Nunca se destacó por ser uno de mis juguetes más valiosos y atractivos. A pesar de la enérgica cuerda que le aplicaba era incapaz de desplazarse demasiado en línea recta. Se quedaba girando, sobre sí mismo, hasta que una mezcla de desinterés y abulia lo vencía.
El mensaje de mi añorado trompo
Infancia, juguetes, adolescencia y recuerdos. Relato del lector Alejandro De Muro.

Así, hasta el instante en que le otorgaba nuevo impulso y, por obra de mi imaginación, pretendía que, además de trompo, también fuera nave espacial. En ese caso -lo reconozco- comandada por un astronauta díscolo que, tras la orden de iniciar su travesía, ponía reparos por considerar que era absurdo orbitar alrededor de un mundo plano, de parqué y encerado.
Su diseño distaba de ser original. Todos los bordes eran rollizos, prueba evidente de su desdén por dietas que, sin duda, le hubiesen convenido. Dos semiesferas de latón, prolijamente selladas entre sí, constituían su cuerpo. Para decorarlo y disimular formas tan vulgares, el fabricante había apelado a llamativos colores extraídos de un arco iris.
Regresar de la escuela y ubicarme a su lado eran actos simultáneos. Como siempre, vueltas a una pequeña manivela y espera hasta el momento en que se activara. De su parte, resignación para soportar tanta insistencia. De la mía, asombro ante cada una de sus cabriolas.
Hoy, después de muchos años, traté de buscarlo. Para demostrarle que jamás lo olvidé y fue factor clave en mi pasado lúdico. Ese deseo me llevó hasta una vieja caja de madera donde supuse que descansaba. Junto a otros juguetes encontré un espacio redondo vacío, demarcado por telarañas, signo inequívoco de su larga permanencia allí.
Descubrí con sorpresa, no exenta de melancolía, que mi añorado trompo había aprendido a volar y yo no lo sabía.
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