¿Cómo están mis queridos amigos? En el Evangelio de hoy Jesús nos invita a reflexionar sobre el desempleo y el mundo del trabajo, asumiendo nuestro compromiso de construir el Reino de Dios. La escena de hoy está tomada del contexto de Palestina, como la mayoría de sus comparaciones.
El amo bondadoso
En esta ocasión, el autor nos ofrece una reflexión sobre la parábola de los viñadores y -en dicho contexto- su visión sobre el fuerte legado del empresario cristiano Enrique Shaw, quien promovió la dignidad laboral y la justicia social en el ámbito empresarial.

En la época de Jesús, de fuerte crisis social, el desempleo era muy abundante. Los obreros solían reunirse en una plaza a la salida del sol, donde acudían diariamente los amos para buscar los obreros que necesitaban para la jornada completa. De esta forma el contrato se realizaba con suma facilidad.
Solo con los primeros trabajadores se concertaba el jornal, "el monto por jornada". A los contratados a media mañana se les indicaba que se les "pagaría lo debido"; lo mismo se haría con los demás de la tercera y última hora. San Mateo, con mucha meticulosidad lo narra con lujo de detalles diciéndonos:
"El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido (...)
(...) Ellos fueron. Salió de nuevo hacia el mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros parados y les dijo: Vayan también ustedes a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros".
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros".
Él le replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti".
Hoy, la enseñanza de la parábola puede parecer desconcertante para muchos de nosotros, pero Dios no se rige por cánones estrictos de remuneración y de justicia humana, sino que actúa en clave de amor y de generosidad. Con unos es justo, con otros es bueno, con los últimos es muy generoso. Sus criterios de actuar no coinciden con nuestros criterios humanos.
Para el amo de la viña, vale más el hombre que trabaja, que el trabajo que él realiza. Choca fuertemente con nuestra sociedad fría y calculadora, en la que tendemos a valorar al hombre por lo que rinde o produce y no por lo que es.
La gran pregunta que plantea el Evangelio hoy es: ¿Qué es peor: la queja de los jornaleros del amanecer por haber soportado el trabajo de todo el día, o la de los viñadores de la última hora que dicen: nadie nos ha contratado? Lamentablemente, esta es una experiencia dolorosa de muchos hermanos nuestros, que buscan y no encuentran trabajo.
Ser explotado en el tiempo actual -como dice el teólogo chileno Pablo Richard- es "un privilegio", porque muchos de nuestros hermanos están directamente excluidos, o no cuentan para el sistema económico.
Por eso, la parábola de hoy no es una página más: es una fuerte llamada a todos para preocuparnos más por la vida digna del hombre, que por el cumplimiento de una ideología que favorece a unos pocos y condena a una muerte lenta a muchos hermanos nuestros.
¿Es posible ser amo bondadoso del Evangelio de hoy en la sociedad actual? Contestando esta pregunta les comparto una historia llena de enseñanzas, la de Enrique Shaw. Nacido en 1921, fue un empresario argentino que pronto será beatificado por el papa León XIV.
Se lo recuerda como uno de los empresarios más disruptivos de la historia argentina: lejos de quedarse en las comodidades y privilegios que le ofrecía su situación económica, eligió la sencillez.
Se preocupó incansablemente por el bienestar y las condiciones de trabajo de sus obreros, con quienes aplicó los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, ganándose el apodo de "El empresario de Dios".
Enrique Shaw, según cuentan sus biógrafos, conocía por su nombre a cada uno de los trabajadores, la dificultad de cada una de sus tareas y sus historias familiares. Así se ganó su respeto y afecto. En el tiempo actual es reconocida su entrega para humanizar el trabajo según el precepto del Evangelio.
Vivió solo 41 años, pero dejó un legado maravilloso, diciéndonos que es posible humanizar el sistema capitalista privilegiando más al hombre que la ganancia. Pidamos a Dios que el Evangelio de hoy y el ejemplo maravilloso de Shaw nos ayude a ser amos bondadosos en cualquier lugar donde nos toca vivir y actuar.
Que todos tengamos una linda semana. Que Dios nos bendiga.
Encarnar a Cristo en la empresa (*)
"Hay que remediar las injusticias. (…) Considerar como deber de Estado el ser eficientes; para poder distribuir más hay que producir más. Es necesario formar empresarios cristianos y darles un estilo de vida: contribuir a un mundo mejor, principalmente mediante la acción de cada empresario cristiano en su propia esfera (...).
Esta es una misión de religión y vida: tratar de santificarnos a través de la profesión y de santificar la profesión. Se debe crear la conciencia de una función empresarial concebida cristianamente, para lo cual tenemos que usar el método de la aplicación concreta. El sacerdote no solo eleva a Dios sino que trae a Dios a los hombres en la comunión (...).
El empresario debe encarnar a Cristo en la empresa. La forma de hacerlo es aplicando sus enseñanzas. Aplicar la doctrina cristiana, el mensaje de Cristo a problemas concretos de la función del empresario. Hacer que la gente participe. El problema más agudo para nosotros y para otros países, sobre todo en los menos desarrollados, es la falta de gente capaz en los niveles más altos (...).
Que en la empresa haya una comunidad humana; que los trabajadores participen en la producción y, por lo tanto, den al obrero el sentido de pertenencia a una empresa; que le ayude a adquirir el sentido de sus deberes hacia la colectividad, el gusto por su trabajo y de la vida, porque ser patrón no es un privilegio, sino una función".
(*) Palabras de Enrique Shaw.














