Ya no hay ámbito alguno en que no exista un desfasaje notorio, fuera de todo quicio, entre la realidad de lo que se está haciendo y la palabra utilizada para designarla. Encontramos hechos o acciones que no tienen los atributos necesarios para merecer un determinado nombre. Lo sucedido es una mera apariencia de lo enunciado.
El imperio de la desfachatez: apariencia y falsedad en la vida pública
En una época signada por la hipocresía pública y el vaciamiento de la palabra, la proliferación de lo inauténtico degrada la convivencia social. Un análisis sobre cómo este comportamiento oculta un peligroso descenso en la escala de valores y la urgencia de restituir la verdad.

Cualquiera utiliza denominaciones que pretéritamente solo se empleaban para lo que correspondía a su cabal definición. Es la pérdida de la correspondencia o conformidad entre el concepto y las cosas o asuntos de la vida. Se trata del abandono, en definitiva, de la verdad.
Hay que asumir que la sociedad y el individuo están siendo embestidos por corrientes de pensamiento que deconstruyen todo lo que tocan, algunas veces con razón, pero siempre, sin excepción, dejando el terreno arrasado sin intención de levantar en su lugar algo que tenga sentido. Este campo yermo da lugar a la impostura, a la simulación en asuntos que han tenido valor y reconocimiento.
Con frecuencia escuchamos de los políticos expresiones contundentes de impronta democrática y republicana, que quedan enseguida desvirtuadas al responder la siguiente pregunta del entrevistador. La gratuidad con que se manifiestan sorprende.
A su vez, se puede ver a funcionarios en actos públicos con carteles que expresan la “inauguración” de un hospital u otro establecimiento, cuando el lugar no está todavía en condiciones de funcionar; o anunciando medidas referidas a la libertad para tal y cual asunto y, enseguida, la normativa dictada las contradice mostrando restricciones por doquier.
Desde las instituciones educativas se realizan “congresos”, “jornadas” y “clases magistrales” sobre diversos temas en un contexto solemne y cuidado para evidenciar su trascendencia. Pero quienes participan se ven sorprendidos al escuchar conocimientos trillados, con disertantes que exponen un trabajo realizado, en muchos casos, por la colaboración invisible de jóvenes egresados.
En los poderes estatales no se escatima en destinar recursos para “capacitaciones”, “protocolos”, “guías” y “encuentros”, donde se abordan temas sustanciales y propios de sus funciones con conceptos que aluden a un nivel de excelencia. Sin embargo, en realidad, lo consignado no sucede en las prácticas concretas de la dependencia estatal.
Si observamos el periodismo, en cualquier noticiero televisivo la expresión “urgente” es utilizada para dar una noticia que no amerita la interrupción inmediata, pues no tiene ninguna característica para que urja comunicarla. De igual manera, son frecuentes los títulos en los portales digitales de noticias que expresan algo sobre determinado asunto, sin que se desarrolle en la nota.
Incluso en el deporte está deteriorado el vínculo de la palabra con la realidad. En el fútbol las denominaciones de los torneos (“copa”, “supercopa” y “recopa”) demuestran el desgaste por el uso y abuso de la distinción de campeón en una repartija de trofeos incomprensibles. Todo es una ilusión óptica que se diluye con el pobre desempeño en el campo de juego de los equipos consagrados.
El filósofo José Ortega y Gasset dedicó varias reflexiones a la autenticidad y su contracara, la falsedad, no solo con relación a la vida del hombre como vocación y proyecto, sino también en otros aspectos -en orden a los mencionados aquí- tal como lo hizo con relación al “libro”. Esto deja en claro que, en cualquier ámbito, se puede caer en la inautenticidad.
Para Ortega hay libros que son auténticos y otros que no lo son. El libro auténtico es “el decir ejemplar” y, por ello, “lleva en sí esencialmente el requerimiento de ser escrito, fijado”. Es aquel que está “diciendo siempre lo que hay que decir” (en “¿Qué es un libro?”, “Misión del bibliotecario”, año 1935).
En contraposición, expresó, están los falsos como un “abuso sustancial de la forma de vida humana que es el libro”. Es una extralimitación porque se lo escribe “sin tener previamente algo que decir de entre lo que hay que decir y que no haya sido escrito antes”. Para Ortega, al perder el libro su “afán individual” y convertirse en “interés social” por negocio o prestigio, deviene inauténtico.
