Toda inmigración es, en el fondo, una herida abierta en la geografía. Un tajo invisible que une un puerto lejano con una llanura que, al principio, no es más que un desierto de monotonía verde. Escribir sobre el desarraigo no es una tarea para la historia oficial; la historia mide toneladas de trigo, registra actas de nacimiento y computa el tonelaje de los barcos.
El río de la memoria y la llanura con el filo del horizonte
Reflexiones sobre "Memorias del desembarco". Se trata de una obra colectiva, por medio de la cual están reunidas veintidos voces santafesinas con la intención de explorar el desarraigo y la identidad en la Pampa Gringa.

La literatura, en cambio, mide el peso del silencio en la mesa familiar, registra el color del cielo que se dejó atrás y suma las palabras que se perdieron en el cruce del océano. "Memorias del desembarco", Editorial Autores de Argentina (julio 2026), es una obra colectiva gestada bajo la coordinación general conjunta de quien esto escribe y Susana Bergandi.
Se erige no como un frío monumento de mármol a los pioneros, sino como un mapa emocional de la Pampa Gringa. Al reunir veintiuna voluntades literarias de la provincia de Santa Fe, el libro renuncia deliberadamente a la tiranía de la voz única para convertirse en una coral del desierto, en una polifonía de la llanura.
El primer gran acierto del texto es su naturaleza colectiva, porque se destaca la polifonía de la patria, cuando la inmigración europea que pobló el suelo santafesino desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial no fue un grupo homogéneo.
Hubo piamonteses, suizos, alemanes, sirio-libaneses y judíos, entre otros; cada colectividad traía su propio equipaje de espectros, sus canciones de cuna y sus recetas para combatir la nostalgia. Una sola mirada habría naufragado en el intento de abarcar semejante babel. Al cruzar veintiuna miradas, el libro imita la estructura misma de la colonia agrícola.
Cada texto es una parcela de tierra cultivada con un estilo diferente: algunos autores eligen la precisión lírica del ensayo poético, otros desentierran cartas amarillentas de los cajones de la abuela, y algunos más prefieren la reconstrucción ficcionalizada de un viaje transatlántico que duraba meses, y más tarde semanas pero que, psicológicamente, no terminaba nunca.
Esta diversidad evita el riesgo del folclore acrítico. La literatura santafesina ha pecado muchas veces de idealizar al colono, transformándolo en un gigante de bronce atado al arado.
Memorias del desembarco humaniza la leyenda y en sus páginas convive el éxito de la cosecha con la locura del aislamiento, el orgullo de la tierra propia con la frustración del idioma que ya no sirve para nombrar las cosas nuevas.
Tres núcleos semánticos conviven en los textos: El viaje íntimo como fractura identitaria, la Pampa Gringa con sus paisajes y personajes, el silencio como trauma de la guerra, el hambre y la miseria. La lengua del desembarco y el paisaje que los esperó obligó a multiplicar sus preguntas.
¿Cómo se nombra una llanura infinita cuando solo se tienen palabras para describir valles alpinos o colinas mediterráneas? Esa es la gran pregunta que subyace en el tejido estilístico de la obra. Los autores juegan con los silencios y las hibridaciones.
El castellano de estos ensayos está sutilmente contaminado por el eco de los dialectos locales, por ese cocoliche o piamontés que alguna vez resonó en los patios de las casas de campo de la llanura y sus alrededores. El paisaje santafesino deja de ser un mero contexto geográfico para convertirse en un personaje dinámico.
La llanura, en estos textos, se comporta como un espejo empañado: al principio asusta por su falta de límites, devora las identidades, pero con el correr de las páginas y las generaciones, se deja domar por la palabra.
El desembarco del título no alude únicamente al descenso físico del barco en el puerto de Rosario o de Santa Fe; el verdadero "desembarco" ocurre cuando el pie del inmigrante pisa la nueva tierra de la colonia y decide que ese suelo hostil será, finalmente, su última morada. Memorias del desembarco cumple una función política en el sentido más noble del término: hace justicia poética.
Al rescatar las microhistorias, los detalles mínimos de la vida cotidiana -el olor de la bagna cauda, el peso de una manta traída de Europa, el miedo a la langosta o el eco lejano de una guerra que desangraba a los parientes que se quedaron allá-, el libro salva a la comunidad del olvido.
La autora que coordinaron esta obra, no solo han editado un libro de ensayos; ha abierto un espacio arqueológico donde el lector contemporáneo puede mirarse y reconocer las astillas de su propia identidad. Las voces desenterradas asumen protagonismo en tiempos de migraciones globales y desarraigos modernos.
Estas voces de escritores santafesinos nos recuerdan que todos, de alguna manera, somos el resultado de alguien que alguna vez tuvo el coraje de bajarse de un barco y empezar de nuevo en el desierto.
