ese don está acompañado por cualidades que vale la pena intentar dimensionar.
Lionel Messi, más allá de la idolatría
Detrás del futbolista extraordinario y de la adhesión incondicional del público, asoma un comportamiento guiado por la humildad, la honestidad y el resguardo familiar. Un análisis de las cualidades técnicas y las virtudes humanas que elevan a Lionel Messi por encima del estatus de ídolo, ubicándolo en la categoría de ejemplo concreto y moral.

La habilidad con la pelota que posee genera un reconocimiento unánime, un talento propicio para idolatrar. Otros alcanzaron ese estatus y los habrá siempre, dado el carácter pasional de este deporte. Pero puesta la luz sobre Messi, se observa que merece un reconocimiento sustancialmente distinto a la idolatría: la ejemplaridad.
De no ser así, estaríamos soslayando —injustamente— las virtudes y los valores que ha mostrado durante dos décadas. Entonces, cabe hacer un recorrido por sus cualidades dentro y fuera de la cancha, las cuales lo instalan en otro nivel de la consideración pública.
Anatomía de su talento
La calidad técnica de su juego provoca asombro. Hace centrar la atención en él, despertando admiración por su belleza y eficiencia. Por parte de los propios compañeros, directores técnicos, rivales y periodistas se ha efectuado un análisis de sus cualidades, ofreciendo una acabada idea de ellas.
Conduce el balón pegado al pie en plena carrera, a puro toque con el empeine externo, a una velocidad mayor o semejante a la que alcanza sin él. En cada paso lo toca para cambiar de dirección en algún momento, con una aceleración que no da margen de reacción a sus rivales. La frecuencia corta con que acaricia la pelota dificulta la posible anticipación del contrario.
Driblea a través del engaño corporal. Es un regate mediante el amague con el hombro y cambio de ritmo. No reside tanto en sus pies como en el eje de su cuerpo. Messi amaga con la cabeza y los hombros hacia un lado, logrando que el contrario vaya hacia allí, para salir por el opuesto con un ángulo de inclinación agudo.
Tiene sensibilidad en la recepción y control orientado del balón, el cual le queda dispuesto para un remate, pase o gambeta. La pegada es precisa y puede salir con rosca o raso junto al palo. Si la pincha, es de modo sutil. La técnica de remate en plena jugada no tiene un recorrido largo, entonces, puede hacerlo rodeado de piernas. En los tiros libres evolucionó hasta ser un especialista.
Antes de recibir el balón, Messi mapea el campo para saber dónde están sus compañeros, los contrarios y el espacio libre. No cesa de mover la cabeza. Así podrá dar el mejor destino a sus pases quirúrgicos en profundidad, ya sean elevados sobre la defensa o filtrados.
Es el arte de caminar la cancha para activar su agudeza y velocidad mental con resolución en fracción de segundos, que se traduce en una comprensión táctica del espacio y el tiempo.
Tanto la estatura como la potencia conforman un equilibrio justo para que su tren inferior le dé estabilidad, la cual no se resiente en el choque cuerpo a cuerpo. De la misma forma que acelera, posee la capacidad para detenerse en seco, descolocando al rival.
Como puede observarse, la técnica de Messi se destaca por la armonía y economía de movimientos. No hay energía desperdiciada, cada gesto está despojado de lo superfluo u ornamental, es eficiente.
A esto se suma la atemporalidad de su técnica, cuyo juego no parece envejecer. Esta vigencia posiblemente obedezca a que su despliegue no depende tanto de la potencia muscular, sino de la gestión del espacio y la velocidad de ejecución.
Todo sucede en un contexto de élite que reduce el margen de error. Sin embargo, mantiene una regularidad creativa excepcional, lo que demuestra una voluntad inquebrantable y una disciplina capaz de transformar la genialidad en algo habitual. Quizás la clave resida en lo que él repite constantemente: que se divierte y disfruta jugando al fútbol.
Lo intangible dentro de la cancha: sus virtudes y valores
La conducta de Messi cada vez que pisa el césped puede describirse como un sistema coherente de códigos simples y claros. Lo primero que se deja ver es la honestidad competitiva. En un entorno donde el engaño puede ser instrumentalizado para sacar ventajas (simular golpes, provocar al rival), su comportamiento se destaca por prescindir de esos recursos.
Al contrario, tiene una obsesión por continuar la jugada ante las faltas. Su primera reacción no es la queja ni el ademán de evidenciar el agarrón recibido para forzar una tarjeta, sino el esfuerzo por terminar la acción.
