I
Por la vuelta
Un encuentro fortuito en un bar de Montevideo reabre viejas anécdotas de juventud y saca a la luz secretos callados sobre un amor compartido del pasado.

No esperaba encontrarlo en Montevideo. A decir verdad, el que no esperaba estar en Montevideo era yo. Por lo menos, no era lo que tenía previsto cuando después de las fiestas decidimos con mi mujer y un matrimonio amigo tomarnos unos días de vacaciones. Siempre digo que las cosas ocurren sin pedirnos permiso. Dos semanas atrás estábamos tomando sol en las playas de La Paloma.
No sé por qué -tampoco interesa saberlo- nuestra pareja de amigos decidió abandonarnos. No nos peleamos ni pasó nada desagradable. Tenían ganas de viajar y resolvieron ir a pasar unos días a Porto Alegre. Con mi mujer nos quedamos solos y antes de la semana descubrimos no solo que nos aburríamos sino que, además, nos peleábamos.
Porque nos aburríamos o porque nos peleábamos, lo cierto es que en algún momento mi mujer armó la valija, se fue a la terminal y se subió al primer ómnibus que salía en dirección a Santa Fe. Mentiría si dijera que me puse triste. A decir verdad, si no se iba ella me iba a ir yo. Lo que hizo fue ganarme de mano. Siempre lo hizo. Y esta vez no tenía por qué ser la excepción.
Después de la sorpresa pensé que continuar mis vacaciones en soledad no era una mala idea. También se me ocurrió que mucho más importante que quedarme a tomar sol debajo de una palmera, sería ir a Montevideo a pasar unos días. Soy una rata urbana.
Estoy cómodo en las grandes ciudades y mucho más cómodo en el centro, en medio de los colectivos, los bocinazos y la gente. No soy muy exigente con mis gustos. Yo me siento bien en un hotel, en un bar, en una pensión. Y si además estoy solo, me siento mucho mejor.
II
En Montevideo me alojé en un hotel ubicado a media cuadra de la avenida 18 de Julio. Los primeros días me dediqué a dormir hasta cerca del mediodía y a leer los diarios en un bar. A la tarde salía a caminar por las calles del centro. A la nochecita cenaba en el comedor del hotel y después de tomar un café en el bar me iba a la cama donde dormía de un tirón, feliz y en paz con el mundo.
Como podrán apreciar, mis costumbres son sedentarias. No siempre fue así, pero a esta altura de mi vida he aprendido o me he resignado a valorar las rutinas, las pequeñas rutinas de la vida. Estar solo en una ciudad desconocida, en una ciudad donde no esperaba a nadie y nadie me esperaba a mí, siempre me resultó interesante.
Yo soy de los que creen, de los que han aprendido a creer, que el hombre solo vive bien. Y a veces muy bien. Después la vida nos obliga a hacer otras cosas. A veces nos va bien, a veces nos va mal. De lo que nunca estamos exentos es de cometer errores. El mío fue el casamiento con mi actual mujer, la mujer que en un súbito acto de inteligencia acababa de abandonarme.
Pero dejemos los pensamientos tristes para las noches tristes y regresemos a Montevideo. Esa nochecita estaba en mi bar favorito tomando una cerveza, cuando escuché que alguien pronunciaba mi nombre. A decir verdad, si no me hubiera llamado no lo habría reconocido. Siempre es incómodo responder el saludo de alguien a quien no reconocemos.
En este caso, sin embargo, a la tercera palabra supe que se trataba de un amigo que hacía por lo menos veinticinco años que no veía. Todos envejecemos. Parece que es inevitable. Algunos afrontan los años con dignidad; a otros les representa una humillación cotidiana. Las señales de la vejez son inequívocas. Y a medida que pasan los años lo son más.
Siempre lo son. Pero hay otras marcas que los años dejan en el rostro. A esas marcas sería injusto atribuirlas al paso del tiempo. Es algo que está en el cansancio de los ojos, el tono de la voz, la línea de los labios. Esas eran las marcas que estaban en el rostro del amigo que me saludaba.