El viaje en barco y el impacto psicológico del océano constituyen el núcleo generador de "Memorias del desembarco". En esta antología de la travesía atlántica no es un simple traslado físico; funciona como un nudo existencial que redefine por completo la conciencia del viajero.
La travesía como fractura psíquica recibe el primer impacto con el cruce del océano como No-Lugar y la pérdida de referencias, motivo por el cual, en los textos de la obra, el océano Atlántico se presenta como una vasta abstracción desprovista de relaciones familiares.
Al perder de vista la costa europea, el inmigrante experimenta una anulación del tiempo y del espacio. El mar no es un camino, sino un vacío monótono donde las experiencias del pasado dejan de funcionar.
El gran impacto se manifiesta en falta de referencias geográficas, lo que genera una intensa desorientación psicológica, y el barco, como metáfora, se convierte en una isla flotante donde la única certeza es la inestabilidad del agua.
La tercera clase y la pérdida de la individualidad muestran la descripción del espacio físico del barco -especialmente las bodegas y la tercera clase- es clave para entender el quiebre de la subjetividad. Los ensayos rescatan las condiciones reales del viaje: el hacinamiento, el olor a salitre mezclado con enfermedad y la falta de intimidad.
El encierro fuerza una "comunidad del dolor", mientras el pasajero pierde su nombre para convertirse en un número dentro de la lista de viajeros o manifiestos de embarque.
El silencio es la no palabra, que en la mente del viajero se repliega sobre sí misma; el ruido del motor del barco y el oleaje constante terminan por sepultar las conversaciones, dando paso a un trauma mudo. A todo lo padecido debemos sumar el síndrome del desarraigo en alta mar, cuando el viaje actúa como un proceso de devastación psicológica.
Los autores de la antología logran retratar la transición afectiva: el entusiasmo inicial de la partida se transforma, a los pocos días de navegación, en una melancolía crónica o el "mal de la nostalgia".
La dualidad es la primera vivencia que sufren los viajeros cuando en mitad del océano, el migrante ya no pertenece a la Europa que abandonó por la guerra o el hambre y los conflictos, pero todavía no existe para la América que imagina. Aunque el olvido temporal genera el miedo constante a que los recuerdos de la patria se disuelvan en el agua antes de tocar el nuevo puerto.
A estas experiencias debemos añadir el "Desembarco" como renacimiento traumático, ya que los relatos alcanzan el clímax del avistamiento de la costa argentina, el desembarco no se narra como una fiesta, sino como una conmoción.
El fin del viaje marítimo exige una violenta readaptación psicológica: las piernas deben volver a acostumbrarse a la solidez de la tierra, pero la mente sigue "meciéndose" en el oleaje de lo perdido. El verdadero impacto del océano se revela allí: nadie baja del barco siendo la misma persona que subió.
El gran valor literario de la propuesta radica en que los veintiún autores evitan la crónica fría. En su lugar, utilizan la poesía del ensayo para traducir el miedo al naufragio -tanto físico como mental-, demostrando que el océano fue el primer gran filtro psicológico que moldeó el carácter de la futura Pampa Gringa.
Nuestra provincia no tiene otro libro de estas dimensiones, que reúna variadas miradas sobre el proceso inmigratorio, ya que los autores convocados, -reconocidos por su destacada escritura-, asumieron la responsabilidad de un gran desafío y decidieron embarcarse en los ensayos históricos-literarios que merecía nuestra Santa Fe Invencible.

Gracias por confiar en esta aventura de palabras reunidas en cartas, documentos, canciones, historias personales, fotografías, mapas… que permitieron que la intertextualidad realce la obra.
La autora de esta nota es profesora en Letras UNL Santa Fe.
Autores reunidos
Los escritores santafesinos que tomaron parte de la composición de esta antología, nombrados alfabéticamente, tal cual aparecen en la contratapa de la edición aquí descripta, fueron:
Leonel Álvarez Escobar, Susana Bergandi, María Beatriz Bolsi, Alicia Bruna Pfaffen, Verónica Capellino Rando, Adriana Cristina Crolla (recientemente fallecida), Raúl, Drubich, María Luisa Ferraris, María Isabel Garanzini, Mendiola, Raúl Omar Kröhling, Laura Irene Ludueña, Susana Merke Walker, Silvia Neumann, Susana Persello, Trudy Pocovi, Graciela Ribles, María del Pilar Rodríguez, Sergio Sara Radyk, José Ignacio Serralunga, Delia Sosa y Alba Stelhi.
La referida contratapa también contiene la respectiva sinopsis de la obra y el poema "De ahí vengo", de Oscar A. Agú ("Crónica de una herencia", 1996).