En sintonía con ello, muestra respeto por la integridad del adversario. No utiliza el golpe sin balón ni la provocación verbal (en pocas ocasiones ha registrado expulsiones). La generosidad es otro rasgo en su toma de decisiones, en tanto el norte está puesto en lo mejor para el equipo.
Tiene tendencia a la introversión y disfruta de la soledad. Esto no impidió que ejerciera un liderazgo, aunque distinto al habitual: uno para nada histriónico, sino basado en el ejemplo y la cercanía. Con el paso del tiempo, mutó hacia un rol protector de los jóvenes.
Camino a la ejemplaridad: la persona fuera de la cancha
Estas habilidades y sus virtudes fueron convalidadas con prestigiosos premios y consagraciones, que lo colocaron en la categoría de ídolo. Más allá de las implicancias prácticas y del sentido que la idolatría supone, asunto complejo para él y toda sociedad embarcada en este tipo de adhesión incondicional, se puede ver en Messi un comportamiento que lo eleva al plano de la ejemplaridad.
En su vida rechazó la ostentación y la soberbia, al tiempo que evitó la vanidad en la que se puede caer por la presión constante de la experiencia idolátrica. Es una muestra de templanza y madurez que está en consonancia con el lugar que le da a la familia en su vida.
El núcleo familiar constituye su eje de estabilidad. A partir de una relación formada con Antonela Roccuzzo, construyeron una rutina doméstica junto a sus hijos Thiago, Mateo y Ciro.

También integran este anclaje esencial sus padres Celia y Jorge, y sus hermanos Rodrigo, Matías y María Sol, con quienes comparte, además, una estructura de negocios y representación. Aquí radican su seguridad y equilibrio emocional, junto al recuerdo y el amor por su abuela materna Celia, quien lo llevaba de niño a jugar al club Abanderado Grandoli de su Rosario natal.
Como derivación de su apego familiar, la interacción con el público se basa en postales de una normalidad doméstica: tomando mate con su esposa o jugando con sus hijos. La gente ve en el jugador extraordinario a un padre de familia tradicional.
A su vez, Messi posee un fuerte sentido de pertenencia y arraigo con la idiosincrasia argentina. Este vínculo se mantuvo intacto a pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en Europa y ahora en Estados Unidos, una especie de resistencia cultural al preservar aspectos de su identidad de origen (modismos, asado, milanesas y otras costumbres).
Para resguardarse, maneja su vida pública con cuidado y reserva. Sus declaraciones son directas en torno al fútbol y carentes de estridencias. Utiliza la palabra sin demagogia, priorizando una vinculación honesta y auténtica. Si está de mal humor, se le nota, y cuando se encuentra contento, sonríe con timidez.
Hay un rasgo distintivo de su personalidad: la humildad. Brinda un trato llano tanto a un jefe de Estado como a un empleado del club. No hace ostentación de la riqueza ni tiene un discurso de superioridad, y tampoco ejerce su influencia para intervenir en debates ajenos al fútbol.
Con naturalidad, mantiene una posición despolitizada y asume un compromiso social, el cual canaliza a través de su Fundación, enfocada en la salud y la educación de niños en situación de vulnerabilidad. Efectúa donaciones y colabora como embajador de Unicef.
Toda esta filosofía de vida que asumió Messi, con diáfana autenticidad, es una fuerza moral que se manifiesta a través de sus actos diarios. Es la manera en que trasciende la idolatría para ubicarse, sin pretenderlo, en el plano de la “ejemplaridad”.
Los valores se intuyen, explicó el filósofo Javier Gomá Lanzón, a través del “ejemplo personal”. La ejemplaridad permite captar la esencia de la verdad moral, pues esta se revela a través del “ejemplo concreto”. Entonces, si queremos saber lo que es la humildad o la honestidad, las conoceremos mediante los casos singulares de personas humildes y honestas, como Lionel Messi.
En ese sentido, para el filósofo español, “el acceso a la moralidad y nuestra entera educación sentimental pende de esa ejemplaridad circundante”. En Messi tenemos no solo al mejor jugador de fútbol de la historia sino, también, a una persona con valores.
El mismo Lionel Messi nos enseñó en dónde radica lo importante. Al responder sobre cómo le gustaría que lo recuerden, sin dudarlo, expresó: “como una buena persona sobre todo”.