Libros falsos, congresos falsos, clases falsas, titulares falsos, capacitaciones falsas. Una sociedad llena de imposturas a instancias de comportamientos instalados tanto en la ignorancia como en la hipocresía. La convivencia social queda jaqueada por las apariencias y falsedades, a un paso de que normalicemos y nos acostumbremos a esta actitud alejada de la verdad y los valores.
El artista belga René Magritte pintó “El hijo del hombre” (año 1964), una obra punzante que interpela en torno a la apariencia y la realidad. Es más lo que oculta esa pintura que lo que se puede decir de ella, tanto es así que el propio artista expresó: “está el rostro aparente, la manzana que oculta el rostro oculto, el rostro del personaje. (…) Todo lo que vemos oculta otra cosa”.
A diferencia de ese cuadro, aquí quizás podemos entender lo que sucede detrás de lo aparente y lo falso, tan frecuente en estos tiempos. En el ensayo “Meditaciones del Quijote” (1914), Ortega escribió que cuando se está en el orden de la cantidad, lo mínimo es la unidad de medida; en cambio, como sucede en estos asuntos, en el orden axiológico “son los valores máximos la unidad de medida”.
Los valores excelsos, entonces, son la vara para ponderar la realidad. Todo queda justamente estimado, enseñó el filósofo, cuando se lo compara con lo más estimable. Pero actualmente, al suprimirse en la perspectiva de los valores aquellos verdaderamente más altos, Ortega advierte que los siguientes se alzan con esa dignidad.
Así ha sucedido con los valores superiores de nuestra sociedad, al sufrir una deconstrucción indiscriminada y sin matices, y al verse, a la vez, falsamente sostenidos a través de la simulación y la hipocresía. Es ahí donde se muestran sus envoltorios, sin pudor, porque por dentro carecen de la sustancia necesaria.
Esta declinación hacia valores menores, además, está en línea -explicó Ortega- con el comportamiento del corazón del hombre, el cual “no tolera el vacío de lo excelente y supremo”. En este sentido, recordó el conocido refrán que reza: “en tierra de ciegos, el tuerto es rey”, el cual ilustra ese descenso valorativo.
De esa manera, concluyó Ortega, “los rangos van siendo ocupados de manera automática por cosas y personas cada vez menos compatibles con ellos”. La decadencia, entonces, es una consecuencia inexorable.
Son tiempos difíciles, sin lugar a dudas, en tanto se inscriben en una clara pérdida de “la sensibilidad para todo lo verdaderamente fuerte, excelso, plenario y profundo”. El hombre actual ya no solo está siendo incapaz de estimar los valores más preciados que puedan existir, sino que, además, es presa fácil de quienes desde la impostura engañan con actitudes y cosas inauténticas.
Esa incapacidad para lo valioso, según el filósofo español, hace ver que lo grande no se siente como grande, lo puro no sobrecoge los corazones, la calidad de perfección y excelsitud se torna invisible para los hombres. Aclaró Ortega que quienes están inmersos en esta situación, “de buena fe”, terminan aplaudiendo la mediocridad “porque no tuvieron la experiencia de lo profundo”.
El propio Ortega, igualmente, guardaba la esperanza de un cambio de dirección cuando las sociedades pasaban por estas circunstancias. La radicó en que existe una gran solidaridad entre los elementos de la cultura, al punto que si se busca la verdad en uno de ellos, se generará un contagio que permitirá luego descubrir la verdad en los sucesivos campos de la vida del hombre (en “Meier-Graefe”, año 1908).
Es un desafío inevitable si se quiere frenar esta degradación. Requiere confrontar culturalmente con las posturas que corroen los valores esenciales para la vida. Una vez restituida su vigencia, habrá que tener el celo y la vigilia necesarios para mantener a raya a todo aquel que pretenda usufructuarlos desde la simulación.
Hay que tomar conciencia de que el modo en que se utilizan las palabras, el descenso en la escala de los valores y la incapacidad de apreciar los superiores evidencian una clara falta de compromiso con la verdad. Esta situación ha traído consigo un aprovechamiento reprochable, al emplear expresiones de prestigio para disfrazar la falta de cualidades de una realidad dada.
La conducta impostada se ha vuelto una herramienta eficaz para ocultar que los valores han sido deconstruidos o abandonados. La desfachatez de quienes lo hacen desde posiciones de poder o relevancia pública despierta una indignación que impulsa a manifestar públicamente nuestro rechazo, un primer paso para revertir la decadencia en la que estamos inmersos.