III
Para ser sincero, debo decir que esta persona sonriente y cordial nunca fue lo que se dice un íntimo amigo. En nuestros años de estudiantes frecuentábamos amistades y lugares comunes y punto. Entonces eso alcanzaba y sobraba para titularnos amigos. Exageraría si dijera que el encuentro me conmovió, pero los años me han enseñado a darle la importancia que se merecen a estos juegos del azar.
Mi flamante compañero empezó a hablar y a contar anécdotas. Conozco esos rituales y los acepto con resignación. Estos amigos que aparecen de la nada tienen necesidad de hablar de los viejos tiempos y yo me he acostumbrado a poner la oreja para que se den el gusto.
Como suele ocurrir en estos encuentros fortuitos, los dos supimos desde un primer momento que lo más probable es que nunca más volveríamos a vernos. Es así de sencillo.
IV
El reencuentro imprevisto con amigos de la juventud suele provocar algunas consecuencias no queridas. Cuando esto ocurre, las barreras caen y los señores serios y maduros vuelven a ser por un rato los muchachos despreocupados de otros tiempos. Algo parecido me ocurrió en este caso. No recuerdo bien en qué momento de la charla, me preguntó por Mariela.
La pregunta la estaba esperando desde hacía rato, desde el momento en que le dije que compartiera la mesa conmigo. Acordarse de la vieja novia de estudiantes y ponerse sentimentales es un clásico. Después de pronunciar el nombre de Mariela, el amigo me confió que se fue de Santa Fe porque ella lo había dejado. Yo a esa noticia la conocía, la conocía muy bien, pero preferí no decirle nada.
Pensé que el hombre se permitía estas confidencias no porque yo fuera su íntimo amigo, sino porque de alguna manera yo era la única persona en el mundo que lo podía escuchar y, de algún modo, entenderlo. Con piedad pensaba que su nostalgia merecía esta atención de mi parte. A mí los años me han enseñado a no confiar demasiado en esas confesiones a corazón abierto.
No pretendo posar de escéptico, pero soy de los que creen que ningún amor sobrevive a los años. Lo que sobreviven en todo caso son los recuerdos. Eso creo. Mi amigo probablemente ya no estaba enamorado de Mariela, pero mientras hablaba, mientras me preguntaba por ella, volvió a estar enamorado. Por lo menos él así lo creía.
Lo miré a los ojos y le contesté que de vez en cuando, muy de vez en cuando, tenía noticias de ella. Me preguntó si estaba linda. Le dije que sí, que seguía siendo una mujer interesante, una mujer por la que cualquier hombre estaría dispuesto a regresar o a irse de Santa Fe.
Esta última frase se la dije medio en broma, medio en tono mala leche, pero él la festejó como si hubiera sido el chiste más gracioso de toda la noche. La conversación ya no daba para más. Él debe de haber percibido lo mismo. Al despedirnos, amagó con pagar la cuenta pero no lo dejé.
V
Él se fue y yo me quedé parado en la puerta del bar. Caminaba ligero, como si efectivamente se le hubiera hecho tarde o como si caminando ligero pudiera olvidar todo lo que había recordado. "Seguramente está casado, pensé, seguramente vive con una mujer que no soporta y justo aparezco yo para recordarle sus viejos amores, para decirle que ella sigue siendo hermosa y que a veces me pregunta por él".
A decir verdad, no sé si Mariela se acordará de él. Es probable que no, pero con las mujeres nunca se sabe. Lo seguro es que él esta noche la recordó y la recordó como una de sus experiencias más puras, como la mujer más importante de su vida. Sonreí. Después empecé a caminar por una calle cualquiera.
Me gusta Montevideo, me gusta su gente, sus calles, la sombra de los árboles, la brisa que llega del río. Mientras caminaba a cualquier parte pensaba en la casualidad, en el destino, en lo que sabemos y no sabemos y en lo poco que interesa saber en determinadas circunstancias.
Pensé que a veces la verdad es innecesaria. Pensé que si para este amigo el recuerdo de Mariela seguía siendo el recuerdo de un amor perdido en la lejana juventud, no tenía demasiado sentido decirle que se trata de la mujer que está casada conmigo desde hace más de diez años y que, casualmente en estos días, acababa de abandonarme.
















